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CV Semanal | Tras la huella de la trata

"Hui con mucho miedo pero sin mirar atrás"

Vivian dejó Nigeria para reunirse con su familia en España y Laura es una colombiana que llegó a Alicante en busca de un futuro mejor. Pero el infierno no avisa y engañadas se encontraron que la explotación sexual era el destino que las redes de mafias habían tejido para ellas

Vivian narra en primera persona su infierno desde que salió de Nigeria Fernando Bustamante

Un viaje de miles de kilómetros al infierno. A un destino que las viajeras no se imaginan y con unas consecuencias que las dañan para siempre. La trata de mujeres con fines de explotación sexual afecta a miles de personas en todo el mundo, muchas más de las que las estadísticas recogen. A veces porque ni ellas mismas son conscientes de lo vivido.

A veces porque jamás se denuncia. En ocasiones, porque no viven para contarlo. Llegamos hasta Vivian y Laura (nombre ficticio) a través de la organización Movimiento por la Paz, que trabaja con mujeres víctimas de trata para ayudarlas a empezar una nueva vida.

El relato de Vivian Ntih, de 46 años, empieza en Nigeria en el año 1989, cuando apenas tenía 14. Nacida en el seno de una familia acomodada, era la menor de cuatro y la única chica. Su padre era banquero y jamás les faltó de nada, pero la falsa acusación de una extracción ilícita de dinero le hizo de repente ser deudor de una cantidad que «él no había robado», tal como cuenta Vivian. Embargaron sus propiedades y se mudaron a la casa del pueblo. Lo único que les quedaba para empezar de cero.

Se fueron todos menos ella, que se quedó con su tía abuela y sus dos respectivas hijas. Durante un año convivieron juntas ("éramos como hermanas", dice ella) hasta que ambas se mudaron a España y Vivian se hizo cargo de la peluquería que tenían en Nigeria. Renunció a estudiar. Era lo que había.  

Engañada y tutelada hasta España

Se mudaron durante un tiempo a Edo, un Estado dentro del país conocido por ser la cuna de la captación de víctimas de trata. «Un día el marido de una de sus hijas vino a por mí y me dijo que me fuera con mis tías (las hijas de su tía abuela) a España. El visado era a Estambul, pero que yo no iría allí. Tenía que viajar a Marruecos y de ahí entrar a la península». Era 1999. La primera parada en su ruta fue Costa de Marfil. Llegó a una casa donde encontró a otras chicas. «Pensé que estaban allí esperando el visado, como yo».

Vivian viajó por varios países durante meses hasta cruzar la frontera hacia España pensando que su familia la esperaría con un trabajo como peluquera

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No salían de casa nunca. Escondidas, reclutadas, pero sin saberlo. Estuvo allí casi ocho meses, hasta que tuvo su visado listo. Al llegar a Marruecos le recogió un hombre y tras una noche de descanso le avisó: «ahora vamos a caminar y tú cruzarás». «Yo le dije, ¿cruzar?, ¿dónde?, ¿no hay que coger otro avión?, mira si estaba perdida», cuenta Vivian. «Veo que nos alejamos de la ciudad, nos adentramos en un bosque y a gente escondida, en el suelo. Dormimos allí, apoyados en un árbol».

Era el Monte Gurugú, donde miles de refugiados esperan para cruzar la valla y entrar a España. Vivian cruzó junto a un centenar de personas y el hombre que le acompañaba se quedó. Y lo último que le dijo fue: «Cuando estés en Ceuta, llama a tu tía». Después de un mes en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de la ciudad autónoma, partió a Madrid. Al llegar, su tía y su marido la recibieron. Había más chicas en el piso. 

"He invertido en ti y tú me tienes que devolver la deuda"

Le quitaron la documentación «para guardársela» y acto seguido le dijeron: «Tienes que trabajar. Aquí ejercemos la prostitución, yo he invertido en ti y tú me tienes que devolver la deuda. Como somos familia, te cobraré la mitad que a las demás chicas. Me debes 20.000 dólares». «Me quedé muerta», sentencia Vivian. Le amenazaron con que había que acatar las normas y si no harían brujería para destrozar su vida. Vivian no reconocía a su familia. Nunca más lo hizo. El primer viernes le dieron maquillaje, preservativos y un cambio de ropa. 

