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El ambiente en Madrid

Guardiola y 120 minutos muy largos en el Bernabéu

El técnico del Manchester City descubrió la tortura de jugar en un estadio talismán con el público entregado | Cuando parecía que el equipo de Pep ya tenía billete para París llegó la remontada blanca

Pep Guardiola sigue el partido desde la banda del Bernabéu. REUTERS

Si 90 minutos en el Bernabéu son muy largos, 120 se convierten en un martirio y en una monumental tortura para cualquier equipo, llámese Manchester City, por ejemplo, y para todo entrenador visitante, Pep Guardiola incluido. El ruido es ensordecedor. Miles de aficionados en unas calles alrededor del Paseo de la Castellana contagiadas de madridismo. La pareja de árabes se dice adiós en el interior del taxi. La mujer entra al vehículo con más bolsas de marcas de lujo que manos tiene. Y él, vestido con la camiseta blanca, se dirige al estadio Santiago Bernabéu, contagiado por la pasión local. Tanta, tanta es la euforia hacia el club blanco, que Guardiola se convierte en un actor secundario, al que se le recuerda, y no precisamente con palabras cariñosas, de vez en cuando, pero solo de vez en cuando.

Guardiola es sinónimo de enemigo, y de tierras algo más cercanas a Madrid que las británicas donde reside y trabaja. Pero, afuera, hasta dos horas antes de que empiece el partido, es tal el bullicio, es tal la entrega al Madrid, que solo se sigue la consigna de insultar a Guardiola cuando alguien chilla su nombre, con premio añadido al Barça y a Catalunya, como quien dice, porque pasaban por allí... por pura casualidad.

El recibimiento

La costumbre en las grandes citas europeas dicta que la afición blanca debe concentrarse a lo largo de la calle de Concha Espina hasta el Bernabéu y concentrarse, sobre todo, en la Glorieta de los Sagrados Corazones, allí donde está la oficina de atención al socio blanco, con los empleados de Florentino Pérez también en la calle pues no quieren perderse la fiesta y el clamor popular. Podrán decirse y escribirse muchas cosas sobre el Madrid, pero lo que no cabe duda, lo que no se puede discutir, es que dispone de una afición entregada en cuerpo y alma a su equipo, chicos, mayores y hasta un bebé de pocos meses, en brazos de su padre, para que mame la pasión madridista y sin importar el riesgo a una posible avalancha.

Y por eso empujan luego a su equipo, 90 minutos, 120, los que hagan falta... hasta la victoria. Y hasta 70.000 personas, en cifras ofrecidas por la Policía Municipal del Ayuntamiento de Madrid, se agolparon a lo largo de Concha Espina para esperar y ovacionar al autobús del Madrid. En comparación es como si hubiese estado abarrotado el paseo de Gràcia desde plaza de Catalunya hasta la Diagonal. Es impresionante y decir lo contrario sería contar un engaño para el lector. "Si se puede!", es el grito que retumba tan fuerte, a ambos lados de la calle, que hasta se duda de que se esté frente al Bernabéu y no en un mitin político de izquierdas. 

Sin noticias del City

Hasta se olvidan, sí se olvidan literalmente, de insultar al bus del City, que se acerca hasta el coliseo blanco, en la clandestinidad, sin que ningún aficionado blanco se ocupe de ellos y con las miradas de todos los seguidores pendientes del autocar del Madrid. Que se enteren que están con ellos, que noten el calor de sus gentes... y casi todos con camisetas blancas, hasta con el nombre de Cristiano Ronaldo, por los siglos de los siglos, en la espalda.

Un entrenador extraño

Guardiola hasta se debió sentir extraño cuando pisó el césped del Bernabéu por primera vez con sus jugadores calentando. Quedaba como una hora para que comenzase el partido y el estadio estaba vacío; las hordas blancas, entregadas en cuerpo y alma a Benzema y compañía estaban en la calle. Hasta se podían escuchar las consignas que daba el técnico catalán a sus jugadores. Pero, querido Pep, todo cambió cuando el Bernabéu se llenó, cuando Guardiola ya se había convertido en 'trending topic' y en el momento en que se dejó ver mínimamente desde su banquillo con una pitada tan sonada como los gritos de ánimo que los jugadores blancos habían escuchado por parte de sus aficionados desde el interior del autobús blanco a escasos metros del Bernabéu.

Hasta debieron sentirse queridos los jugadores del City, pese a la pitada que también iba para ellos, porque quien centralizaba la protesta era su entrenador. Guardiola, a lo suyo, a buscar la plaza en la final que casi tocó con la mano. Pero cuando los aficionados del City ya reservaban vuelos para París llegó primero Rodrygo y luego Benzema para decirle a Guardiola que 120 minutos son muy largos en el Bernabéu.

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