En Sevilla, sede de la final de Copa entre Betis y Valencia, se juegan mil partidos en uno. El que disputan cada uno de sus aficionados, con sus alineaciones en la cabeza y ensoñaciones en las que sus jugadores levantan el trofeo. Lo hacen mientras cambian la camiseta corta por el paraguas y le dan un sentido de abrigo, más allá del ornamento, a las bufandas.

La climatología ha querido ser parte del encuentro, pasando del diluvio universal a un sol que engaña a primera hora de mañana del sábado y que ya se ha escapado al mediodía. Mario Picazo, meteorólogo y valencianista, asegura que se encargará de “despejar los cielos” y poner una temperatura de “unos 15 grados”. 

Sin embargo, se prevén lluvias para las horas antes del duelo que se juega en el Estadio de La Cartuja, donde se han asentado, como si de un asedio se tratara, varias autocaravanas valencianistas. Justo al lado de la fan zone che, en el Parque del Alamillo. 

‘Fan zone' con Chimo Bayo

Entre el cartel, artistas como Chimo Bayo, para encender la fiesta sin saber quien gana el trofeo. Buscando el tono con el 'Así me gusta a mí' y otros himnos generacionales que ya cantaban desde altas horas del viernes los más madrugadores (en llegar), pero también los más trasnochadores, queriendo desmontar la doble localía del Betis. Una condición por ciudad y antigüedad, que se presenta desde los balcones, engalanados con las banderas conmemorativas de la Copa.

La previa ha sido una jornada sin incidentes, pese al despliegue de más de 2.300 agentes para garantizar la seguridad. La única ofensa escuchada, la de un grupo de seguidores valencianistas pidiendo en un bar una ‘tapa’ de arroz rechazando una remesa de fritos. La gastronomía como conflicto.

Los blanquinegros han tomado una ciudad, anticipando el fin de semana, mientras los béticos velaban armas en casa o apurando la jornada laboral. Es el caso de Gabriel, uno de los conductores de VTC y taxis que vivirá un sábado agitado. A pesar de que hay autobuses que dejan al aficionado en las inmediaciones de La Cartuja, la ubicación del estadio no permite un corteo o desfile en masa hacia el campo, por lo que estos conductores serán imprescindibles. 

Jugador número 12

Hay que sacarle que tiene el corazón verdiblanco de entre los dientes. Es prudente, desde la neutralidad de su trabajo, pero en cuanto encuentra complicidad se desnuda. “Yo veo fútbol a todas horas. Hace tiempo que no vivíamos un año así con el Betis. ¡Estoy para jugar, eh!”, indica el chofer, que a sus 47 años aún pelotea y es de los que hace el amago de un remate cuando ve un centro bien medido. Aunque sea por televisión. 

Lo del jugador número 12 se lo toman en serio la mayoría. Hay un bético que desayuna en el mismo hotel que este periodista. Solo le faltan las botas de tacos para salir al césped. Es Alfonso Prieto, que se para a hablar en el vestíbulo. Es de Aspe (Alicante) y, como la mayoría de aficionados hoy, otro que “está para jugar”, un sentimiento común y de camaradería. 

Como su primo, que le acompaña. La fe de Prieto en el Betis se la inculcó su padrino. Y hasta hoy. Con una sonrisa de oreja a oreja y cogiendo un ritmo hacia la zona de animación bética que ya quisieran los jugadores. Estos recibirán un soplo desde el Benito Villamarín, que acogerá a 40.000 espectadores para seguir la final, no sin una disputa previa con Mediaset, titular de los derechos, para poder instalar una pantalla gigante. Lo mismo sucederá en los alrededores de Mestalla, donde se ha instalado el principal punto de seguimiento de los ches. 

