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"Putin es justo el líder que los rusos creen que necesitan"

La escritora rusa, que el próximo día 23 recogerá el Premio Formentor de las letras, habla desde su exilio berlinés.

Putin es justo el líder que los rusos creen que necesitan

Cuando la Historia, con su hache mayúscula, aporrea con violencia la puerta de tu casa, no puedes hacer oídos sordos. Liudmila Ulítskaya, una de las escritoras rusas más reconocidas internacionalmente y una de las que más suena insistentemente para el premio Nobel, llevaba años oponiéndose al régimen de Putin, abogando por el derecho a la libre expresión y denunciando la cleptocracia —o, lo que es lo mismo, el dominio de los corruptos— sin imaginar que un día se vería obligada a dejar atrás su vida cotidiana en Rusia. Nació en los Urales en 1943 y trabajó años como genetista mientras desarrollaba una trayectoria como autora que eclosionó en los 90. A pocos días de recoger el Premio Formentor, que se entregará en Las Palmas de Gran Canaria el 23 de septiembre, la autora habla desde su exilio berlinés. Este otoño será un buen momento para leerla, porque se recuperarán las ediciones de sus libros Sinceramente tuyo, Shúrik, Sóniechka, Mentiras de mujeres (Anagrama) y Los alegres funerales de Alik (Lumen).

¿Cómo se encuentra?

Intento tranquilizarme, pero es difícil. No hago más que recordar ese momento en el que se anunció el estallido de la guerra y mi hijo mayor llegó a nuestra casa para decirnos a mi marido y a mí que lo mejor que podíamos hacer es preparar las maletas. Fue prácticamente una evacuación. Fuimos primero a Abu Dabi, pasamos por Tel Aviv y finalmente acabamos en Berlín. Hace 15 años que tengo un pequeño apartamento, donde pocas veces he vivido, ha sido más bien un lugar de paso. Pero ahora ya no es así.

¿Se puede decir que con esa evacuación se le removieron los recuerdos? ¿De cuando sus abuelos se vieron obligados a marchar de Moscú durante la Segunda Guerra Mundial?

No he dejado de pensar en ello. Una de las historias recurrentes de mi abuela es cómo tuvieron que trasladarse a los Urales con maletas, colchones y una máquina de coser que dio muchas vueltas por el mundo y acabó regresando a mi piso de Moscú muchas décadas después. En cambio, mi marido y yo tuvimos que arreglarnos con una maleta pequeña que pesaba siete kilos.

¿Les cogió por sorpresa la invasión de Ucrania como nos cogió a nosotros en Europa y Estados Unidos?

Sí, así fue. En el círculo de mis amigos nadie lo esperaba. Es difícil estar preparados para un crimen así.

Dos días después de la evacuación, ya estaba escribiendo un artículo titulado ‘Dolor, miedo y vergüenza’. Es un buen resumen.

No sólo eran mis sentimientos, también los de la gente que me rodeaba. Todos esos amigos se han desperdigado por el mundo. Sólo dos amigas íntimas permanecieron en Moscú, el resto ha abandonado Rusia. Están en Georgia, Israel o Estados Unidos y en distintos países de Europa. Algunos de ellos, en los últimos días, se han visto obligados a volver por obligaciones profesionales, pero ni es fácil, ni es agradable.

En Rusia ¿temió por su integridad en algún momento? Creo que fue víctima del ‘zelyonka’.

Sí, es un líquido verde, un antiséptico, con el que rocían a los opositores a Putin cuando van a actos públicos. En realidad, es una acción más cómica que trágica. Yo sólo me limité a lavarme la cara, que estaba bien verde. Costó un poco que saliera, pero nada que no se arreglara frotando.

¿Puede escribir con serenidad en Berlín?

Berlín es una ciudad increíblemente cómoda para vivir. Pero para escribir no sólo necesitas comodidad. En principio, me da igual dónde trabajar, puedo hacerlo en cualquier parte. Pero he de reconocer que las circunstancias han aparcado mi trabajo, porque necesito un estado de concentración que en estos momentos no tengo. Últimamente sólo escribo artículos de prensa y contesto a entrevistas.

¿Un intelectual no tiene más remedio que tomar partido? Porque su literatura no es explícitamente política.

Nunca me he posicionado como activista anti-Putin. Tengo demasiados años para ello. Se necesita más juventud y más energía. Pero es evidente que las relaciones con el poder han marcado mi vida. Se formaron a una edad bastante temprana. Los diez primeros años de mi vida transcurrieron bajo Stalin y el ambiente opresor de aquella época me dejó una huella importante. Por eso he construido mi vida intentando que mis relaciones con el poder sean mínimas. Solo he trabajado tres años en una empresa estatal. El resto he sido una profesional autónoma.

¿Los escritores tienen el deber moral de retratar el tiempo que les ha tocado vivir?

No, de hecho, no estoy segura de que un escritor tenga un deber moral singular, que le haga diferente a los demás. Escribes, sencillamente, porque disfrutas con ello. El deber de un médico o el de un profesor no son menos importantes.

Hace años calificó a Putin como un tipo muy poco maduro que se divertía mostrando lo muy macho que era. ¿Ha cambiado de opinión respecto a él, cree que se ha convertido en alguien más complejo?

