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Centenario del Valencia CF | Capítulo XXX

La primera gran crisis, con Ros Casares

«Candau, decile a este amigo que significa Agustinet bombeja», dijo con su acento porteño Alfredo Di Stefano

La primera gran crisis, con Ros Casares

La primera gran crisis, con Ros Casares

La primera gran crisis valencianista llegó en la temporada 74-75. Con Di Stefano al mando el equipo había ganado una Liga y había disputado tres finales de Copa consecutivas y dos de ellas con el entrenador hispanoargentino. Ros Casares, presidente elegido por los socios compromisarios, quiso crear un gran club y también gran equipo. Para el club dispuso la compra de los terrenos de Paterna que le valieron serios disgustos porque no se entendió demasiado que una entidad que tenía cien millones de pesetas de déficit se comprometiera a invertir setenta y cinco para la Ciudad Deportiva. Todo iba saliendo hacia adelante excepto futbolísticamente.

El equipo arrancó la temporada de manera extraordinaria hasta el extremo de que se subió al primer puesto del la tabla. Sucedió, inesperadamente, que los resultados comenzaron a ser insatisfactorios hasta el extremo de que ni siquiera en Mestalla se ganaban los dos puntos. En la junta directiva hubo enfrentamientos porque hubo quienes fueron partidarios de despedir a Di Stefano. Ros Casares hizo una directiva llena de nombres de arraigo ciudadano, de personas de influencia económica, social y cultural. Vicepresidente primero fue Fernando García-Berlanga Martí, hermano del director de cine. El segundo fue Alfredo Corral. Secretario, Manuel Benlloch, Tesorero, Silvestre Soler Segarra y contador, Alfonso Merenciano. El resto de la directiva la compusieron Luis Falcó, Enrique Tamarit Falaguera, hermano de Rafael, árbitro de Primera División. Vicente Calvete, Francisco Martínez Marqués , Ricardo Sanchis Barroso, Rafael Almenar Valls, Ángel Bru, Francisco Ballester Requena y Enrique Marqués.

Los resultados fueron relevando al Valencia hacia puestos de abajo y hubo peticiones para que Di Stéfano fuera despedido. Ros Casares convenció a la mayoría de sus directivos para emitir una nota en la que se confirmaba al entrenador en su puesto al menos hasta que acabara la temporada ya que estaba disputando los partidos de Copa. La nota decía que se tomaría la decisión oportuna más adelante para la defensa de los intereses del club. Ello no gustó a Fernando García-Berlanga que optó por dimitir. En Liga no se estuvo a la altura de la historia de la entidad y en Copa se venció al Rayo Vallecano y no se pudo pasar frente a Las Palmas.

El equipo acabó en la duodécima posición en la tabla. En la temporada anterior ya había caído hasta el décimo puesto. El descontento con el entrenador se acrecentó y éste, además, tuvo más de una pelea con los medios informativos. Hubo un momento en que los periodistas se enfrentaron al técnico porque éste alternaba los buenos momentos con las serias discrepancias y las agrias discusiones.

Tuve oportunidad de conocer a Di Stefano e incluso conviví con él en varias ocasiones como la Copa América de 1981. Fue en la segunda etapa valencianista cuando entendí que había aprobado el examen al que me sometió y ello me facilitó carta blanca. Una noche, en el Sidi Saler, estaba conversando con uno de sus amigos. Yo estaba a una doce metros de su mesa y de pronto me gritó: «Candau decile a este amigo que significa Agustinet bombeja» lo dijo con su acento porteño y como respondí satisfactoriamente a partir de entonces aceptó que conversara con él sobre cuestiones futbolísticas. Era hombre difícil, pero poner por medio el fútbol facilitaba todas las conversaciones.