Reventas sospechosas

Las entradas para seguir la final desde el feudo verdiblanco se han vendido a dos euros, un precio simbólico para controlar el aforo, pero con el que más de uno ha querido hacer negocio. A pesar de los 17 años que lleva el Betis sin disputar un partido de este tipo, algún consumidor, que no aficionado, ha intentado reventar estos billetes

Es la punta del iceberg de un negocio que se descubre fácilmente a través de conocidos portales de segunda mano. Ahí operan los comisionistas de los bolígrafos, que intentan evadir con ese método la legalidad, proponiendo operaciones que van desde los 700 a los 5.000 euros. Cantidades que no aseguran una entrada válida, puesto que muchas son falsificadas. 

El criterio principal para el reparto ha sido la antigüedad, por lo que Carmel Lluch, socia número 115 del Valencia CF, no podía fallar a sus 76 años. Cuenta a El Periódico de España cómo se ha organizado para venir con hasta 11 familiares. “Mi pasión por el Valencia viene inculcada por mis padres y mi tío Alfredo Martínez, socio fundador. Todos los domingos me sentaba entre las almohadillas para ver los partidos de mi Valencia. Puede haber alguien igual de valencianista que yo, pero más, imposible”. 

Lluch no podía faltar, porque siempre que ha visto al Valencia en una final, ha ganado. Por eso advertía en Twitter a Anil Murthy, presidente de la entidad blanquinegra: “Si quiere asegurarse la victoria, necesito una entrada”. Estuvo en una Recopa, una Supercopa y dos Copas del Rey siempre con resultado positivo. Es más, el hechizo se basa en una premisa. 

“En 2008 llevaba la camiseta de Baraja y después vi cómo levantaba la Copa. En 2019, Parejo me regaló una camiseta por mis 50 años de socia y vi cómo levantaba la Copa. Y este año, por mi cumpleaños, mis nietos me han regalado la elástica de Gayà. Espero poder seguir la secuencia. Queremos y vamos a ganar la Copa”, afirma. Otros han sido más tradicionales. Como Brian, un bético francés que le ha pedido a la Virgen de La Macarena por el equipo del que se hizo tras mudarse a Sevilla en 2007.

Miles de kilómetros

Porque como dicen los verdiblancos a los que estos días se les pide el carné, “el bético nace donde quiere”. Tanto es así que en la semana previa, un vídeo de la Peña Betica de Londres se hizo viral. A más de 2.000 kilómetros del Villamarín, los niños del colegio St. Stephen’s entona al unísono el himno del club en un español perfecto.

El culpable, según comentan a este diario desde la peña, es Declan Gane, un profesor británico y bético. “Para este partido estamos divididos. Un numeroso grupo iremos a Sevilla y otro lo verá en Londres”, cuentan. Los que se quedan en la capital lo verán en el Centro Gallego, para completar el cruce de culturas.

Otros han hecho lo impensable para estar hoy en Sevilla. El ejemplo perfecto es Sergio Tortajada, de Xàbia, quien relata a este periódico su aventura. Lleva viviendo en Whistler, una ciudad al norte de Vancouver (Canadá) desde 2012. “Desde pequeño, mi padre me llevaba a Mestalla. Me fui para vivir nuevas experiencias, en lo que iba a ser simplemente un año, pero terminé quedándome. Sin embargo, a la llamada del Valencia hay que responder siempre. Con mi mujer, hemos completado un viaje de más de 24 horas desde que salí de casa. Vuelo de 10 horas hasta Alemania y otro finalmente a Valencia, para terminar en Sevilla. Espero estar de vuelta con la Copa”, ambiciona. 

Estas son solo algunas de las miles de finales de se juegan a la vez en Sevilla. Un laberinto de murciélagos encontrados, que buscan revivir el título logrado en La Cartuja en 1999 o el del Villamarín en 2019. Quieren frustrar esta secuencia triunfal los del escudo de las 13 barras, de naturaleza resiliente que aspiran a la tercera. 

Una Copa para toda la generación que ha nacido después del 2005 para levantar al cielo de una ciudad que destila fútbol, como Valencia, donde el carné de doble militante, entre equipo ‘grande’ y pequeño no existe, porque el balón gira solo alrededor de los clubes locales. Los de toda una vida.