El fútbol de hoy se resume en la selección de Marruecos. Una diáspora de gladiadores nacidos en tres continentes y formados en clubes europeos. Los unen el Corán y el Príncipe de los Creyentes. No necesitan más. Los dirige un entrenador que es la antítesis del nuestro. 4-1-4-1 y a morder tobillos como única consigna. La táctica ni la barajan, no hay andamio ni tabletas inteligentes. Prefieren un cuscús. Presionan como locos al principio, luego se cansan y echan la línea atrás. En cada disputa se juegan la tibia, porque les da todo igual y porque así se lo piden los cincuenta mil vociferantes fanáticos -ni una sola mujer- salidos de quién sabe dónde que abarrotan las gradas cada vez que les toca jugar. Tienen un porterazo que ya quisiéramos nosotros, un súper lateral derecho que el Madrid dejó escapar y a Ziyech arriba. El resto, galgos rifeños.

Hay excelentes futbolistas que se encogen en las grandes ocasiones, léase Mundiales. Y otros del montón que se vienen muy arriba. Hace no tanto, Klose. Todavía hoy, Shaqiri. Suena su himno nacional y les sale el Hulk que llevan dentro. Pues eso es Marruecos. Ziyech corre más en un partido con su selección que en toda la temporada con el Chelsea. Y como él, casi todos los demás. Quien piense que España ha tenido suerte con este rival, es que no lo ha visto jugar. Si Simón de verdad cree que podrá seguir con el quiebro y pasecito al lateral, que se vaya olvidando. Una manada de chacales se lo merendará a la primera oportunidad. Risa dará lo de Ryan.

Pero llorar, se llora en otras ventanillas. Todo lo anterior se contrarresta con buen fútbol, al que España no es ajena. Habrá que tirar del formato Gavi. En bloque, pero sobre todo Busquets, al que el ritmo endiablado de los africanos puede atropellar a poco que se duerma como le sucedió ante Japón. Y habrá que dejarse de tonterías atrás. Un gol de Marruecos y harán que el cerrojazo japonés parezca una murallita de cartón piedra.

Cuando el Mundial se pone serio, ganan ya los de siempre. Las estrellas aparecen para enviar a exóticos varios a coger el chárter de vuelta a casa. Y ahí la ventaja la lleva España. Marruecos es más de respuesta que de propuesta. Luis Enrique tiene material para marcar diferencia y ha salido de peores que esta. Si después de la que ha liado, no es capaz de sacarnos de la mediocre dinámica de los últimos Mundiales, tendrá que irse bien lejos a vender su manual de gallito. Brillantez y valentía no le faltan y a eso nos agarramos porque, francamente, a bien pocos nos llega hoy la camisa al cuello.