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Ellos nos miran sin comprender

Un niño que ve y sufre a un padre violento acaba distanciándose de él, temiéndolo, y no desea ya verlo, lo que desata la violencia del maltratador

ellos nos miran sin comprender

En nuestra memoria han quedado grabados los rostros y los nombres de Anna y Olivia, las hermanas de uno y seis años de edad, secuestradas y asesinadas por su padre en Tenerife el 27 de abril de 2021. De Leo, de 2 años, asesinado en Barcelona por su padre, el 25 de agosto. Y hace muy poco, el pasado 3 de abril, Jordi, de 11 años, asesinado a cuchilladas en Sueca también por su padre. Y cito solo los más recientes casos, porque son ya 47 los niños asesinados desde 2013, cuando empezaron a contabilizarse. Violencia vicaria es aquella que se ejerce sobre los hijos para dañar a la mujer. El término fue acuñado por la psicóloga clínica y forense Sonia Vaccaro, y constituye un desarrollo de la violencia machista. En España la violencia vicaria se incluye desde 2015 en la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. También fue recogida en 2017 en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Un gran avance lo representó la reforma del artículo 94 del Código Civil el 4 de junio de 2021, que rechaza establecer un régimen de visitas para el progenitor que «esté incurso en un proceso penal» por violencia de género.

Hay algo tremendamente patológico en los estereotipos que la sociedad propone para hombres y mujeres. Ellos han de ser fuertes, protectores, triunfadores, se les prohíbe mostrar los sentimientos que denoten blandura, pero no las emociones violentas. Ellas han de ser comprensivas, sensibles, abnegadas, atractivas, siempre dispuestas a cuidar y agradar. Por desgracia, nada de esto se ha superado. Una mujer que se divorcia rompe con los mandatos de su feminidad; si es ella la que toma la iniciativa, afirma su autonomía; si es abandonada se deprime, se siente devaluada. Un hombre que se divorcia, si es porque ha conocido a una mujer más joven, afirma su masculinidad; si es abandonado, además del comprensible dolor, sufre la humillación de no estar a la altura de los mandatos del arquetipo viril. La humillación del abandono, en ambos casos, tiene reacciones diferentes, comparten la tristeza y la depresión, pero, en el caso de aquellos varones que se han afirmado desde el dominio y la agresividad, el que una mujer, «su mujer», los abandone dispara la espoleta de la violencia.

Su seguridad como hijos sanos del patriarcado dependía de que ella los reconociera como superiores, que aguantara sus desprecios, que callara ante sus agresiones. Lo explicó perfectamente Hegel en su dialéctica del amo y del esclavo: si el esclavo no reconoce al amo y no se somete a él, el amo se derrumba, y este dejar de ser el amo le priva de toda su fortaleza. No las mujeres, sino los hombres violentos son los dependientes de las mujeres a las que necesitan convencer de su dependencia hacia ellos. Si no fuera esta su debilidad no se suicidarían tras el asesinato de «sus» mujeres, que osaban abandonarlos. Mientras mantengamos estos estereotipos sexistas en la sociedad, en las series televisivas, en las letras de las canciones –como la que va a representarnos en Eurovisión–, en la pornografía, en la prostitución, incluso en la reivindicación de las identidades de género estereotipadas… Mientras todo esto persista, las mujeres sufriremos una violencia, soterrada o explícita, simbólica o real, y en la punta del iceberg de esta situación normalizada a algunos hombres se les irá la mano, el cuchillo o la escopeta.

He querido recrear este marco porque, si no, es imposible entender la violencia vicaria, esa que sufren los niños por parte de sus padres con el fin de hacer daño a sus madres (el asesinato de los hijos por parte de las madres, no menos terrible, obedece a otras causas sociopsicológicas). Volviendo de nuevo al que nos ocupa: que el condicionamiento social del patriarcado haga que las mujeres sufran una minusvaloración es la consecuencia lógica, que la potenciación del arquetipo viril genere machismo también, que este machismo se muestre en una parte de los hombres como violencia es por desgracia esperable, pero que un asesino se suicide después de haber matado a su mujer o que llegue a asesinar a sus propios hijos para hacer daño a esta, requiere de una reflexión social más profunda. No son psicópatas aislados, sino los síntomas últimos de una sociedad que sigue cerrando los ojos ante una relación desigual entre los sexos, y que en los casos extremos muestra su aspecto más monstruoso.

La legislación no solo debe proteger a las mujeres de la violencia machista, debe proteger a los niños, que se convierten en vehículos para hacer daño al cónyuge. Frente al niño mimado cuyo cariño desean ganarse ambos padres, está el que sufre las descalificaciones de uno de ellos por el otro, el que recibe la violencia que ya no puede ejercerse sobre la pareja. Cuántas veces se ha repetido que un maltratador no puede ser un buen padre. ¿Cómo soslayar la angustia de una madre que debe dejar a sus hijos con quien la ha amenazado de muerte y a veces también a ellos? Porque un niño que ve y sufre a un padre violento acaba distanciándose de él, temiéndolo, y no desea ya verlo, lo que desata la violencia del maltratador, pues acaba percibiendo al hijo como una prolongación de la madre, como algo que ella le ha robado. Esta angustia vivida por tantos niños, sometidos a una custodia compartida, aun cuando no llegue a la agresión física, deja secuelas psicológicas permanentes en ellos. Y en los casos más brutales en los que el niño declara que ha sufrido violencia o abusos, aun se pretende apelar al falso síndrome de alienación parental, por el cual se anula la declaración del niño y de la madre, e incluso se separa a este de ella para entregarlo al agresor.

Anna, Olivia, Leo, Jordi y muchos otros nos miran sin comprender, desde esa muerte prematura que exige una respuesta social y legal resolutiva, que proteja a la infancia y desarrolle medidas efectivas frente a esa violencia soterrada que a veces solo vemos cuando ya es demasiado tarde.

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