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Sobre la inmortalidad

Diego Maradona bajó al barro de Acerra una tarde de enero de 1985 y ya fue napolitano para la eternidad

Mural en honor a Maradona del artista Jorit en San Giovanni a Teduccio, en la periferia de Nápoles. |  EFE/EPA/CESARE ABBATE

Mural en honor a Maradona del artista Jorit en San Giovanni a Teduccio, en la periferia de Nápoles. | EFE/EPA/CESARE ABBATE

«L’argentino vo sta cca’, nun putimm chiù aspettà, ce putimm finalment vendicà». El argentino quiere estar aquí, ya no podemos esperar más, finalmente nos podremos vengar. (Himno de Maradona).

Diego Armando Maradona calienta músculos entre una hilera de viejos coches aparcados. Ríe, putea bajito con los compañeros de equipo, bromea lanzando crochés al aire, haciendo bailar esas piernas, las del mejor futbolista del mundo. El Diego es un boxeador que va a fajarse entre la lluvia, el fango, el cielo plomizo de esa tarde de enero de 1985 en el escuálido campo municipal de Acerra, al norte de Nápoles. De fondo aparecen edificios en estado ruinoso. El 10 se retrata con niños sacados de un cartel neorrealista, ataviados con abrigos raídos, ropa heredada. Una multitud ocupa con sus paraguas la única grada del estadio. Saltan y gritan. Diego, Diego, Diego.

Para entender la realidad del sur de Italia hay que pasear por Acerra y el resto del cinturón suburbial que rodea Nápoles. Cuna de Pulcinella, el rufián personaje de la popular Commedia dell’Arte, llevado al ballet por Stravinsky, y de los teatros de barrio al cine por Eduardo De Filippo. No es una tierra de vida fácil. Acerra, destruida por Aníbal, escenario de una de las peores masacres del ejército nazi en suelo italiano con la matanza de 110 civiles el 1 de octubre de 1943. El «paraíso habitado por demonios» que Benedetto Croce escribía en 1923 apuntaba directamente también a este lugar. Una localidad de 50. 000 almas que forma parte del triángulo de mortalidad por cáncer junto a las vecinas poblaciones de Nola y Marigliano, víctimas de los residuos tóxicos de las regiones industrializadas del norte. En Acerra «a’ munnezza è oro» («la basura es oro»), y es sepultada por la Camorra para despreciar el propio territorio que gobierna con horror. En esta tierra bañada por el sol, como describe Roberto Saviano, ya no se cultivan tomates sanos.

A Acerra acude Maradona porque así se lo ha pedido su amigo Pietro Puzzone, jugador del Nápoles, hijo de este pueblo. Un vecino le ha implorado, pues no puede pagar la operación a la que debe someterse su hijo, enfermo grave. La idea es organizar un amistoso con la presencia de Maradona para recaudar fondos. Corrado Ferlaino, dueño del Nápoles, contesta que ni hablar. No ha pagado 7 millones y medio de dólares al Barcelona, hace apenas seis meses, para exponerlo a las patadas de un equipo local amateur. Maradona ignora la prohibición y paga de su bolsillo un seguro de 12 millones de liras para estar con la gente de Acerra.

Maradona corre, regatea, esquiva entradas y se ensucia de barro las botas, medias y piernas. No extraña el campo, ni los charcos que impiden la circulación de la pelota. Aprendió el juego en los potreros de la Villa Fiorito, arrabal de violencia y hambre de Buenos Aires.

Siente que está con los suyos. Juega al límite, no ha ido a pasar la tarde y marca dos goles. El primero es una precuela de la maravilla mexicana contra Inglaterra, en el Mundial del 86. Deja atrás a todos los contrarios que le salen al paso con camiseta granate (la Acerrana tiene vínculos fraternales con el Torino), y regatea al portero para marcar a puerta vacía. Hay amago de invasión de campo. Un espectador salta al terreno de juego y entre gestos de admiración exclama al guardameta batido: «¿¡Pero has visto qué gran gol?!».

Nápoles se parece a Maradona porque está repleta de belleza, imperfecciones, exceso, tragedia. La pasión maradoniana se conserva intacta hoy, más de tres décadas después, en los imponentes murales de Jorit en las afueras de San Giovanni a Teduccio o esos frescos descoloridos en las callejuelas de los barrios de Sanità o Santa Lucia, el distrito portuario donde los faros fueron engullidos por el desmedido crecimiento urbanístico. Las fotos y recortes de periódico de Maradona siguen ocupando las paredes de los billares de Forcella, los que el genio albiceleste frecuentaba de camino a las fiestas del clan Giuliano, donde nunca faltaban cocaína y mujeres. Fuera, en la calle, las sábanas tendidas en los balcones y vespas conducidas por flacos de doce años con el pelo engominado y un pitillo en los labios. Un coche acelera con una canción neomelódica de algún autor adolescente local que suena con estruendo por los altavoces. El aire huele a dióxido, salitre, al mejor café. Los niños descamisados de los Quartieri Spagnoli cruzan a medianoche Via Toledo para reventar a balonazos las vidrieras de la Galleria Umberto en partidillos improvisados, sin que ningún carabinero se preocupe por llamarles la atención. En Nápoles el caos siempre se mantiene en orden.

La trascendencia de Maradona no acaba en los dos Scudetti, la Copa de la UEFA y los 115 goles solo superados por el belga Mertens, el nuevo rey, o Hamsik, el eslovaco con esa cresta de gallo que tantos adolescentes ahora imitan. Maradona fue el orgullo «terrone» de exhibirse victoriosos en estadios milaneses y turineses, en los que se desplegaban pancartas como «Lavatevi» («Lavaos»). En la ciudad de los mil colores y los mil miedos que cantó Pino Daniele, Maradona es una creencia milagrosa más, como el patrón San Gennaro o los sueños nocturnos que el libro de la smorfia traduce en números, para apostar por un futuro mejor. Mientras que los 260 invitados a la boda de Leo Messi apenas dejaron 9500 euros de donativos para una ONG, Diego bajó al barro de Acerra una tarde de enero de 1985. En eso consiste la inmortalidad.

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