A Contratiempo
Abonados al empate y a la desesperación
El Valencia desaprovecha una nueva oportunidad para mejorar en la clasificación ante un rival que llegaba a Mestalla en una mala dinámica y con numerosas bajas

Hugo Duro celebra el gol del empate ante el Sevilla en Mestalla / Eduardo Ripoll
15 puntos en 15 partidos. El Valencia no da para más. Otro empate, el tercero en las cuatro últimas jornadas. Todos con idéntico guarismo y el mismo guion: uno a uno. El gol llega siempre en las segundas partes y tras ir por debajo en el marcador. Ayer se desaprovechó una nueva oportunidad para mejorar sustancialmente en la clasificación ante un rival que llegaba tras dos derrotas y con numerosas bajas. Las limitaciones creativas del Valencia son evidentes. No hay fluidez ni continuidad en el equipo de Corberán. El portero rival apenas intervino. Una reacción a la desesperada evitó la derrota. De nuevo, Hugo Duro salvó los muebles. A la desgracia de Tárrega se unió la nula capacidad para imponerse desde el principio. Los cambios, eso sí, mejoraron las prestaciones. Por el contrario, el papel de Javi Guerra empieza a convertirse en un problema incómodo. Señalado por un sector de aficionados, sus inmensas posibilidades no se traducen en una presencia determinante para marcar diferencias. Algo está fallando.
Arbitrajes de juzgado de guardia. El Valencia sufrió ayer por enésima vez a Cuadra Fernández y sigue vivo en la Copa a pesar de Díaz de Mera. El colegiado castellano-manchego de tan pomposo linaje perpetró un arbitraje tendencioso y perjudicial en Cartagena. Sin el comodín del VAR, se cargó el partido en 10 minutos. Todas sus decisiones iban en la misma dirección. Los de Mestalla salieron vivos de milagro, gracias a un portentoso Dimitrievski. Visto, a continuación, lo sucedido en la jornada de Liga, el asunto es para ponerse a temblar, cada vez resulta más preocupante. El codazo recibido por Hugo Duro ni se revisó ayer, la expulsión de Luis Milla en Vila-real, o el penalti contra el Betis en La Cartuja, ponen en entredicho el nivel del arbitraje español. La interpretación de la norma ofende el sentido común y descoloca a los aficionados. Los criterios se contradicen. A ello se añade el agravio comparativo. La actitud comprensiva y benevolente aplicada, según el equipo o el jugador que intervenga en el lance, retrata y descalifica a los colegiados.

Valencia-Sevilla, en imágenes / Eduardo Ripoll
Fenwick, arquitecto y propagandista. Nadie le ha preguntado al valencianismo su opinión respecto al cambio de campo. No interesa conocerla. Se temen que una mayoría no esté por la labor. Mejor seguir adelante con el despropósito, y si hay que recurrir a mentiras para justificarlo no pasa nada. La más vergonzosa de todas fue la ocultación de la famosa sentencia del Tribunal Supremo, tanta veces utilizada como coartada para ejecutar el derribo de Mestalla y el traslado al “bunyol” de Corts Valencianes. Una obligación que ya había caducado. No existe, por tanto, necesidad legal de ejecutar la petición denunciada por los vecinos a raíz de la reforma llevada a cabo a final de los años 90. Silencio oficial y a tapar la noticia. Los valencianistas, reos de Meriton, no se creen nada. Un equipo de mínimos y el cuento de las mil y una noches. Todo lo que rodea esta historia huele a podrido. Una impostura plagada de irregularidades con la innegable colaboración administrativa. De portavoz ejerce Mark Fenwick, el relator que adapta el discurso a cada momento, según convenga, guiado siempre por el interés de su bolsillo.
La FIFA vende su alma al diablo. El máximo organismo futbolístico mundial no esconde su alma mercenaria. Sin disimulos ni cortapisas. En 2018, encumbró a Putin. Los rusos tuvieron el Mundial que anhelaban para su campaña de imagen. El zar Vladimir quería potenciar a Rusia a ojos del mundo, y la FIFA maniobró para satisfacer sus deseos. Algo parecido sucedió con la elección de Qatar, que alteró el calendario competitivo del planeta. El negocio es lo primero. Si pensábamos que lo habíamos visto todo, andábamos equivocados. Triple salto mortal con un campeonato de 48 equipos en 3 sedes. La actitud patética de Gianni Infantino, postrado ante Donald Trump, en el sorteo confirmó su servilismo. Para completar el ridículo, la FIFA distinguió al presidente de los Estados Unidos con el premio a la Paz. Una distinción que se sacaron de la chistera. Nada es suficiente para el ego de alguien tan grotesco que presume de su belicismo y desafía sin reparo al que contradiga sus ideas. Un tipo zafio y ruin que ensucia con sus formas cualquier relación diplomática. La ética y la dignidad quedaron sepultadas. No se salva ni el fútbol.
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