«Ya estamos en Europa Vivian, esta es la Europa para la que nos trajeron»

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Ella, junto a dos más, anduvieron hasta el Parque del Oeste de Madrid y, allí sí, Vivian entendió dónde estaba. «Ya estamos en Europa Vivian, esta es la Europa para la que nos trajeron», dijo una de sus compañeras. Se sentó en un banco y se negó. Veía pasar chicas una detrás de otra, coches parar, mujeres subir, «estaba en shock», reconoce. Al llegar a casa, ella y sus dos compañeras esperaron en el pasillo. Su tía y su tío abrieron la puerta del salón e iban entrando de una en una. Ella fue la última. «¿Cómo ha ido? ¿Qué has traído?». «Nada», contestó ella. «Si no traes dinero, no volverás a cruzar esa puerta», sentenciaron.

«Solo pensaba que esto era un infierno, que me quería morir, que no quería vender mi cuerpo a los hombres, trabajaría recogiendo naranjas, matando pollos, me daba igual», recuerda. La chantajeaban con sus padres y le repetían que tenía una deuda que pagar. Pidió marcharse. Hasta que consiguió que la trasladaran a València, a un piso con otras chicas, no sin antes llamar a sus padres y obligarle a decirles que todo iba bien y destruir el papel donde ella guardaba el teléfono para dejarla totalmente incomunicada con su familia.

Al llegar, Vivian encajó todavía más piezas en el puzzle de su vida, pues conocía a las siete chicas de la casa de Costa de Marfil. Un mes después, conoció a un chico, se enamoró y se marchó con él. Él le ayudaba a pagar parte de la deuda cada mes mientras ella buscaba otro empleo. Su tía no sabía nada y las chicas del piso le guardaban el secreto. Pero sus tías la pillaron y la llevaron de vuelta a Madrid. En un momento dado, escapó. «Con miedo, pero sin mirar atrás». Rompió todo vínculo, pero había algo que no recuperó. Su documentación. Vivian tardo diez años en conseguir poner todo en regla tras huir sin nada más que un par de billetes guardados en el sujetador.

Vivian Ntih, en el medio, junto a Esther Mamadou y Mary Renart, de la ONG Movimiento por la Paz. f.bustamante Fernando Bustamante

"Se acabó la deuda, se acabó la familia"

 Su largo viaje acaba en València, donde reside. Pagó religiosamente su deuda hasta los 20.000 dólares para «dejar atrás por completo ese mundo terrorífico». «Se acabó la deuda, se acabó la familia». Se casó con su novio. Fue mamá. Y en 2005 se enteró que tras una redada sus tías y sus maridos habían entrado en la cárcel y la red de había desarticulado. Pasaron siete años en la cárcel. Una volvió a Nigeria y la otra, poco saben. Vivian ha retomado el anhelo que siempre tuvo: estudiar. El año que viene entrará en Integración Social. «No tengo rencor. Lo dejé todo atrás», dice Vivian. Ahora, el siguiente viaje que emprenderá será el del apoyo a mujeres para salir de la violencia y el horror. Con todo, Vivian no da detalles de las violaciones pagadas. «Me da asco, no quiero recordarlo». Asco es una palabra recurrente al hablar de trata con mujeres víctimas de redes. Un término que inevitablemente va ligado a «extorsión, violencia, coacción y sufrimiento». Como cuenta Laura, una mujer colombiana, a este periódico. 

