Enric Mas creyó que era una moto de la organización que los adelantaba por la izquierda. Marc Soler se había quedado cortado en los últimos metros de la subida navarra a San Miguel de Aralar, el obstáculo de la segunda etapa de la Vuelta, después de tirar como un poseso en favor de su equipo durante toda la subida. No, Enric, no era una moto, era Soler, su amigo del alma que vive y comparte entrenamientos por Andorra. Era Soler que buscaba la victoria, que lograba el triunfo en solitario en Lekunberri, y se resituaba en la general de la ronda española.

Soler, 26 años, era el ciclista que ganó la París-Niza, el que una vez en la Volta a Catalunya estuvo tan bien que hasta empezó a dejar claro que estaba llamado a hacer cosas muy grandes en este deporte. Pero hasta ahora era como el delantero que regateaba al defensa contrario, chutaba a portería y la pelota se estrellaba en el palo. ¡Ah! hace un año casi consigue la victoria en la gran etapa andorrana de la Vuelta. Pero, por razones tácticas, lo frenaron. Qué cabreo se pilló. Pero era lógico, porque los que llevan las victorias en la sangre, los que no están en este deporte solo para ayudar al equipo y buscar bidones, tienen un carácter especial de campeones, el que ha impulsado a Soler desde que era una de las grandes promesas del ciclismo mundial.

El martes se le indigestó un poco la subida al Santuario de Arrate. Y por esta razón necesitaba dar un golpe de efecto, reivindicarse y demostrar que él también es patrón en un Movistar que ha venido a ganar la Vuelta que ya lidera Primoz Roglic con Mas, pero también con la alternativa de Soler. «Nunca he dejado de pensar en la general. En el equipo estamos Mas, Valverde y yo, y los tres estamos muy bien».