A Wouter Poels, antiguo ayudante de Chris Froome, hoy al servicio de Mikel Landa en el Bahrein, le dieron ayer el premio a la combatividad, según el criterio de un jurado formado por organizadores y periodistas franceses. El galardón no puede quedar desierto y se le distinguió por el esfuerzo que supone correr el Tour con una costilla rota desde la primera etapa. Los premiados, sin embargo, debían haber sido los espectadores que no se quedaron dormidos en el sofá después de presenciar una de las etapas más aburridas de todos los tiempos, no solo de la ronda francesa, sino de la historia del ciclismo mundial.

Al igual que se juegan partidos de fútbol horribles, de baloncesto en los que solo se recuerda el último segundo gracias a una canasta maravillosa, en ciclismo también hay etapas malas, y la de ayer se ganó el jersey amarillo que perdió Julian Alaphilippe, posiblemente despistado y aburrido, al coger un bidón a falta de 17 kilómetros para meta, lo que está prohibido. Sin esperárselo, como un regalo del cielo, el maillot fue a parar al británico Adam Yates. Increíble que un ciclista experimentado como Alaphilippe, y sobre todo su equipo, cometieran semejante error. Del puesto número uno pasó al 16. Para olvidar.

Mala de solemnidad

Sin ataques en el pelotón no hay Tour que valga, pero tampoco Giros, Vueltas y cualquier carrera por extraña que resulte. Tan mala fue la etapa que hasta resulta imposible encontrar en la noble historia del Tour, desde su fundación en 1903, una jornada en la que no hubiera un solo ataque. No los hubo desde la salida de Gap hasta la llegada de Privas, atravesando eso sí, bellísimos parajes provenzales, lo único que realmente mereció la pena en un miércoles ciclista para olvidar. 183 kilómetros que solo podían servir para una llamada a la siesta, a los afortunados que disponían de un sofá para tumbarse.

Lo dijo Alejandro Valverde, que por algo es el más viejo de cuantos disputan la carrera, con 40 años, y también, con 13 participaciones, el que más veces ha corrido la ronda francesa. «Yo no recuerdo una etapa del Tour sin un ataque, así que debe de hacer bastante tiempo que no pasaba». En efecto, la leyenda del Tour refleja gestas enormes que han ido creciendo a lo largo de los años. Pero los días nefastos no aparecen en los papeles.

Yates de regalo

Con la pifia de Alaphilippe, quien debía saber, porque es de libro, que en los últimos 20 kilómetros no puedes recoger un bidón, y lo pillaron, la etapa no hizo otra cosa que ensombrecerse aún más. Así, Yates se vistió con el amarillo que nunca ha llevado su hermano gemelo Simon, ganador de la Vuelta y líder del Giro, en rojo y rosa.

Y Wout van Aert fue lo único bueno del día para demostrar su poderío en el esprint y su extraordinario momento de forma; un triunfo para evidenciar que los Jumbo son los número uno de este Tour, que hoy recuperará, o así debería ser, carácter en la montaña, con una nueva llegada en alto, en este caso al Mont Aigoual, en la primera visita adelantada al Macizo Central, cordillera que volverá a recibir al Tour la próxima semana.

El Mont Aigoual es una especie de mirador de Francia. Desde su cima, no muy alta, a 1.560 metros, se divisa el Mediterráneo, los Alpes, los Pirineos..., a condición de que el tiempo sea clemente. Porque esta montaña, donde este jueves llegará la sexta etapa del Tour de Francia, primera meta de la carrera en sus rampas, alberga desde finales del siglo XIX una estación meteorológica en la que se reflejan todos los extremos: récord de temperaturas bajo cero, récord de pluviosidad, récord de días de niebla...

El Mont Aigoual es el mascarón de proa del sur del país. Todas las tempestades dejan su huella en este mirador del espacio y del clima donde la previsión meteorológica augura buen tiempo para la llegada del pelotón.