Con todo por hacer, a expensas de movimientos drásticos de mercado, el Valencia de Bordalás es un equipo que resiste. Del Naranja nunca conviene sacar conclusiones categóricas. Ahí aguanta, vigente para toda la eternidad, el ejemplo del debut amargo de Mario Kempes en el 76. Pero sí es un torneo que, entrados en agosto, sí emite señales sólidas de la salud del proyecto. Y del duelo frente al Milan, resuelto con victoria en los penaltis, muestra a un bloque que contrarresta sus signos de limitada calidad con orden táctico y generosidad en el esfuerzo. Frente a los rossoneri, que acabaron con los titulares, los valencianistas soportaron el dominio territorial visitante con entereza colectiva y con las grandes prestaciones del portero Giorgi Mamardashvili, la inesperada revelación. La única nota negativa, y preocupante, fue el episodio violento sufrido por el capitán Gayà, que se retirópor una patada muy poco noble de Krunic.

Con tanta cirugía pendiente en la planificación del equipo, el Valencia estuvo a merced de un Milan superior, arrellanado plácidamente en la mayor habilidad técnica de Tonali, Castillejo y sobre todo el escurridizo Brahim Díaz. El mediapunta español, que no cuajó ni en el City ni en el Madrid, aceleraba con conducciones en tres cuartos de cancha que generaban aproximaciones peligrosas. En la primera, después de dejar atrás a dos locales con un eslalom, conectó con Castillejo, que intentó batir a Mamardashvili por el palo corto, pero el meta georgiano atajó abajo con la solvencia que le ha convertido en una de las revelaciones del verano mestallista. Sigue confirmándose como un guardameta sobrio, con buena colocación, facilidad para blocar y no generar segundos remates y buen pie en la distribución. Es, sobre todo, un portero que transmite una serenidad asombrosa en su edad.

La capacidad de respuesta del Valencia quedaba supeditada a la capacidad de sorpresa de robos y contragolpes, como el del minuto 18. Guedes abrió a Maxi, que giró para abrir a la carrera de Cheryshev, con su par Conti descolgado en ataque. Con toda la portería a su disposición, el extremo ruso remató raso y al muñeco, muy fácil para Maignan, el meta con el que el Milan quiere tapar el cráter que deja la marcha de Donnarumma al PSG. El escaso público, que dedicó los clásicos cánticos a Lim, aplaudió la oportunidad con aplausos.

Bordalás no lo veía claro y pidió a sus jugadores más calma con la pelota en los pies y sumar más efectivos en ataque para aprovechar situaciones de rechace del guardameta rival, como había sucedido con el intento de Cheryshev. El Valencia se replegaba con disciplina ante un Milan que se desplegaba con mayor armonía, con el mencionado Brahim, Rafa Leao o Daniel Maldini, nieto de Cesare e hijo de Paolo. Antes del descanso, solo una anticipación de cabeza furtiva de Maxi, a centro de Gayà tras una buena salida de Guillamón, muy aclimatado al mediocentro. Más incisivo, el Milan se adelantó, pero el gol de Leao fue mal anulado por fuera de juego.

Al ritmo de los gritos de Bordalás, los pasodobles del Centre Artístic Musical de Moncada y las palmas de la parroquia, el Valencia se animó en la segunda parte, con Guedes y Correia atacando la espalda de Ballo-Touré. Del lateral luso fue la primera incursión, en el 53, resuelta con un derechazo que Tatarusanu, que entró tras el descanso, se sacó de encima como pudo. El Milan reaccionó en el 60 con una incursión de Leao, que cedió a Brahim, situado en una posición tan privilegiada como la de un penalti. Su disparo seco fue desviado por la manopla derecha de Mamardashvili en la parada de la noche.

Tangana y justicia

Pioli añadía dinamita con Theo, Rebic y Giroud, mientras que Bordalás aguantó hasta la entrada de Sobrino (en banda) y Esquerdo en el 70. Con la pausa de hidratación, un elevado sector volvió a rugir en cánticos contra Anil Murthy. La noche, tremendamente amistosa, se ensució con una fea patada de Krunic a Gayà, que dejó los tacos sobre la pierna izquierda de Gayà. Una salvajada de patada que provocó un amago de tangana en mitad pasodoble en un estadio semivacío (Berlanga vive). La reprochable acción dejó dolorido al capitán, que se retiró en una preocupante cojera. Con el transferible Guedes como capitán, se llegó a los penaltis. Vallejo y Maxi celebraron sus goles con puños apretados. Y Guillamón sentenció tirando de su frialdad mental después de que el sucio Krunic pateara fuera su lanzamiento. A falta de conclusiones definitorias, el Naranja al menos sí entiende de justicia poética.