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| Profesora de Psicología Climática en la Universidad de Bath (Reino Unido).

"El impacto de la ecoansiedad es equivalente al del abuso sexual a los menores"

Esta experta del impacto del clima en la salud mental advierte que el problema más grave es la sensación de abandono que sufren los pacientes, «cuando percibes que las instituciones que deben protegerte te están fallando».

Caroline Hickman, psicoterapeuta del clima. JACK wISEALL

El 75 % de los niños y el 61 % de los jóvenes entre 15 y 25 años consideran que el futuro del clima es aterrador. Son datos del monumental informe sobre el impacto del clima en la salud mental realizado en diez países que lleva la firma de Caroline Hickman, profesora de Psicología Climática en la Universidad de Bath y miembro de la Climate Psychology Alliance. Ha urgido a la acción tras su participación en el Observatorio Social de La Caixa.

Cerramos un verano de olas de calor, sequía, inundaciones. ¿Corrige las cifras de ansiedad climática?

Este verano he tenido unas diez consultas cada semana, ocho más que durante el primer semestre. He notado una mayor desesperación.

Explique algún caso.

Una paciente, que algunos días se encierra en el lavabo para no ver el exterior, me dijo: «Ojalá estuviera loca, cabría la posibilidad de una solución». Algunos relatan soñar con matar a sus seres queridos para evitarles una muerte atroz, y hay casos más extremos que derivan en depresión, autolesiones y tentativas de suicidio.

¿El cuadro está emparentado con los de la ansiedad y la depresión ‘tradicionales’?

No tienen nada que ver. En la ecoansiedad, la mayoría expresa que se sentirían mejor si todo el mundo actuara. El clima no es el problema, es la sensación de abandono. El impacto es equivalente al del abuso a menores. Es más difícil recuperarse cuando las personas que ejercen la violencia les dicen: «Yo me preocupo por ti». La ecoansiedad severa se desencadena cuando percibes que las instituciones, que deben protegerte, te están fallando. Tienen un sentimiento de traición.

Según el informe, tampoco confían en sus padres.

El 48 % de los niños y jóvenes explican que se sienten ignorados cuando intentan expresar lo que les preocupa. Les dicen que no digan tonterías. Eso crea potencialmente un estado de tortura.

Una nueva brecha generacional.

¡Es la primera vez que sucede! En las guerras mundiales o la crisis de los misiles de Cuba, el sentimiento entre las generaciones era similar. De hecho, los problemas de salud mental disminuyeron. Había un umbral de superación. Ahora no hay una narrativa de la otra orilla del problema. En ‘Los vengadores’ hay un personaje llamado Thanos, dispuesto a matar a la mitad de la población para reducir la huella de carbono. Bien, pues un adolescente de las islas Maldivas me dijo: «Nosotros somos la mitad que están a punto de matar».

¿Son los adultos los que necesitan terapia?

En los adultos el problema es la negación. No queremos pensar en el significado de la emergencia climática. La Humanidad nunca se había enfrentado a un problema de esta escala. Algunos filósofos hablan de ‘híperobjeto’: algo demasiado grande para entenderlo. Vemos el problema de los plásticos, el de la sequía, el de los incendios, pero no percibimos la interconexión sistémica. No hay un mapa de navegación.

¿El del Panel de Expertos sobre el Cambio Climático?

Pero el poder –la posibilidad de cambio– está en manos de los políticos, que piensan a cuatro años vista. Gus Speth, asesor del Gobierno de EE UU en cambio climático, dice que los principales problemas ambientales son el egoísmo, la codicia y la falta de empatía. Y tiene razón. El único objetivo de continuar explotando los combustibles fósiles es aumentar los beneficios de las compañías extractoras. Y se va normalizando lo que la psicoanalista Sally Weintrobe llama la ‘cultura del no me importa’.

¿Cómo se aplica una terapia climática?

Con una combinación de acciones. Primero necesitan validación, que alguien les diga que no están locos, que es el precio que pagan por tener una conciencia viva. A los niños y jóvenes les digo que yo también siento ese estrés, y que me gusta sentirlo. Y aparte de interiorizar ese mensaje, les propongo una acción externa: manifestarse, unirse a grupos de activistas, conectarse con otros jóvenes de Australia, Nigeria, Myanmar, para tener una perspectiva global.

¿Descarta la farmacología?

Yo soy partidaria de permitirnos la tristeza, pero no vararse en ella. En la mayoría de casos propongo luchar por una mejor vida sin saber si tendremos éxito o no. Al enfrentarnos a la crudeza de la realidad se pueden obrar cambios.

¿Sirve esa receta para los adultos?

A los adultos les digo: «¡Votad!». En Suecia, los partidos que tienen una mejor política del clima han quedado fuera de la toma de decisiones. Veremos qué pasa en Italia. También les invito a escuchar a los jóvenes. Un niño de 10 años me dijo: «Yo he crecido sabiendo que la catástrofe ocurrirá, los adultos no».

¿El Norte y el Sur Global lo viven de maneras muy distintas?

Muy distintas. A diferencia del Sur, para el Norte Global es un problema de futuro. Pero incluso si hoy apostamos por una economía basada en cero emisiones, el daño seguirá. Los adultos deben pedir perdón y hacer sacrificios. ¿Sabe qué tipo de preguntas me hacen?

¿Qué le preguntan?

Piden saber cómo construir barcas, cómo cosechar los propios alimentos, cómo mantener una conversación que tenga sentido con sus padres, cómo ejercer presión sobre los políticos. A nuestro ego le gusta pensar que estamos en control –la negación es una defensa–, pero este no es el caso. Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, uno de los pocos que hablan claro, dice: «Demorarse es la muerte».

Siempre habrá un negacionista dispuesto a desoírlo.

No creo que haya nadie en el planeta que sea negacionista, solo es gente muy frágil con unas murallas defensivas muy altas. Las fantasías de rescate son más peligrosas que las apocalípticas.

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