En aquellos años, hubo escándalo con la contratación de los llamados «oriundos», jugadores argentinos, uruguayos o brasileños a quienes habían inventado partidas de nacimiento falsas o se había recurrido al subterfugio de decir que durante la Guerra Civil habían quemado los archivos del pueblo de los padres del jugador. Se llegó a la conclusión de que lo mejor era admitir la participación de dos extranjeros por cada club. De toda aquella avalancha de los llamados «oriundos» no se pudo discutir la españolidad de un futbolista llamado Benjamín Cáceres que anduvo por el Deportivo y Mallorca. Una de las primeras medidas fue prohibir momentáneamente que se facilitar la ficha de los sospechosos. Cáceres era tan auténtico español que tuvo que hacer la mili. Fue aceptado como español, pero lo tuvo que hacer con el mosquetón y vestido de caqui en el campamento. Se le permitió que en su caso pudiera lanzar una granada, pero se le impidió tirar corners. Su problema fue que había sido internacional con Paraguay y de ahí que se le suspendiera. Algunos de los futbolistas de cuya documentación se dudó acabaron siendo internacionales con España como es el caso de Oscar Rubén Valdez. En el Valencia hubo discusiones sobre Adorno quien tuvo que salir por la ventana de un juzgado cuando fue requerido para testificar. No hubo problemas con Jesús Martínez cuya españolidad por ius sanguinis era clara.

Para evitar más problemas sobre falsificaciones dado que al Barcelona le denunciaron a Milonguita Heredia, el club catalán mando a América para investigar procedencias, entre otras la de Rubén Cano que acabó en el Madrid, al joven abogado y después famoso diputado de Convergencia i Unió y padre de la Constitución, Miquel Roca i Junyent. Hubo un intento de contratar a un periodista en Madrid, pero éste se negó a realizar tal misión.

El Valencia de la 73-74 contó con cinco foráneos: Anibal, Adorno, Keita, Valdez y Jara. El Barça con un cheque de cien millones de pesetas con los que llegó a Amsterdam el gerente del club, Armand Carabén, cantidad a la que no pudo llegar el delegado madridista Agustín Dominguez, contrató a Johan Cruyff que fue determinante en el rumbo de aquellas temporadas en las que entre otros éxitos se apuntó un 0-5 en el Bernabéu («Cinco lobitos tiene la loba, cinco golitos metiò el Barcelona, dos de Asensi, uno de Cruyff, uno Juan Carlos y otro Sotil») que cantó la «Demencia» de Estudiantes al recibir al equipo madridista de baloncesto. El Real Madrid contó con Touriño, Netzer y Pinino Mas. El Atlético se reforzó con Ovejero, Panadero Díaz, Heredia, Ayala y Becerra y Ufarte llegado de Brasil, español nacido en Pontevedra. El Granada contó con Aguirre Suárez, Fernández, Montero Castillo y Echecopar. Al Club Deportivo Málaga, antecesor del actual Málaga Club de Fútbol, arribaron Viberti y Gueerini. El Zaragoza fichó a Ocampos y Arrúa.

El despido de Di Stéfano no trajo buenas consecuencias. El fútbol español ha vivido épocas en las que ha tratado de imitar cuestiones venidas de fuera. Ha tratado de imitar y no siempre para bien. Y así como dejó escuela de fútbol el San Lorenzo de Almagro (entonces ya era socio del equipo el Papa Francisco) cuando jugó en España en los años cuarenta, Posteriormente, de pronto, alguien descubrió que el buen futbol era yugoslavo. Eran tiempos en que Tito había unificado el país, la selección era potentísima y sus entrenadores tenidos como magos.

A Di Stefano le sucedió en el banquillo el yugoslavo Milovan A. Ciric que no se entendió con la plantilla y la directiva optó por despedirle y entregó el puesto a quien había venido de segundo y preparador físico, Dragan Milosevic. Del primero se decía que era un gran maestro y uno de sus discípulos más aventajados era Miljan Miljanic, quien, posteriormente también entrenó al Valencia.

La campaña 74-75 fue tan desafortunada como se ha dicho que terminó con el equipo en duodécimo puesto a dieciocho puntos del Madrid que ganó la Liga. La aportación de Cruyff no fue tan trascendental e inmediata como se auguraba.

En el Valencia hubo un relevo importante puesto que el gerente, José María Zárraga, exmadridista, campeón de Europa con Miguel Muñoz de compañero en la media, en quien se habían puesto grandes esperanzas no fue ni por asomo hombre tan importante como lo había sido Vicente Peris. El club recurrió a un valenciano y valencianista e hizo gerente a Salvador Gomar que permaneció en el puesto hasta 1986.

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