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Esperando

Esperando

Cuando digo da igual, no da igual. Cuando digo no pasa nada, sí que pasa. Cuando digo no importa, sí que importa. Soy ese tipo de persona.

No soy de los que se une a una turba en pleno incendio, creo. A veces uno se sorprende del mal que lleva dentro, de esa maldad del hombre corriente, que es la peor maldad de todas, una maldad sin cortar, de pureza extrema, el mal por el mal, el mal natural. El que no mide consecuencias.

Cada vez nos duran menos los enamoramientos. Se lleva lo efímero. Está a punto de pasar que se deje de decir 'qué buenos son Carolina Durante', y ni siquiera han sacado disco todavía. Estamos al límite. Pronto se dirá 'antes molaban Carolina Durante'. El margen es estrecho y con el fútbol ocurre mucho, un tramo de ráfaga feliz, desde que descubres a un jugador hasta que empiezas a detestarlo, desde que empiezas a vivir con alguien hasta que te doblegan los defectos, aunque tal vez puedas soportarlo.

En el fútbol una cosa hay que tener clara. Si ganas te van a estar esperando. Y cuanto más hayas ganado, con más ganas te van a estar esperando. Y cuanto más pequeño de espíritu sea el que te está esperando, más grande será su odio, viperino y afilado. Y cuanto más grande hayas sido, más estrepitosa será tu caída. Eso hay que tenerlo claro. Que sepan los héroes que los vamos a estar esperando, que por lo general no sabemos evitarlo.

A los entrenadores que un día controlaron el juego en la palma de la mano, a los equipos campeones año tras año, a los futbolistas infalibles que al fin se muestran humanos. A Simeone, a Mourinho, a Guardiola, a todos esos raros. A Griezmann, a Messi, a Ronaldo. A cada uno de ellos habrá alguien esperándolo, porque sabemos que al final todos pierden, en el fútbol alguna vez todos pierden, y cada uno elige su villano. No hay nada más transversal y democrático que la derrota en el fútbol. No hay nada más sano y a la vez insano. Al final todos pierden, y todos es todos, y ahí les estaremos esperando, a menudo con el mal ese que llevamos dentro, que es esa la peor maldad de todas, una maldad sin cortar, de pureza extrema, el mal natural. La gasolina de los de abajo.

Lavar el coche un festivo por la mañana, llevar cadenas por si nieva, hacer una paella para veinte personas. Saber ganar en lo más íntimo. Saber perder. Saber olvidarlo. No soy ese tipo de persona.

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