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"Toda rima es un ‘ripio’: el esfuerzo del poeta se dirige a que no lo parezca, a disimularlo"

18 de juny de 1947 En la primera carta, Fuster dona a entendre que és la primera que li escriu a Manuel Molina, en resposta a una anterior d’aquest. Un dels temes centrals és la poesia de Miguel Hernández, en particular els sonets de El rayo que no cesa, que Fuster elogia, tot i no ser massa partidari de l’ús del metre i la rima. També hi són citats José Albi, Vicente Ramos i la revista Verbo, que feien a Alacant entre tots. La carta gira entorn de temes literaris i en què importa més en la (bona) poesia, les qualitats humanes o les poètiques. En la seua resposta, Molina replicarà: «No concibo la Belleza sin sentimiento, ni el Arte sin sinceridad. De ahí esa tendencia de creer bueno al poeta que hace bellos versos y viceversa». 24 de setembre de 1947 En la segona carta, Fuster fa al·lusió a una trobada amb Molina a Xàbia, probablement en casa de José Albi, on l’escriptor de Sueca passava alguns dies de l’estiu. Continuant amb la discussió de cartes anteriors, Fuster es mostra contrari a sotmetre la poesia a la cotilla de la mètrica i la rima, perquè suposa el sacrifici de molta espontaneïtat, sinceritat o naturalitat. Per contra, el vers lliure dona més llibertat a l’expressió. Tota la carta és una llarga disquisició de Fuster sobre la seua concepció de la creació poètica, bo i sabent que no convencerà el seu interlocutor. «Però és necessari discutir, amic meu». La fotografia permet veure que la còpia mecanoscrita es va fer sobre la plana en blanc d’un llibre de comptabilitat. En plena postguerra, el paper escassejava i calia aprofitar-ho tot.

Joan Fuster, en una fotografia d’universitari. levante-emv.

18-juny-1947

Querido Molina: Con lejana reticencia parece que —en tu carta— me reprochas el haber declinado en ti la iniciación de nuestra correspondencia. A mi vez, he de hacer constar que con tu carta no te has escabullido menos bonitamente. Pero yo tenía, en cierto modo, una justificación: quería leer antes una carta tuya para ver qué extensión, y sobre todo, qué tono deberían tener las mías. Ten en cuenta que, normalmente, no me escribo con poetas, o si lo hago es en plan de frío intercambio de cortesías. A Albi suelo mandarle cuartillas llenas de cosas feas sobre Verbo. Y esto —suponía yo— había de ser algo distinto.

Estos días pasados he tenido ocasión de conocer más a fondo la obra de tu —y mi— admirado Miguel Hernández. Una reciente antología —muy deficiente, por cierto, y de la que pienso ocuparme en contra, en el próximo número de Verbo—, titulada Poesía Española Actual, incluye hasta veintidós poemas, algunos inéditos, de Hernández. Entre ellos, trece sonetos de El rayo que no cesa —debe ser la colección completa. No voy a hacerte el elogio de tu amigo, porque no necesita de ellos. Alguno de sus sonetos son preciosísimos. ¡Lástima que se ciñese casi siempre al molde elegante, pero duro, complicador, del artilugio retórico del metro y la rima! La gran ventaja del poeta moderno es su libertad de acción técnica. No es que yo sea enemigo de la rima: pero creo —dicho sea aquí, en la intimidad— que toda rima es un «ripio»: el esfuerzo del poeta se dirige a que no lo parezca, a disimularlo. Yo acostumbro, cuando me refiero a esto, a citar ciertos versos de Quevedo en sus Sueños —el pasaje de los poetas en el Infierno (creo que las Zahurdas de Plutón)-, muy agudos, que no te copio porque también son algo malsonantes.

Ramos me envió el último número de Verbo —pero no su Voz derramada ni tú tu librito, como prometisteis—. Veo que hay bajas en el Estado Mayor. ¿Por qué la Dirección se ha quedado sin los «consejos» de Carlos Talamás? Por otro lado, los señores de la tipografía se han esmerado esta vez en poner más erratas que nunca. Las cosas esas de «Morabi» —que no sé quien las escribe, si Vicente o Pepe—, me parecen de una irrespetuosidad bastante inocente. Discrepo completamente en la alusión a Azorín, y así se lo dije ya a Pepe cuando me indicó lo que ibais a a hacer. Demuestra un olvido asombroso, casi una incomprensión. Además, en unos chicos tan buenos chicos, tan comedidos, tan formalitos, en el orden literario, este alarde de revolución, esta iconoclastia de aficionado, con veinte años de retraso, resulta un poco… exorbitada —estuve tentado de poner un adjetivo más gordo. Azorín tiene muchos puntos vulnerables. Por ejemplo, su teoría —como tal teoría— del estilo. Sobre cosas así ya vale la pena molestarse, gritar, y hasta ser mal educado. Pero… Lo del «Laboratorio poético» es divertidísimo; pero prefiero reservar, por ahora, las razones de mi diversión.

