El Mundial de Brasil está dejando claro que para los norteamericanos el «soccer» ya no es una distracción amateur universitaria, ensombrecida por la tradición los cuatro grandes ligas profesionales del baloncesto, hockey, béisbol y fútbol americano. Es un proyecto sólido y próspero, con buenas bases de negocio y con un robusto apoyo social. Estados Unidos, presente de forma ininterrumpida en las fases finales desde 1990, es una de las sensaciones de un torneo que ha puesto patas para arriba todos los convencionalismos, comenzando por el estrepitoso fracaso de la Roja.

El empate, que mereció ser victoria, del combinado de Jürgen Klinsmann contra Portugal deja clara la evolución del fútbol norteamericano en los últimos veinte años, desde que en 1994 organizase su propio Mundial. En aquel momento, sin rastro de los éxitos prehistóricos de los años 20 y 30, el fútbol ocupaba el lugar número 95 entre las preferencias deportivas del país y Bill Clinton delegó en su vicepresidente, Al Gore, la entrega de un trofeo considerado aún secundario. EEUU pasó la primera fase y el «soccer» caló de nuevo. La cita fue el trampolín desde el cual EEUU impulsó desde 1996 un campeonato profesional hoy plenamente consolidado. De aquellos pioneros, como Alexi Lalas, Tab Ramos, Cobi Jones y Toni Meola, a la poderosa selección actual liderada por Clint Dempsey y Michael Bradley, ha mediado una receta del éxito consistente en la combinación de fichajes de veteranas estrellas como Thierry Henry, Marco Di Vaio o David Beckham, recuperando el gancho de los Cosmos de Nueva York a finales de los 70 con Pelé, Beckenbauer y Chinaglia, con un proyecto de base que ha fortalecido la liga y la estructura de la actual selección. Se ha sabido trasladar el sistema de la NBA, sin descensos y con incentivos a los clubes más pequeños para que tengan acceso a buenos jugadores, para moldear un torneo igualado, emocionante y atractivo para la incondicional comunidad latina que llena unos estadios que superan la media de muchos grandes recintos del viejo continente. Con buena capacidad adquisitiva, la norteamericana es la afición extranjera que más entradas ha comprado para el Mundial (196.838), triplicando a la siguiente hinchada, la argentina, con 61.021 localidades. La Major League Soccer ha logrado reclutar de vuelta a estrellas locales consolidadas en Europa, como los mencionados Dempsey (Seattle Sounders) o Bradley (Toronto FC). El debut de Dempsey con los Sounders, el pasado 25 de agosto, colgó el cartel de «no hay billetes» en el CenturyLink Field con 67.385 espectadores en el gran derbi del noroeste del Pacífico contra los Portland Timbers. El gusto al fútbol se aprecia también en las audiencias millonarias a mediodía para presenciar partidos de la Liga y la Premier inglesa o en que los himnos de algunos clubes, como el del Real Salt Lake, los compongan grupos de punk famosos como Rancid. Nueva York, donde gobiernan los Red Bulls, ha auspiciado la recuperación del Cosmos, con Pelé de padrino, y el Manchester City ha creado una franquicia con David Villa como reclamo que ya se ve en grandes carteles en la Quinta Avenida.

Cada nueva hornada de jugadores crece y mejora a la anterior. Como muestra del músculo competitivo adquirido, Klinsmann ha descartado en una decisión polémica para Brasil a toda una institución como Landon Donovan, icono y máximo goleador de la selección «yankee» con 57 dianas.