Los aficionados al juego de pelota de un pueblo belga alzan su voz en las redes sociales porque en la plaza donde se mantiene un deporte secular plantarán árboles y con ello dejará de jugarse. Algunos arremeten contra los «verdes» que impulsan esa iniciativa, «que los planten en su casa», dicen. Otros, más atrevidos, proponen reunir a los aficionados que tengan motosierras y acabar con ese atentado a la «historia y la cultura de nuestro pueblo»€El caso es que en tierras belgas el juego que en otros tiempos congregaba a cientos y miles de espectadores, con finales presididas por el rey Balduino, la pelota está en retroceso. Comenzó con la invasión de los coches a la que se une ahora, para desconcierto de muchos, la plantación de árboles o la colocación de jardineras€ Los clubes se enfrentan al progreso. De las plazas céntricas ya se pasó a los espacios de la periferia y ahora a la desconcertante presión ecologista. En tierras valencianas se vivió un proceso similar en los años 60. Las nuevas construcciones, el automóvil y la presión de otros deportes de masas acabaron arrinconando al viejo juego de pelota, tradicional, jugado en tantas y tantas calles, condenándolo a la desaparición.

Aquí se unió la falta de una estructura organizada pues la Federación de la época, además de ser una delegación de la española, que tampoco supo reaccionar a los nuevos tiempos, no tenía ni medios ni iniciativas para conseguirlos. La prensa, tan presente en el siglo XIX y principios del siglo XX, se centró en el futbol y en poco más. Todo se puso en contra y sin embargo el Joc de Pilota supo reaccionar con la llegada de la autonomía, la perseverante obra de estructuración institucional, con la creación de una Federació de Pilota, que en esta España diversa merecería de una vez por todas el reconocimiento estatal, como lo tiene en el autonómico. Los problemas de Bélgica se repiten en otras regiones pelotísticas europeas. Urge recuperar el espacio público donde el deporte nació y cautivó a nuevas generaciones durante siglos. Arrinconar el deporte a espacios cerrados nos permite una adecuada promoción pero a cambio de perder las pinceladas de colores de una calle, de una plaza, del cielo radiante, del fondo de una iglesia o una catedral. Nos permite el reencuentro con la historia. Por todo ello hay que impulsar la declaración de bien cultural de esta manifestación lúdico deportiva allá donde se conserve. ¿Empezamos por proteger las calles y plazas donde se practica? Porque o actuamos o acabarán siendo ocupadas por jardineras o plazas de aparcamiento. La identidad es una aspiración personal y colectiva, un deseo natural de cada uno de nosotros y de aquellos con los que nos sentimos cercanos en lengua, costumbres y heredades. Los que pretenden uniformar actúan contra la propia naturaleza humana. Antes o después perderán la batalla.