«toda rima es un ‘ripio’: el esfuerzo del poeta se dirige a que no lo parezca, a disimularlo»

Releí lo que lleváis publicado de Santiago Moreno. Efectivamente, es una sensibilidad «humana» finísima y posee además una sensibilidad «poética» muy clara. Conviene tener siempre bien distintas estas dos cosas. Indico esto porque noté en vosotros —en ti y en Vicente— una cierta y superior preocupación por los poetas que por sus obras. O quizá diciéndolo mejor: de medir las poesías por las calidades —por ciertas calidades— humanas —no por las poéticas— que posean. Este es tema escabroso y difícil de discutir por escrito. Alguna vez lo haremos de palabra. («Qué bella cosa sería —si se pudiera obtener— sin poetas la poesía», decía un escritor del XVI). Porque a veces puede un bello poema corresponder a un alma excelsa, como el caso de Moreno; pero puede corresponder a un señor menos excelso, o que sea todo lo contrario de la excelsitud. Conozco casos.

«toda rima es un ‘ripio’: el esfuerzo del poeta se dirige a que no lo parezca, a disimularlo»

Creo que ya llevo escrito bastante, para ser una primera carta. No sé qué tal te parecerán todas estas cosas; quizá te decepcione porque imaginases que una carta mía, como toda carta de poeta, sería algo así como una tibia magnolia muriéndose. De todos modos, uno no es un «madame de Sevigné», y escribe su epistolario sin miras a ulterior publicación.

«toda rima es un ‘ripio’: el esfuerzo del poeta se dirige a que no lo parezca, a disimularlo»

Con todo el corazón,

Sueca, 24 setiembre, 1947

Querido Molina: Entre un montón de cartas por contestar me encuentro con una tuya, que data de hace dos meses justos. Aunque la visita que te hicimos podría servirme de excusa, me creo de todos modos obligado a escribirte. Siento mucho que mi anterior te llegase sin fecha ni firma. Esto suele sucederme a veces por desgraciadas distracciones; espero no me lo tengas en cuenta.

Qué tal va tu Unamuno? Supongo que su lectura te reafirmará en tus ideas acerca de la sinceridad, etc. Fue una lástima que no nos ocupásemos de ello en Jávea. Hubiese salido a colación aquello del «laboratorio poético» que escribiste en Verbo, según dijo Albi. Yo quisiera exponerte de una vez mi pensamiento sobre estas cosas, pensamiento por otra parte no muy original. Y, claro está, sin la menor intención de convencerte. Nadie convence a nadie, en las discusiones; pero es necesario discutir.

