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El museo del hijo del calero

Llutxent abre un museo dedicado a la cal y la piedra seca con la figura del cineasta valenciano como eje vertebrador

el museo del hijo del calero

¿Qué habría dicho? Esa pregunta se formuló en voz alta en varias ocasiones a lo largo de aquella apacible tarde del pasado sábado 30 de abril en Llutxent. La localidad valenciana inauguraba un museo en homenaje al cineasta Toni Canet, pero no un museo de cine sino un ecomuseo dedicado a la cal y la construcción con piedra seca. ¿Qué habría pensado? Él, que era tan descreído, tan exento de vanidad, tan mundano y terrenal, ¿cómo habría reaccionado al ver su rostro reproducido en un gran panel? ¿Su nombre mencionado como el gran impulsor?

el museo del hijo del calero

Por ahí estaba, cómo no, el escritor Joan Olivares, amigo suyo de la infancia, junto a más de un centenar de vecinos, amigos y familiares del cineasta. Por ahí estaba su madre, Mercedes Canet, la que le dio apellido artístico (Toni Canet oficialmente se llamaba Antoni Pérez Canet; sustituyó el Pérez por una cuestión de sonoridad). Nonagenaria y lúcida, la mujer que le enseñó a contar cuentos, lloraba, sonreía, rodeada por su familia. La hermana de Toni, su querido cuñado Juan, sus primos, amigos y vecinos…

Todos acudieron convocados, una vez más, por la fuerza de Canet, un huracán que todo lo podía. Tres años y medio después de su muerte, su humor, su vitalidad, su vozarrón de hombre bueno, siguieron presentes y se evocaron en un acto que no sólo era un tributo a su persona, sino también a su dedicación a la memoria del pueblo, de su pueblo, y de unos oficios artesanales que se han perdido con el correr del tiempo. No era arte sólo, que ya sería; también etnología. No era sólo creación, que ya es; también memoria.

Fue el director artístico de la Mostra de València, Eduardo Guillot, promotor del homenaje que se le hizo a Canet en el festival, quien aludió al caso de Alcarràs, la película de Carla Simón que ahora triunfa en las carteleras.

Guillot, que acudía al pueblo de Canet para recordar su obra y persona, mencionó al largometraje de moda para hacer hincapié en los puntos de coincidencia que hay entre la ficción de Simón y el documental Calç Blanca, Negro Carbón (2019), el testamento fílmico de Canet, su última obra maestra, en la que recogía los métodos tradicionales de creación de cal y carbón tomando como referentes su pueblo natal, Llutxent, y Formiche Alto, en Teruel, pueblo de su esposa Loreto Primo

Tras alabar a Carla Simón, Guillot planteó que ambos largometrajes «hablan del final de una época a través de un oficio tradicional, la recuperación de la memoria y la reivindicación de un tipo de vida arraigada a la tierra y al entorno rural». Tres puntos en común que evidencian cuán atinado estuvo Canet cuando se planteó su documental.

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Profeta de nuevo en su tierra

La reivindicación de Canet no ha cesado desde su muerte en noviembre de 2018. Llutxent, su gente, su pueblo, al que siempre volvía, al que siempre tenía en mente, le había ensalzado ya. El 5 de abril de 2019 se le declaró Hijo Predilecto de forma póstuma. Después vino la Mostra, los homenajes de la Associació Ciutadania i Comunicació – Acicom, el recordatorio en la gala de los Goya de 2020 promovido por esta entidad…

Ahora, tres años y medio después de su muerte, Llutxent de nuevo también reconocía su legado con la inauguración de este museo dedicado a la piedra y a la cal, la cal a la que él pertenecía, la cal del pueblo. Profeta otra vez en su tierra.

Un museo ubicado en el castell frente al cual nació el cineasta el 27 de septiembre de 1953, en el que vivió su familia, y que ahora ha sido recuperado para el uso público con este centro de carácter etnológico y cultural.

Ubicado en la primera planta, incluye paneles, recreaciones de hornos de cal y hasta una sala en la que, con efectos de luces, se revive lo que es el interior de un horno de cal antiguo. Por las paredes, imágenes extraídas del pasado y fijadas para siempre en paneles explicativos, y vídeos donde se reproducen fragmentos de Calç Blanca, Negro Carbón. Un museo del siglo XXI, en el que a la entrada el visitante puede ponerse gafas de realidad virtual o jugar a un Tetris de piedra que evoca la construcción con piedra seca.

Calero, picapedrero, carbonero, Canet quería que todos esos oficios, humildes pero dignos, quedasen reflejados antes de que el acelerado ritmo de los tiempos los sumiera en el olvido. Una ambición memorística que plasmó en su obra y que «tiene latente ese referente cultural, antropológico, pero que quiere ir más allá». Quien habla es Joan Gregori, jefe de Documentación de Patrimonio Histórico-Cultural de la Diputación de València, autor de un informe sobre el ecomuseo para la dirección general de Museos alabando la propuesta.

