Más allá del debate sobre Luis Enrique, en este Mundial España solo le ha podido ganar a Costa Rica. Espeluznante resumen de lo acontecido. Nos hemos pasado cuatro años en debates estériles sobre la personalidad del seleccionador y, al final, ha sido el fútbol quien ha dictado sentencia. Nos vamos de Qatar en octavos después de calcar ante Marruecos la tortura que España, mismo carro con otros caballos, perpetró ante Rusia a idéntica altura de la pasada edición de la Copa del Mundo. Lean las crónicas de aquel partido y ahórrense las de este.

Marruecos renunció a todo lo que había mostrado hasta ahora y decidió encerrarse atrás. Tuvo un plan y le funcionó. Su único objetivo era llegar a la tanda de penaltis. Lo consiguió porque enfrente hubo un equipo sin espíritu y un grupo de atacantes que, el día menos indicado, demostraron su mediocridad y falta de coraje. Ninguno de los que se suponía tenían la llave para romper cerrojos como el que montaron los africanos fue capaz de echar mano a una genialidad de la que no disponen. Se decía, lo decíamos muchos, que, a falta de estrellas, la Roja iba a imponer su fuerza colectiva y su buen trabajo táctico. Y se demostró que eso no tiene ningún sentido y que, desprovisto de verdaderas figuras, el seleccionador no ha sido más que un iluminado que ha cosechado desde el banquillo de España el mismo nivel de fracaso que acompañó su trayectoria como futbolista internacional.

España se va de Qatar después de haber hecho el ridículo. Se va porque ni tiene talento ni tiene futbolistas con carácter. La forma de ejecutar los penaltis delata a una pandilla de cobardes. El contraste con aquel Cesc que mandó a Italia de vuelta a Roma en los cuartos de la Euro, cuando era un juvenil casi lampiño, es descorazonador. La patética tanda de lanzamientos no fue más que la continuación de un partido en el que ningún futbolista español, salvo quizás Williams, fue capaz de romper la cintura al rival. El día que hacían falta tipos con arrestos, nos dimos cuenta de que no tenemos más que medianías sobrevaloradas. Como nadie se atrevía a ir hacia adelante, volvimos al esperpento de los mil pases horizontales y al tembleque en las piernas cada vez que había que poner un centro en condiciones y un pase al desmarque. Daba vergüenza ajena ver al seleccionador protestar por las pérdidas de tiempo del rival cuando su equipo no habría marcado un gol ni jugando diez horas seguidas.

Y como este era un proyecto personalista, la máxima responsabilidad debe recaer en el seleccionador. Estaba tan convencido de su propia genialidad que en ningún momento se le ocurrió trabajar una alternativa por si su plan A no funcionaba. Afrontó el Mundial sin siquiera preparar una sola jugada de estrategia, sin un Fernando Llorente al que mandar balones cuando lo otro no funciona, sin un solo resquicio para la duda. Se ha estrellado contra el muro de la realidad y ha caído sin honor, desangrado poco a poco en un partido que jamás pareció capaz de ganar. Se jactó, en el colmo de su propia soberbia, de preparar como nadie los penaltis porque incluso en ese arte se considera mejor que los demás. Y el fútbol se lo llevó por delante, arrastrando consigo, por desgracia, las ilusiones de un país que lleva ya doce años no pasando de octavos en el Mundial, que es lo que de verdad cuenta.

Toca un cambio de estilo. Lo dijimos tras el Mundial de Rusia y lo repetimos ahora. España ya no tiene futbolistas para jugar como lo hizo en Sudáfrica. Ni los va a tener en muchos años. Hay que reformular la propuesta, mandar el tiqui-taca al fondo del océano, dar un viraje y apostar por otra cosa. Luis Enrique consiguió engañarnos y hacernos creer en un proyecto perdedor. Es hora de que desaparezca el seleccionador y vuelva la selección.