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Glenn Cunningham: el niño que no podría volver a caminar

Se convirtió en el mejor mediofondista de Estados Unidos después de sobrevivir milagrosamente a un terrible accidente cuando tenía nueve años

Glenn Cunningham: el niño que no podría volver a caminar

Glenn Cunningham: el niño que no podría volver a caminar

Glenn Cunningham le bautizaron como “el caballo de hierro de Kansas”. Sobraban razones para ello. Su historia de superación, casi un milagro, se había convertido en la favorita de cualquier niño nacido en el estado de Kansas. La escuchaban en casa, en los colegios, en las calles. Cada uno de sus logros deportivos despertaban una ola de admiración gigantesca en torno a su figura. A todos les parecía increíble que aquel excepcional atleta fuese la misma persona a quien unos años antes unos médicos habían dado casi por desahuciado.

Porque todo esto arranca en un pequeño pueblo de Kansas llamado Elkhart en 1918. Glenn Cunningham, que tenía entonces nueve años, y su hermano Floyd, tres años mayor, tenían el encargo todas las mañanas de encender una de las estufas del colegio antes de que llegasen el resto de niños con la intención de que el aula estuviese caliente cuando iniciasen las clases. Nunca se supo realmente de quién fue el error, pero ese día Floyd utilizó por error una lata de gasolina en vez del queroseno habitual. Se produjo una explosión que alcanzó de lleno a los dos niños y provocó un importante incendio en el colegio.

Cuando los encontraron los dos chicos estaban en bastante mal estado y fueron llevados al hospital donde el pronóstico era muy pesimista. Dos días después empezaron a confirmarse las peores noticias. Floyd, el más afectado por la explosión, murió incapaz de reponerse de la gravedad de las heridas. La situación de Glenn tampoco era muy alentadora en ese momento, pero parecía resistir. Sus daños principales estaban en las piernas y ese comenzó a ser el tema central del debate de los médicos con sus padres. El equipo que le atendía recomendaba amputarle las piernas porque no consideraban que tuviese opción alguna de volver a caminar. Los Cunningham, devastados por todo lo que les había sucedido, descartaron esta posibilidad y se agarraron a su fe para tratar de llevar una situación tan dolorosa. Glenn siguió hospitalizado varias semanas, escuchaba conversaciones en voz baja e intuía casi siempre de qué estaban hablando. “Voy a volver a caminar” le repetía constantemente a su madre. Ella le besaba y siempre respondía: “Lo sé”.

Los médicos eran partidarios de que se le amputasen las piernas

Pero las cosas no son tan sencillas como un niño de nueve años puede pensar. Cuando recibió el alta estuvo amarrado a una silla de ruedas durante bastante tiempo. Comenzaron a utilizar nuevas terapias con él y su madre se pasaba el día dándole masajes en las piernas tratando de ayudarle a recobrar la sensibilidad perdida. Los avances tardaron en llegar, pero se fueron produciendo. Pequeñas señales al principio que se fueron transformando en pasos más importantes y que despertaban el optimismo en casa de los Cunningham. Finalmente pudo ponerse de pie, dar un pequeño paso, luego dos… a los diez años estaba aprendiendo de nuevo a caminar aunque cada vez que se erguía sentía que se le clavaban puñales en las piernas. El dolor estaba claro que iba a ser su compañero de viaje en la vida. Pero así comenzó a caminar sin la ayuda de bastones ni de nadie y a los once años ya pudo ir solo al colegio de nuevo. Un día, por puro instinto, se puso a correr y descubrió que las piernas parecían darle una pequeña tregua y no sentía aquellas punzadas de dolor. Y empezó a hacerlo cada vez con más intensidad y frecuencia. Correr le hacía feliz. A los doce años llegó un momento cargado de simbolismo para él. En el colegio organizaron una serie de carreras por edades y Glenn ganó a todos sus compañeros de curso.