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Una iniciativa que él comprendió desde dos perspectivas: la global y la personal de Canet. Y es que, en cierto modo, este museo es su última obra. «Lo entiendo como una especie de responsabilidad hacia su pasado», explica Gregori. «Tuve bastantes conversaciones con él. A lo largo del tiempo, estuvimos tres años hablando de esto. Siento que era como saldar un vacío, un vacío personal que él tuvo cuando abandonó el pueblo. Es inevitable pensar, aunque sea erróneamente, que uno, si se hubiera quedado, las cosas habrían sucedido de otra manera. Te queda la sensación de que tienes pendiente devolver algo a quienes han permitido que tú seas como eres. Esto va en esa dirección, dejar un legado, que su paso por ahí quede patente».

Canet, explica Gregori, los últimos años de su vida estuvo obsesionado con el museo, reflejar «el mundo que había construido su comunidad». Esas edificaciones de piedra seca que ahora imitan los mejores arquitectos, el uso de la cal como parte indispensable de la vida cotidiana, debían pervivir en algo que fuera más allá del documento audiovisual. La alquimia de las piedras, la ciencia del fuego, los procesos químicos, toda la magia del saber de cientos de años, resumido y reunido en un único espacio.

La idea del proyecto museístico ha visto la luz siendo alcaldesa de Llutxent Xaro Boscà Aranda. Ella lidera este movimiento vecinal que, siguiendo la estela del cineasta, recupera un espacio patrimonialmente rico como el castillo de Llutxent, del siglo XIV, estilo gótico, bien de interés cultural desde 2002 y que fue propiedad de los barones de Llutxent y pasó por manos tan poderosas como las del primer duque de Mandas, Pedro Maza, o los marqueses de Dos Aguas.

Durante los meses de la pandemia, con un presupuesto ajustado, reducido, los operarios del municipio valenciano habilitaron el castell tanto a nivel arquitectónico como técnico, culminando una tarea que ha durado dos legislatura. La apuesta del ecomuseo, que incluye nuevas tecnologías, obligaba a un cableado y adecuación de los espacios para que esos muros, que han visto caer reyes y repúblicas, que han vivido guerras y dictaduras, que han sobrevivido a los azares de la Historia, entraran por derecho propio en el siglo XXI.

De lo local a lo general

El museo es una urna repleta de contenido al plantearse como una reflexión sobre la importancia de la piedra y la cal en las vidas del Mediterráneo. Esto hace que su discurso valga «para Llutxent y para Grecia», dice Gregori. Cualquier amante de la cultura mediterránea puede acercarse y ver cómo era la vida entonces, cómo empezó, por qué pasaba, y el irrepetible encaje del hombre con el espacio natural. Va más allá pues de las fronteras locales. Va a lo general.

Así hay que verlo. Gregori recuerda, por ejemplo, que el conocimiento y la técnica del trabajo de la piedra seca es bien inmaterial de relevancia local (BIRL). «El museo, al contar con esos elementos, es patrimonio bajo la figura del BIRL, y también estaría afectado por la declaración de la Unesco. El Estado español eso lo ha suscrito», recuerda.

Una preocupación por el contenido que a buen seguro le habría gustado a Canet. El propio cineasta ironizaba en su primera comedia, Amanece como puedas (1988), ante la proliferación en los inicios de la democracia española de museos repetitivos. Entonces, como comenta Gregori, «todos los museos eran iguales». «La gente mayor se emocionaba porque veían su pasado ahí, pero, al cabo de unos años, ya nadie iba», añade. Se limitaban a exponer sin proyecto museológico ni afán interactivo. Sólo mostraban, como antiguas pinacotecas.

No es la idea de este ecomuseo, que es participativo, interactivo, tecnológico, y tiene una razón de ser que transciende la memoria. Al vertebrarse en torno a las construcciones populares industriales, se transforma en «algo especial», asevera. A lo que hay que unir su modelo, basado en la participación de la comunidad, a través de sus instituciones (con el esfuerzo del ayuntamiento, sin partidismos) y también con la población. Es el museo que inspiró Canet, el museo del hijo del calero, pero es sobre todo el museo del pueblo, un espacio digno de ver, de visitar, de jugar, de vivir, y propiedad de todos.

A la espera de poder solventar un trámite que impide al museo funcionar como tal, un problema sobre la accesibilidad en la entrada, este nuevo centro, que abrió sus puertas como colofón a las fiestas de Semana Santa, aspira a ser un vector de desarrollo y de intercambio de Llutxent y el valle. Por ahora es el punto de partida ideal para revivir el oficio milenario de calero. Y, si nada se tuerce, se convertirá en una referencia.

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