­Difícilmente se habría imaginado David Ferrer que los dos primeros meses de 2015 serían tan radicalmente diferentes a los doce anteriores. Tras sufrir la peor temporada en un lustro en cuanto a títulos conseguidos (uno, además de tres finales), cambiar dos veces de entrenador y quedarse a las puertas de la Copa de Maestros por primera vez desde 2009 (aunque acabaría acudiendo y jugando como suplente), el de Xàbia ha renacido. Tres títulos y solo una derrota en diecinueve partidos son el resumen de invierno fulgurante.

Ayer, sumó a ellos un broche de oro. En un acto multitudinario en el Club de Tenis Valencia, Ferrer fue condecorado con el que es considerado como la máxima distinción que se le puede otorgar a un tenista español, el Premio Samaranch, inspirado en el ya fallecido presidente del Comité Olímpico Internacional. En su hogar, el club que desde los catorce años le ha visto crecer como tenista (y de la cual es Socio de Honor), no cesaron las felicitaciones y homenajes al tenista: desde personajes de la política como el presidente Alberto Fabra y la alcaldesa de Valencia Rita Barberá, hasta sentidos discursos como el del presidente de la Real Federación Española de Tenis, José Luis Escarñuela.

Tras presentaciones y dedicatorias, David Ferrer subió al escenario a recoger el preciado galardón. Emocionado y sin unas palabras previamente elaboradas, el de Xàbia no cesó de agradecer las palabras dedicadas durante el recibimiento, y admitió estar viviendo «grandes emociones» esa noche. Similares, reconoce, a las que siente, últimamente con bastante frecuencia, en la pista.

Aseguró que está «muy agradecido porque lo recibo en el Club de Tenis Valencia, del que socio de honor, aquí en mi casa y tengo aquí a mi familia y a mi gente cercana, por lo que estoy muy contento». «Es un orgullo y un privilegio que tenistas como Carlos Moyá, Rafael Nadal, el mejor deportista de España, hayan tenido este premio y ahora lo pueda tener yo», añadió. «Siempre es bonito verse reconocido pero es mucho más bonito que te den el premio no ya por tu carrera deportiva sino por mis valores como persona. Eso me hace sentirme muy orgulloso de todo lo que he llegado a conseguir», prosiguió.

«Si mañana volviera a tener 20 años volvería a hacer todo igual, porque el tenis me ha dado mucho más de lo que esperaba, por lo estaré siempre eternamente agradecido a este deporte por el que siento pasión, es el mejor premio que puedo recibir», concluyó.

No es para menos. Incluso antes de coronarse por cuarta ocasión como campeón en Acapulco el pasado domingo, Ferrer dijo abiertamente que estaba volviendo a disfrutar con el tenis.

El rocambolesco año que vivió en 2014 contribuyeron a ello. El bagaje de una final ganada, la de Buenos Aires a principios de año, fue «pobre» dado el nivel al que tiene acostumbrado al público español. También las finales perdidas „la de Viena, en particular, cuando no pudo superar a Murray tras sacar por el partido con 5-3 a favor, fue especialmente dolorosa„ y los cambios constantes de entrenador, mostraron a un Ferrer distante del de los demás años.

Pero al fin, David consiguió la estabilidad. Firmó con Francisco Fogués, cambió su entrenamiento, y aprendió, según él, lo que no hizo durante 2014. Entre torneos, y condecoraciones, aún admite «sentir pasión» por el tenis. Motivo más que suficiente para pensar que el mejor David Ferrer ha vuelto.