Cada partido del Valencia se ha convertido en un grito de socorro. Un SOS para reclamar fichajes urgentes que dignifiquen a una plantilla desprovista de personalidad, sin experiencia y desorientada ante la planificación abdicada a 11.000 kilómetros kilómetros de Mestalla, el estadio más vacío de un campeonato sin espectadores. Con la ausencia de Parejo y Rodrigo reemplazada con cedidos y juveniles, el Valencia no juega, sobrevive a sus circunstancias y a base de voluntad va sumando puntos, desespiritualizado. Ayer, el equipo de Javi Gracia, cuyo gesto resignado parece envejecer a pasos agigantados, sumó un afortunado punto frente a un Huesca superior de inicio a fin, que triplicó (5 a 17) los disparos de los valencianistas, que cuentan con un presupuesto seis veces mayor. En la responsabilidad de Peter Lim está auxiliar en la última semana de mercado a un equipo al que ha ido desmantelando, pieza a pieza, error a error, desde hace un año.

Ya casi es un género clásico en Mestalla: el gol afortunado contra el Huesca, en la portería del Fondo Norte, por parte de un lateral derecho, que desbroza un partido atascado dominado plácidamente por el rival. El gol de Wass, facturado en una falta lateral que ningún compañero ni rival llegó a tocar, aliviaba una primera parte de tediosa resignación. El tanto había llegado en el minuto 37, en el primer lanzamiento a puerta de los blanquinegros. La zozobra defensiva contra el Levante UD y el Celta impulsó a Javi Gracia a optar por un «once» más pragmático, si eso es posible entre tanto lesionado y ausencia de veteranía y fichajes. Kang In Lee, Yunus Musah y Esquerdo estrenaron suplencia en favor de Vallejo, Jason y Racic, jugadores con más cuajo. La primera misión pasaba por ser un bloque más junto, que no cayera en sobresaltos, que dejara maniobrar a un Huesca al que le gusta ser protagonista (como se vio en Vila-real), y esperar que Guedes contase con hectáreas libres para correr a la contra.

La realidad fue distinta. El centro del campo del Huesca, con Seoane, Mosquera y Juan Carlos, dominó el juego ante un Valencia que padeció menos sustos pero que evidenció falta de ideas para prodigarse en ataque, demasiado partido con un centro del campo de puro hormigón (Kondogbia-Racic, notables en el corte), pero sin la llave en tres cuartos para que fluyera el ataque, sin el vuelo libre de Kang In Lee, el futbolista más aproximado a la función antigua de Rodrigo.

El Huesca se desplegaba con brío, con centros laterales amenazantes y con la referencia de Rafa Mir arriba. El delantero murciano, que debutó prematuramente con edad juvenil en el Valencia hace cinco años, vio en su regreso a Mestalla que el actual Valencia empieza a parecerse al joven inexperto que era él mismo en aquella fugaz aparición en Champions en San Petersburgo. El síndrome Meriton, podría llamarse. En los defectos del Valencia no hay rastro de apatía o conformismo. El equipo lo intenta siempre, a veces con señales de improvisación, como en una acción en la que Gayà condujo en largo por el centro y Maxi Gómez, el mejor rematador, acabó centrando desde la banda.

El partido era del Huesca, al que sólo le había faltado chutar a portería en la primera mitad. Cuando lo probó en la reanudación, rompió la resistencia de cristal valencianista. Entre los minutos 60 y 63, Jaume sacó tres manos a saque de esquina ante remates a quemarropa del conjunto altoaragonés. Atrapado en el bucle de córners, Siovas acabó conectando un testarazo para establecer el justísimo empate. Gracia introdujo a Musah y Gameiro, buscando energía en las transiciones y calma en los últimos metros, pero el siguiente aviso vino con un balón al larguero del delantero Okazaki.

Kondogbia probó desde media distancia un rechace, pero la entrada de Ontiveros desniveló el partido para los visitantes. Un error de Guillamón en la salida propició otra gran ocasión visitante, con buena respuesta de Jaume. En los últimos minutos, el Valencia probó algún centro desesperado de Wass y un disparo de Gameiro. No hubo suerte, ya se ha agotado toda. El valencianismo debe activar el chip de supervivencia. Recordar el club que fuiste condiciona a un equipo atemorizado tanto como la renuncia de Lim a arreglar su empastre. Un punto más, una jornada menos.