El Álbum de Paco Lloret
El escandaloso arbitraje de Pes Pérez en un Valencia-Sevilla

El colegiado Donato Pes Pérez, en el centro, con su equipo arbitral / COMITÉ TÉCNICO DE ÁRBITROS
Se han cumplido 40 años de uno de los arbitrajes más escandalosos vividos en Mestalla. Sucedió el domingo 1 de diciembre de 1985. Esa tarde se enfrentaban el Valencia y el Sevilla en un duelo dirigido por José Donato Pes Pérez. Su desastrosa labor, plagada de errores considerables, y agravada con una actitud chulesca y desafiante, desencadenó graves incidentes en las gradas, que posteriormente se trasladaron a los aledaños del campo. A raíz de estos hechos, el recinto fue clausurado por un partido. Pes Pérez no volvió a pisar nunca más el césped de Mestalla. Por entonces, José María García, a través de las ondas radiofónicas, lo bautizó como el del “trote cochinero”, por su peculiar manera de seguir el juego y su aspecto físico.
El Valencia llegaba a la cita con la tranquilidad que proporcionaba no conocer la derrota en su feudo y haber sumado un meritorio empate, 2-2, en San Mamés en la jornada anterior. El equipo dirigido por Valdez sumaba 4 victorias y 2 empates como local. Entre los triunfos destacaban el 3-1 ante la potente Real Sociedad, y 4-1, ante el Zaragoza, que esa campaña se llevó la Copa. Por añadidura, el Sevilla solía ser un rival propicio, al que se superaba con relativa holgura. Su último triunfo en Mestalla se remontaba a septiembre de 1970, justo en el ejercicio en el que los valencianistas se proclamaron campeones de Liga. Aquella fue la única derrota como local. Un accidente.

El escándalo en Levante / L-EMV
Pes Pérez era, hasta entonces, considerado como un colegiado talismán para el Valencia. Al menos, en casa. El aragonés pertenecía a una generación que revolucionó con su atrevimiento el arbitraje en la segunda mitad de los años setenta, junto a Sánchez Arminio, Soriano Aladrén o Jacinto de Sosa, entre otros. Un desembarco protagonizado por trencillas jóvenes, valientes e inconformistas, que rompieron con los patrones de la vieja guardia que pasó a la reserva. Algunos de los antiguos se retiraron tras escándalos monumentales y sospechas sobre su integridad. Tiempos de cambio, en consonancia con el momento que vivía el país.
El precedente del Valencia-Real Madrid
Pes Pérez había debutado en Mestalla en la temporada 77-78. No fue una jornada cualquiera. 19 de marzo, Valencia-Real Madrid. Día grande, ambiente subido de revoluciones. La grada repleta de senyeras para contrarrestar el pésimo comportamiento del madridismo en la primera vuelta, cuando se estrenó la indumentaria tricolor. Bronca monumental al Madrid, que llegaba líder. Victoria incontestable de los valencianistas con sendos goles de dos zurdos argentinos. Kempes, de penalti, y Valdez. Fiesta completa y revancha al mismo tiempo. Después, el árbitro aragonés volvió en partidos señalados que siempre acabaron con triunfo de los anfitriones, por ejemplo el 3-0 al Barça en la campaña 81-82, cuando los catalanes acariciaban el título que tenían en el bolsillo y finalmente, se les escapó. Su hundimiento empezó en Mestalla.
Con Pes Pérez, el Valencia siempre había ganado en casa. Fuera, ya era otro cantar. Su primer partido con los valencianistas había tenido lugar en enero de 1978, en el campo del Betis, empate a uno y golazo de falta de Mario Kempes. La constante se repitió en los siguientes ejercicios. Con Pes Pérez, el triunfo era seguro en casa; y el empate, en el mejor de los casos, en los desplazamientos. Hasta que llegó el funesto partido. En la crónica publicada en este periódico, José Vicente Aleixandre se despachó de la siguiente manera: “lo suyo, en un campo de fútbol, es de psiquiatría: adquiere aires de grandeza, se reviste de un complejo de autoridad freudiano y acaba provocando al espíritu más templado. Lo de menos, con ser mucho, son sus errores. Lo peor son esas actitudes chulescas que adopta, amenazantes, impropias de alguien que debe repartir justicia”.

Portada de Levante / L-EMV
El Valencia empezó jugando con fluidez. Solo faltaba el gol. Poco antes del descanso, en una jugada de aparente intrascendencia, Pes Pérez vio algo que no apreció el resto de los mortales presentes en Mestalla. Hasta los jugadores del Sevilla no podían disimular la sorpresa al encontrarse con el regalo de un penalti a favor. Así llegó el único gol de la tarde. En la reanudación, los locales se lanzaron a por el empate, mientras el ambiente se caldeaba. Al menos, hubo dos penaltis claros, uno por manos, y el otro por derribo, que Pes Pérez no consideró, haciendo gala de una tozudez extrema. Por más que se le protestara con razón, el aragonés se negaba a aceptar la evidencia y se mantenía en sus trece.
El partido degeneró. Los jugadores se contagiaron del caos. El Sevilla se quedó con un hombre menos mientras los lanzamientos de almohadillas y otros objetos se sucedían. El juego parado, los nervios a flor de piel, y el epílogo: el árbitro camino de los vestuarios protegido por los escudos de la Policía. Después, en sala de prensa, Valdez se soltó la lengua: “tendrían que encerrar a Pes Pérez por alboroto público”. El colegiado atendió a los medios y dijo: “No soy divino”. Y se quedó tan tranquilo.
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