El Santiago Bernabéu fue el primer palco que visitó Anil Murthy como presidente del Valencia CF, el 27 de agosto de 2017. En la mañana previa al encuentro, en el hotel de concentración de la Castellana, el dirigente singapurés recibió la visita de antiguos colegas de su etapa diplomática en París. Un encuentro de viejos amigos, entre carcajadas. «No dan crédito a que sea presidente del Valencia CF. Es la última persona a la que se imaginaban dirigiendo un club», confesaría en privado, con espontaneidad, esa misma mañana, a los enviados especiales de la prensa. Casi cuatro años después, la trayectoria de Anil Murthy en el Valencia CF parece destinada a su fin con la irrupción enérgica de Tunku Ismail, el heredero del sultanato de Johor, de cuyo desembarco no ha sido ni informado. Con la popularidad por los suelos, Murthy ha acabado arrastrando en su declive la imagen de Peter Lim como máximo accionista.

El auge y caída de Murthy se recordará como la etapa de un dirigente sin capacidad, ni experiencia en el fútbol, que tuvo la habilidad de arropar su imagen representativa en la inercia deportiva favorable con Mateu Alemany y Marcelino, pero cuya ineptitud quedó fatalmente expuesta desde el desmantelamiento del proyecto en 2019, al que contribuyó como filtro en la comunicación entre Mestalla y Singapur. En ese instante, con todo el poder ejecutivo delegado en su persona por parte de Peter Lim, se rompió el equilibrio, afloraron sus carencias y el Valencia CF se desplomó tanto a nivel reputacional como de gestión. Y si bien las directrices de Lim atentaban contra el normal funcionamiento de la entidad, la obediencia y ejecución entusiasta de cada decisión por parte de Murthy, con un tono presidencialista más acusado, aumentó la profundidad del cráter. En la planificación de la plantilla, con operaciones estratégicas encalladas como la de Ferran Torres; en la relación con las instituciones con el nuevo estadio; con los gestos desafiantes hacia la masa social; con la ausencia de contrapesos internos con el despido progresivo de empleados conocedores del sector y del entorno; o con la depuración de figuras emblemáticas del club por afinidad personal.

La crisis de liderazgo, aunque muy visible, no ha alterado a Lim hasta este momento y Murthy ha resistido bunkerizado en la guardia pretoriana de la delegación singapurense de la entidad, con la imagen en la ciudad totalmente erosionada hasta el punto de contratar guardaespaldas.

Murthy no dejará el poso de respetabilidad y el recuerdo favorable de su predecesora en el cargo, Layhoon Chan. Una dirigente a la que no le acompañó un proyecto deportivo fallido del que no formaba parte, pero que desde la discreción quiso entender el valencianismo y puso en marcha proyectos pioneros en el fútbol femenino. Lim trasladó a València a Murthy en 2016 para aportar un aire más europeo a la gestión. Murthy salvó la distancia cultural con un aprendizaje veloz del castellano y una etapa de observación del entorno en la que, desde una teórica responsabilidad comunicativa, fue ganando peso interno y comiéndole terreno a una Layhoon Chan a la que no fue del todo leal. Con cierta destreza en las distancias cortas, conoció a las peñas, trabó relaciones con los medios, contaba historias de su pasión futbolera por el West Ham y preparó el terreno para el relevo presidencial, beneficiado por el modelo de gestión que impulsaba Alemany.

No era un modelo, era un milagro

Murthy encajaba en un equilibrio que, más que un modelo, era un milagro. Con el aval de los resultados positivos de la primera temporada (2017-18), Alemany fortaleció una ecuación compleja en la que él y Marcelino tenían el 90% de la responsabilidad de la planificación deportiva. Como enlace entre Mestalla y Singapur, Murthy trasladaba a la cúpula deportiva las constantes sugerencias por sms de fichajes de Lim, encantado de estar rodeado de amigos del sector, agentes y exfutbolistas célebres que le proponían nombres: «Peter, no dejes pasar a esta futura estrella». Cada petición era rechazada por el filtro técnico, pero Alemany supo encajar a Lim reclutándole para operaciones de alto nivel, para aquello en lo que realmente influía la presencia de un máximo accionista, como permitir que Nasser Al-Khelaïfi te reciba en audiencia para fichar a Guedes. En la misión en París, Murthy se llevó a Alemany a una brasserie y Lim abordó a pecho descubierto la compra del anhelado extremo portugués.

La sintonía en esa cohabitación era armoniosa. Los excesos formales de Murthy (como abrir frentes con los «falsos aficionados») quedaban tapados por la buena brisa deportiva, la agitación emocional del año del Centenario y la final de Copa en Sevilla. En esos meses, Murthy recogió los frutos de la bonanza del proyecto y su imagen personal gozaba de aceptación, como se vio en la convención anual de peñas con el trofeo de la Copa como atracción, aunque recelaba del grado de veneración de la llamada «Doble M» y contribuyó a la desconfianza de Lim hacia una estructura que había devuelto el prestigio al club.

Se abrió una pequeña grieta que se agrandó con la marcha de Alemany y Marcelino y, con Murthy a los mandos, ha aumentado cada vez más con la colección de errores y gestos equivocados en todos los frentes que han convertido al Valencia CF en un agujero negro.