Aún recuerda un horrible olor de un señor que pagó por violarla. Recuerda que cerraba los ojos para transportarse a otro lugar. Dice que la palabra para definir el momento de tener sexo con una persona con la que no quieres es asco. Laura explica su historia de captación y su experiencia como víctima de trata con fines de explotación sexual y el relato se aleja del imaginario colectivo. No le retiraron el pasaporte ni la encerraron bajo llave, pero la fueron acorralando en una situación de la que sola, sin papeles, sin red de apoyo y sin dinero, no había manera de salir. Estaba totalmente desamparada. Hasta que salió. Y rota, comenzó a recomponerse. Laura es de Medellín, Colombia. Dice que se fue de su país para buscar un futuro mejor y para huir de un hombre, su ex marido. «Me fui escapando de un hombre y aquí he encontrado muchos que pagarían por estar conmigo aún sabiendo que yo no quiero. Ahora no confío en ninguno». Tras separarse por malos tratos, se fue con su hijo, el pequeño de tres, a vivir con su madre. Un día fueron a hacerse las uñas a un salón y una trabajadora le dijo que por qué no salía del país para buscar una vida mejor. Ahora, era madre soltera y «la cosa estaba difícil». «Yo tengo una amiga en España, ella te puede prestar dinero para el pasaje», cuenta Laura. Al principio, reconoce que no creyó que alguien la fuera ayudar sin conocerla, pero tras insistirle mucho, («en España hay trabajo y se cobra mucha plata, podrás enviarle a tu familia», dijo), aceptó. Dieciocho días después aterrizó en Alicante.  

Allí la recogió la amiga. Se quedó en su casa mientras buscaba trabajo. Días después salieron al supermercado y allí «por casualidad» —ironiza Laura— se encontró con otra amiga (pongamos que se llamaba Marta) que buscaba camarera para un bar que tenía en un minúsculo pueblo de interior. Alejado de cualquier núcleo urbano. Sin vecinos. Aceptó. «Me dio igual moverme, todo trabajo era bueno. Yo no tenía papeles y necesitaba ganar dinero». Aunque empezó con turnos de mañana, pronto pasó de servir cafés y cervezas a cubatas. Su horario era de 17 a 23 horas. Pero «se alargaba hasta las 7 de la mañana» y le pagaban 20 euros al día. La noche, «era de hombres. No entraba ni una mujer». Su jefa, la tal Marta, empezó a decirle que algunos querían tener sexo con ella, que por qué no se lo pensaba, que no fuera boba, que pagaban bien. «Yo le dije que no había venido a España para eso». En ese bar la droga corría como agua por el río. En algunas ocasiones, Laura tenía miedo. 

"Serán diez minutos, no seas tonta"

«Venían hombres y me intentaban quitar la blusa a la fuerza en el bar». Marta dejó de pagarle en un momento dado porque «no tenía dinero para el sueldo». «Un día llegó un hombre que sabía que necesitaba plata para mi madre, ella me insistió en que me fuera con él, creo que ella le llamó». En ese momento recibió una llamada de su mamá. Se sintió mal. Con necesidad. Y sin opciones. «Serán 10 minutos, no seas tonta». Él le dio el dinero a la jefa del bar y tras ese rato, Marta le entregó 30 euros a Laura. Al rato llego otro que repitió la petición. «Estar con una persona con la que no quieres estar es lo más asqueroso que una puede hacer», relata Laura. Sentía miedo cuando se subía en el coche con un señor. Cuando llegaban a su casa. Cuando se quitaba la ropa y cuando percibía un olor que le provocaban arcadas. Cerraba los ojos. Gritaba en silencio. El pueblo entero pensaba que ella estaba con cualquier hombre. Y ella no aguantó más. Un vecino le ayudó a salir de ahí. Consiguió una habitación en casa de una amiga que había pasado por lo mismo. Se apoyaron. Se abrazaron. Se sanaron mutuamente y Laura volvió a Alicante. «Ahora trabajo cuidando niños, pero mi familia no sabe por lo que pasé. Trato de olvidarlo». Aún así, Laura sigue teniendo pesadillas y se despierta llorando «a mares». Movimiento por la Paz le ayudó a identificarse como víctima y a pedir asilo por esta vía. Ahora tiene su situación regularizada y está estudiando para sacarse el carnet de conducir y poder tener un trabajo a tiempo completo. Sueña con traer a sus hijos y sus nietos. «Aunque ahora estoy bien, me siento muy sola» y esa herida, la de las violaciones pagadas, nunca se olvida.

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