El atletismo, su mejor terapia

El atletismo se convirtió en su pasatiempo favorito y también en su mejor terapia. Corría todos los días, sin descanso. Le ayudaba a su cuerpo, pero también a su mente que trataba aún de asimilar la dolorosa pérdida de Floyd, su hermano mayor, el que le protegía y se ocupaba de él cuando sus padres no podían. Sus piernas no dejaron de mejorar y de corregir los problemas que le había dejado el accidente. Años después llegó a la Universidad de Kansas e ingresó en su equipo de atletismo donde recibió ayuda más específica y demostró una progresión extraordinaria. Se especializó en el medio fondo donde no tardaría en demostrar sus inmensas posibilidades. Solo unos meses después batió el récord de Estados Unidos de la milla y sus sueños comenzaron a ir mucho más lejos. Sus piernas pedían más. Así consiguió clasificarse para los Juegos Olímpicos que se disputaban en Los Angeles en 1932. Era muy joven e inexperto. Pero aún así estuvo muy cerca de las medallas. Finalizó cuarto, a un paso de la plata y el bronce que lograron el británico John Cornes y el canadiense Philip Edwards. El italiano Beccali se había impuesto con holgura para colgarse el oro.

Un año después de su primera experiencia olímpica le eligieron como el mejor atleta de Estados Unidos

Aquella “derrota” solo le hizo trabajar más. Nadie podía igualarle en capacidad de superación y en fe, algo que habían alimentado sus padres en él. Encontraba siempre refugio en el esfuerzo y en el rezo. Un año después de su primera experiencia olímpica le eligieron como el mejor atleta de Estados Unidos. Un premio no solo a sus méritos deportivos sino a todo lo demás. A cualquiera que hubiese escuchado la historia de su vida le parecía increíble verle compitiendo con los mejores del mundo. Ese fue el punto de partida de unos años brillantes en los que batió el récord del mundo de la milla (al aire libre y en pista cubierta), el de los 1.500 indoor y cerró esa recolecta en 1936 con el de los 800 metros. Este último récord del mundo llegó apenas unas semanas antes de que se subiese a un barco para acudir a los Juegos Olímpicos de Berlín y le hizo dudar de si era más conveniente participar en la carrera de 1.500 o en los 800 metros. Finalmente se decidió por la primera distancia pese a que eso implicaba medirse de nuevo en una final a Beccali (campeón cuatro años antes) y sobre todo al neozelandés John Lovelock, que había sido séptimo en la final de 1932 pero que en ese ciclo olímpico había progresado de forma asombrosa hasta arrebatarle su récord del mundo de la milla. Glenn Cunningham hizo una carrera maravillosa en la final. Hubiera batido allí mismo, ante los mismos ojos de Hitler, el récord del mundo de los 1.500 metros si no fuera porque Lovelock estuvo aún mejor.

Ejemplo de conducta

El 'all black', que firmó un final brillante, se llevó el oro y dejó al americano en el segundo escalón del podio. Lo que no pudo fue robarle la sonrisa. La decepción era algo que no iba con él. Sentía que no tenía nada que reprocharse y con eso ya era suficiente. Todas estas circunstancias dispararon la popularidad de Glenn Cunningham no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo donde se le invitaba a correr y a dar charlas. Su historia, los resultados deportivos, el carácter siempre afable le convirtieron en un ejemplo de conducta.

Glenn Cunningham tenía pensado hacer en Helsinki su último intento de ser campeón olímpico, pero la cita de 1940 se suspendió por el estallido de la Segunda Guerra Mundial y decidió que ya era hora de dedicarse a otras cosas y aparcar las zapatillas de clavos. Le quedó la duda de qué hubiese sucedido en Finlandia porque justo ese año, a sus 31 años, había corrido los 1.500 más rápido que nunca, muy cerca de ese récord del mundo que Lovelock aún tenía desde Berlín.

Ya retirado completó su formación, se casó y dedicó buena parte de su vida a dirigir la formación física en la Universidad de Iowa antes de montar en Kansas una fundación junto a su mujer que se dedicó a ayudar a través del deporte a jóvenes desfavorecidos. Publicó un breve libro con sus memorias en las que aseguraba que de todas las carreras que había disputado y ganado a lo largo de su carrera deportiva ninguna de ellas había sido tan importante como aquella contra sus compañeros de colegio cuando solo tenía doce años y que le ayudó a comprender que no había nada imposible para él. El libro se cierra con su versículo favorito de la Biblia, del libro de Isaías: “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán”.

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