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Va de Bo

pelayo, en la ópera de parís

pelayo, en la ópera de parís

pelayo, en la ópera de parís

No se dejó ni un rebote; pisó las losas que tocaba pisar; entró al aire siempre que tuvo oportunidad, de volea, de manró, acertó en el trazado de la línea y bailó sobre las losas de Pelayo como el mejor de los bailarines de la Ópera de París. Puchol II, el hijo de Javier y el nieto de Valero, nacido entre los campos de hortalizas de l’ Horta Nord, rodeado de estima, empapado de la gloriosa historia de una comarca apasionada por este deporte, que mamó el Joc de Pilota desde las entrañas de su madre, nos ofreció un recital insuperable frente al que De la Vega tuvo que rendirse, extasiado de ver la belleza del juego del campeón que ocultaba cualquier intento de que el suyo sobresaliera. Sólo existió su milimétrico dau, la elegancia de sus rebotes, la majestuosidad de su presencia. Su sólo caminar era capaz de llenar las gradas del trinquete, vacio por el virus. Una elegancia y saber estar que se manifestó en las declaraciones, con palabras medidas, las justas para dar las gracias a los que le apoyan, para recordar que su madre sufre demasiado y para sentir el legítimo orgullo de ver cumplido su sueño de cuando en la cancha de su pueblo, de la mano de su padre y de su abuelo, aprendió a amar la pilota de vaqueta.

De la Vega no fue el pelotari que esperaban muchos. Pero eso suele ocurrir cuando se juega una primera final contra una figura de la talla del número uno. «Todo fue muy rápido», decía. Lo cierto es que pocas veces se ha visto una final tan desequilibrada. Vimos al de Almussafes lamentarse en muchos quinzes. Rara vez pudo restar al aire cuando tiene condiciones, y es jugada determinante en el mano a mano. Puchol disfrutó ayer entrando a la mínima oportunidad. Luis perdió en un abrir y cerrar de ojos los dos primeros juegos y no superó la presión. Su dau apenas inquietó a su rival. Un viejo maestro, de los que echan el ojo a los noveles que se anuncian por Pelayo, con legitimidad para ser exigente en sus exámenes, nos advirtió hace tiempo que ese dau de De la Vega requiere de más precisión técnica si quiere ser más potente. Seguro que ayer se ratificaría en la apreciación realizada hace como tres años. También es cierto que hay tardes en las que las cosas se empeñan en torcerse más de lo debido. Es joven el de Almussafes y tiene cualidades para aspirar a todo. Para perder una final primero hay que sufrir mucho y llegar hasta ella. Puede estar orgulloso. Seguro que tiene más oportunidades y no es fácil encontrarse con un rival con tanta inspiración como la mostrada ayer por el campeón.

De la final de ayer me quedo con otra pulsión emotiva. De alegría. Los locutores de la partida no se cansaron de nombrar al trinquete por su nombre: Pelayo. Y hay que ver lo que se agradece. Un reducido grupo de supuestos catedráticos de este deporte han decidido por su cuenta denominar a Pelayo, con el estrambótico nombre de Pelai, que se supone es la traducción al valenciano, según el Salt. Uno recuerda a Juliet hablar de Pelayo, recuerda a Rovellet hablar de Pelayo, recuerda a Genovés hablar de Pelayo y no recuerda a ningún jugador de ninguna época que renegase del nombre tradicional del trinquete referencial valenciano. ¿Eran todos analfabetos que no hablaban valenciano? ¿Estos catedráticos les van a enseñar a estas horas a hablar valenciano? Resulta tan ridícula esa expresión, tan forzada esa traducción que sería algo así como cambiar el nombre de Old Traffor, el mítico estadio del Manchester en Vell Trafficord. Así es que muchas gracias a los que en un deporte como el Joc de Pilota respetan los nombres tradicionales porque esos «catedráticos», alguno de los cuales no pisó un trinquete en su vida hasta que empezó a comer de este deporte, desde luego no van a cambiar.

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