No sé si más complejo, pero sí distinto. Hace años, él no se percibía a sí mismo como alguien realmente importante. Y hoy en día es quien decide los destinos del mundo. Pero que a la vez lleva mucho tiempo sin hablar con voz propia. No hace más que emitir consignas de la federación rusa.

¿Y no es peligroso pensar en él como una figura sin relieve, como un fantoche?

A decir verdad, pienso muy poco en él. Como personaje me interesa muy poco.

Por eso sorprende que más de 83 % de la población rusa lo apoye incondicionalmente.

E

s algo tremendamente triste, pero me temo que Putin es justo el líder que los rusos creen que necesitan. Es lo que pide el alma de esta gente. La época soviética creó al Homo Soviéticus, como lo denominó Svetlana Aleksiévich, acostumbrado a obedecer primero y a pensar después. Y a esto hay que añadir la formidable capacidad del pueblo ruso para resistir. Su fabulosa resiliencia.

Una resiliencia histórica, podríamos decir.

Sí, no hay más que leer la historia. Pero también me gustaría recordar a Alexander Pushkin, nuestro gran poeta del siglo XIX que tiene un pasaje relacionado con la rebeldía del pueblo ruso. Dice que éste es capaz de aguantar lo indecible, pero cuando estalla hay que temerle, porque puede ser inclemente y sangriento.

Suena terrible. Como judía, ¿se ha sentido marginada en algún momento?

(Sonríe) Quizá sea una decepción para usted, pero en mi vida he sufrido xenofobia, ni a nivel estatal ni a nivel cotidiano. Los pocos episodios a los que me he enfrentado me han hecho más fuerte.

Como por ejemplo…

En el primer examen de admisión en la universidad no me aceptaron porque me faltaba medio punto para llegar a la nota máxima, un 10, en el examen de alemán. Yo sabía que todos mis compañeros varones no tenían ni idea, pero sacaron mejor nota. A mí me lo pusieron más difícil por ser judía. Lo que hice fue trabajar dos años, volver a presentarme con éxito y desde entonces supe que no me puedo relajar, que siempre he de sacar la nota máxima.

¿Y respecto al peliagudo asunto de ser mujer?

En realidad, nunca he relacionado las dificultades o problemas que surgían en mi camino con el sexo. Siempre los percibí como retos personales. Mi literatura está llena de mujeres fuertes porque sin duda las conozco mejor a ellas que a ellos, eso es todo. Pero no supone una reivindicación. El feminismo occidental y el feminismo ruso son dos cosas muy distintas. Un enorme porcentaje de mujeres rusas prefiere quedarse en casa dedicándose a las tareas domésticas que trabajando en la construcción o en trabajos que las desgastan mucho físicamente. Eso hace que la realidad de partida sea distinta.

¿Cuál fue el camino para que una profesional de la biología se convirtiera en escritora?

He sido una lectora diligente desde niña. Pocas veces conseguían que saliera de casa para dar una vuelta. Y en cuanto aprendí a escribir tomaba nota de todo lo que me rodeaba.

¿Qué despertó esa vocación?

En realidad, creo que es hereditario. Tanto la biología como la escritura. Mi madre era bióloga, solía llevarme a su laboratorio de bioquímica, me hechizaban los frascos, las retortas y los pobres perros con los que se experimentaba. Mi bisabuelo leía la Torá y escribía todo el tiempo, probablemente comentando los textos. Después de su muerte mi abuelo llevó sus notas a la sinagoga. Habría sido interesante leerlo, pero no conozco el idioma. Escribía en hebreo.

¿Diría que su formación científica la ayudó a escribir?

Sí, la genética es una materia maravillosa. Si tuviera que volver a elegir una profesión volvería apostar por ella. Me ha explicado cómo está hecho el hombre y eso para un escritor es algo precioso.

Tradicionalmente, se suele oponer la literatura a la ciencia, el arte de la mentira contra el arte de la verdad.

Esa es la parte mas excitante de mi trabajo. Cómo lo que sé por experiencia propia por mis estudios se introduce en los mundos inventados que aparecen en mis libros.

Su primer libro se publicó antes en francés que en ruso. ¿Se ha sentido mejor leída fuera de su país?

Que se publicara en Francia fue algo circunstancial. Mis lectores en Rusia son fabulosos, estoy muy orgullosa de ellos. Son personas como yo que tienen mi nivel cultural y perciben el mundo de manera similar.

Cuando apareció ‘Sónieshka’, su mayor éxito internacional, los críticos se aprestaron a decir que era usted la nueva Chéjov. ¿Se siente a gusto con la etiqueta?

Bueno, han dicho de mí tantas cosas y muchas de ellas menos bonitas. En realidad no es algo que me preocupe.

De los cuatro libros que aparecerán este otoño ¿cuál recomendaría para entrar en su universo literario?

Quizá Mentiras de mujeres, se lee como una colección de relatos cortos.

¿Se atreve a pensar en el futuro?

Mire, tengo 79 años, así que cuando pienso en el futuro lo único que viene a la mente es que me queda poco tiempo. Esto no implica que me obligue a trabajar a destajo, más bien me impulsa a estar más atenta a todo lo que pasa a mi alrededor, a cada minuto que vivo.

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