17 de enero de 2012
17.01.2012

Los tecnócratas marcan la pauta en el valencia CF

17.01.2012 | 02:30

J. V. Aleixandre

Este Valencia es un equipo de tiernos tecnócratas, dirigido por otro joven tecnócrata, Unai Emery, para quien el fútbol es un problema geométrico que cada partido hay que resolver. Por encima está Manuel Llorente, un interventor -sin manguitos- de Bankia, encargado de que los números cuadren, aunque sea a martillazos. Bajo ese esquema de funcionamiento, no es de extrañar que los jugadores se limiten a cumplir con las exigencias del mercado, sacando adelante las cuentas. Y punto, que diría Cortés. No les pida usted más. Cómodamente instalados en la tercera plaza, sin aparente amenaza, de momento, de ser desalojados de esa inane posición, los futbolistas-funcionarios aplican con fría pulcritud las directrices emanadas desde las alturas. Desde hace un tiempo, en este club importan más los guarismos que los sentimientos, como muy bien nos ha demostrado Javier Gómez, con ocasión de su pase a la reserva activa. Lo siento si soy pesado y monocorde con este tema, pero conviene no olvidar el suculento finiquito que ha cobrado el exvicemandamás, para tenerlo muy presente cuando nos vengan apelando al corazón y al sentiment para que les saquemos las castañas del fuego.
El caso es que en noches desapacibles como la sufrida ante la Real Sociedad, se echa en falta el equilibrio, la madurez y la experiencia de tipos, no tan lejanos en el tiempo, como Angloma, Djukic, Carboni, Baraja... Un perfil de futbolista que ahora no parece encajar en la planificación deportiva, condicionada por la teoría del "máximo rendimiento deportivo y económico" impulsada por Llorente, y coherente con las estrecheces financieras de la sociedad.
A este equipo se le adivina más futuro que presente, y esa realidad se vuelve en contra cuando toca competir y batir el cobre ante bestias pardas como Drogba. En esa tesitura, que a nadie le sorprenda la necesidad de renovar a David Albelda, un aporte fundamental de veteranía en un conjunto todavía por destetar. El capitán, junto a Soldado (ausentes ambos el sábado, curiosamente) parecen ser los únicos capaces de dar una voz en vestuario y reclamar pasión entre tanto burócrata del balón. Sin sentimiento, tampoco hay ritmo y sin ritmo no hay fútbol. Algo de eso, además de encajar un gol de carambola, fue lo que ocurrió la otra noche. Ni más, ni menos.

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