31 de octubre de 2010
31.10.2010

El Valencia, en su laberinto

En su versión más desquiciada, el equipo de Emery no pasa del empate ante el colista Zaragoza El conjunto blanquinegro, con las ideas bloqueadas, empata con un gol en propia puerta y apenas chuta pese a contar con superioridad numérica

31.10.2010 | 11:57
Mata, uno de los pocos destacados del Valencia en la segunda mitad, trata de centrar ante la oposición de Diogo.

El Valencia se metió, él solo, en un laberinto del que fue incapaz de salir ante el colista Zaragoza. El partido de ayer en Mestalla, resuelto con un sonrojante empate que debe considerarse positivo ante las prestaciones ofrecidas, desenmascara todas las carencias actuales del equipo blanquinegro, sin fútbol y muy escaso de convencimiento. El problema no se limita a una cuestión de dibujo táctico, de modas o fobias, de de titulares o suplentes. Emery no encontró respuestas a un equipo desquiciado, que nunca se acercó a la victoria -sólo disparó dos veces a puerta-, y todo ello a pesar de que el azar se le alió en dos acciones fundamentales: un gol en propia puerta y la superioridad numérica en el último tramo después de la inmerecida expulsión de Ander Herrera. La afición dedicó a sus jugadores la primera bronca de la temporada. El encuentro resultó ser un deprimente ensayo de la primera final que aguarda al Valencia, el próximo martes contra el Rangers, en la que se juega su futuro europeo y buena parte de sus previsiones financieras. Mientras, en la Liga, se estanca justo antes de afrontar la parte más crítica del calendario.
La primera mitad atentó contra toda la implacable lógica que se presumía en la previa del envite. Porque con peores sensaciones no se podía presentar el Zaragoza: colista, sin conocer la victoria, con una defensa de cinco efectivos que era la más endeble del campeonato. Sin embargo, dominó con una facilidad pasmosa a un Valencia que salió dormido y que con el tempranero gol de Lanzaro se sumió en un irrespirable clima de nervios, para tortura de su perpleja hinchada. Si el fútbol fuera una ciencia exacta, que no lo es -ahí radica en gran parte su hechizo- el Zaragoza habría cerrado el partido en el primer acto con las cuatro claras oportunidades que tuvo en los catastróficos quince minutos iniciales del Valencia. Pero sin llegar a chutar entre los tres palos, el conjunto de Emery igualó antes del descanso con un gol en propia puerta de Lanzaro, que imitó al estadounidense Edu, del Rangers, al convertirse en verdugo y amigo, más tarde, de los blanquinegros.
El bloqueo valencianista en la primera mitad era total, en todas las zonas. No hubo ni juego ni intensidad. Nada funcionó, ningún destello destacó entre la "pájara" generalizada. En el gol, a los dos minutos de juego, Miguel, ayer en su versión más indolente, se quedó clavado en la salida al fuera de juego en el rechace defensivo posterior a un córner. La pelota quedó a los pies del central Lanzaro, que remachó a placer.
El tanto en contra postró al Valencia en la histeria. En ataque no le duraba la pelota, con malas entregas, con Pablo y Vicente perdidos en los extremos, con Aduriz sin posibilidad de remate... toda la producción se simplificaba envíos telegrafiados que el frontón de tres centrales del conjunto maño despejaba sin complicaciones. En tareas defensivas se acariciaba la zozobra. Miguel y Mathieu ofrecían un agujero inmenso a sus espaldas, territorio en el que Lafita tejió a su antojo todas las contras zaragozistas. Tanto él como Braulio pudieron haber sentenciado el partido de no intervenir Moyà, providencial. Tal era la frustración que Banega daba patadas de pura impotencia con más de medio partido por delante.
Sólo en jugadas a balón parado, buscando la cabeza de Ricardo Costa y Navarro, el Valencia se acercó a Doblas. En una de esas contadas acciones se reclamó un más que posible penalti a David Navarro. Un irrisorio argumento como para empatar, premio excesivo que al final de la primera parte el impetuoso Lanzaro regaló al Valencia al intentar despejar de cabeza un balón franco para que lo blocara Doblas.

Ni contra 10
La igualada renovó los bríos del Valencia, un punto más decidido en la segunda parte, con Topal y Mata con más galones. Sólo bastaba eso, más agresividad y las ideas claras, para encerrar a un Zaragoza muy limitado, como se pudo ver en los despistes de Doblas o en las deficiencias de Contini, lento y fácil de desdoblar. El partido se decantó en la recta final a favor del Valencia por una dádiva de Delgado Ferreiro, que expulsó a Ander Herrera con una exageradísima roja directa al cortar una contra. El colegiado, tal vez consciente del error cometido, tiró de compensación al no decretar un penalti a Mata y alargar sólo dos minutos el descuento, a pesar de los seis cambios, la mencionada expulsión, y las interrupciones provocadas por pequeñas trifulcas que se sucedieron hasta el final.
Emery sacó a Joaquín y añadió otro punta, acompañando Soldado a Aduriz. Con un jugador más no logró ni marcar ni crear un asedio real, con peligro permanente. La remontada habría sido una recompensa inmerecida para un equipo que fue despedido por la mitad del aforo, la que resistió estoicamente hasta el final, con la primera pañolada de la temporada. Un signo de preocupación ante las señales que emite su desconocido equipo, otrora bronco y copero.

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