Criticabas en tu nota la elaboración «química» o —traduzco— estrictamente intelectual del poema. En defensa de ella van estas palabras mías. Y vayamos al caso práctico: tomemos un poema, un soneto, v.gr.. Hay que parir 14 versos de 11 sílabas, con tales y cuales acentos y tales y cuales rimas. Pero ocurre que nadie habla naturalmente en endecasílabos —ni en octosílabos ni en alejandrinos. El poeta se echa a la caza de las 11 silabitas. No te negaré que hay gente a la que le «salen» los endecasílabos sin esfuerzo, a fuerza de escribir sonetos. Pero no le nacen «espontáneamente», sino «mecánicamente», que es cosa muy distinta. No creo que exista gran dificultad en convertirse en fábrica de determinada clase de versos; y salen en serie y en producción abundantísima; pero ni esto es espontáneo —yo diría que se trata de un simple tic nervioso—, ni tiene mucho que ver con la poesía. Y volvamos a lo nuestro: el que el poeta ciña su expresión al corsé de la métrica y la rima, es ya algo que supone (aparte un «parti pris» intelectual) el sacrificio de mucha espontaneidad, sinceridad o naturalidad —llámalo como quieras. No es necesario insistir sobre las desgracias —y las gracias también, qué caramba— de la rima. La fuerza del constante. Y otras muchas cosas. El verso libre da más libertad a la expresión: de acuerdo. Pero ahora entramos en otra cuestión. En esencia, poetizar es metaforizar. No diré que la poesía sea metáfora en sí —no he meditado esto bastante—; pero, al menos, es metaforización de algo (y este algo ya es otra historia). La metáfora es una alquimia, más o menos complicada, intelectual: la trasmutación de elementos del mundo real —humanos o inhumanos— en otros, más afilados, del mundo poético. No creo en las metáforas espontáneas —y hay que tener en cuenta que hoy, quién más, quién menos, todos hemos perdido la virginidad natural al rozarnos con la cultura. El hombre (un día lo descubrió M. Jourdain, personaje de Molière) habla en prosa. Ese es su modo de expresión espontáneo, natural, sincero: la diferencia entre prosa y verso es cualitativa, y lo de menos es que se escriba en renglones más o menos largos o todo seguido: ej. alguna página de Miró. Por ahora lo único espontáneo interesante sería lo onírico y lo subconsciente; pero esto es surrealismo puro, con el que «tampoco yo» estoy de acuerdo. Y otra cosa: la belleza literaria de un poema obedece a leyes que nosotros, lectores empedernidos de poemas, nos hemos asimilado sin darnos cuenta, pero sin que este «no darnos cuenta» quite que sean leyes de rigorosa intelectualidad. Cada maestro tiene su estilo: si ese estilo respondiese a la espontaneidad desnuda del poeta, variaría de un libro a otro, de un poema a otro, como variamos nosotros, como varía el poeta, el hombre poeta, como varía cualquiera. Estilo es perfección, y perfección —lo dijo un maestro— es trabajo, y trabajo intelectual. Otra cosa: los elementos químicos con que los poetas componen sus versos, según tu enumeración, son esas cosas «convencionalmente» poéticas: pajaritos, brisas, rosas, lirios, etc.; toda la flora, y parte de la fauna. He dicho convencionalmente, y yo creo que no menos poético —si se desciñe este concepto de ñoñerías— es un sapo que una paloma. Y que no menos poética puede ser una Oda al odio, a Satanás, al incesto, que una Oda a la violeta, a la invención de la vacuna, a un amor irrestañable y definitivo. Lo ético (la bondad humana medida por la simpatía o la moralidad) no tiene nada que ver en estas cosas. Pero volvamos a las leyes del poema y a los elementos químicos. El poeta que busca darnos un poema bello, dosifica el uso de estos elementos según un canon íntimo, de estilo: evitar iteraciones enojosas, escoger aquel elemento cuya cargazón de alusiones para el lector sea mayor, etc.

Pero veo que me he excedido extraordinariamente. Y que he adoptado un tono casi inconveniente para una carta. Además, dudo haberme expresado con la claridad necesaria. De todos modos, después de una ingestión de Unamuno todo lo que te he dicho te resultará abominable. No importa. Lo interesante —y esta es una idea típica de Unamuno— es contrastarnos, poner a prueba nuestras ideas, involucrarnos en su «agonía». La sinceridad, la espontaneidad, lo natural —y ya no me meto más con todo esto—, del poeta, son quizá necesarias para su felicidad en el matrimonio, pero importan poco para la calificación —cualificación— de sus versos. Lo que cuenta es la obra, la obra sola, desligada del autor. Una anécdota, y termino: Verdaguer escribió el Incendio de los Pirineos de L’Atlàntida, según unos autores, de manera muy romántica. Se inspiró corriendo desnudo bajo una horrenda tempestad con una antorcha en la mano, incendiando montones de leña y árboles secos, en un paisaje agreste y espectacular; otro autor, bastante allegado al poeta, afirmaba que lo había escrito bajo los efectos y sugestiones de un fuerte dolor de muelas. La primera versión haría referencia a sinceridad, ¿pero es que valdría menos aquel fragmento de L’Atlàntida si hubiese sido escrito bajo los efectos esos del dolor de muelas? Otro caso: un pintor italiano, del Renacimiento creo, el Perugino, autor de obras ponderadas como místicas, pintor que por sus cuadros se diría animado de una unción y reverencia de lo divino extraordinarias; sin embargo era un disoluto, blasfemo y creo que hasta murió impenitente.

Insisto en que no pretendo convencerte, y que con un poco de buena voluntad encontrarás en la historia otros casos tan amenos como estos que apoyen tu tesis. Pero es necesario discutir, amigo mío.

Siento que te molestase lo de la «magnolia muriéndose». Me limité a expresar así mi «sincera» idea —que no dudo que sea equivocada— de los poetas cordiales. Te ruego para esta y otras veces, que no me tengas muy en cuenta los exabruptos que se me puedan escapar.

Nada más. Saluda a tu familia, y recibe un cordial abrazo de

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