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A contratiempo

Máxima frustración, condenados a la agonía

El Valencia se estrelló contra el muro de la realidad abismal que separa a ambos clubes. El valencianismo ya celebra caer con dignidad y no hacer el ridículo. A estos niveles de nula exigencia se ha llegado. Para llorar.

La imagen de Copete en el Metropolitano es fiel reflejo de la situación del equipo: decepción.

La imagen de Copete en el Metropolitano es fiel reflejo de la situación del equipo: decepción. / Sergio Pérez/EFE

Paco Lloret

Paco Lloret

València

Derrota injusta. El partido más completo de la temporada como visitante no tuvo recompensa. El Valencia cayó inmerecidamente. Más allá de las lamentaciones, conviene profundizar en las razones de la enésima derrota en el Metropolitano. El desenlace explica por qué el Atlético lo ha ganado todo como local en el presente ejercicio- salvo un empate-, y por el contrario, el Valencia no ha sumado todavía un triunfo en desplazamiento. Los locales se han instalado, desde hace tiempo y por derecho propio, en el exclusivo mundo de la alta competición. Se han acostumbrado a jugar de tú a tú contra los mejores del continente y se encuentran clasificados entre los 8 mejores de la Champions. El club de Mestalla representa la otra cara de la moneda: está condenado a sobrevivir en la mediocridad, a jugarse la permanencia cada año con rivales de poca monta. El Atlético, con lo mínimo, se impuso. No necesitó más. El Valencia se estrelló contra el muro de la realidad abismal que separa a ambos clubes. El equipo de Corberán dejó una buena imagen, algo es algo, en comparación con las humillaciones sufridas en otros escenarios de postín. Vistos los antecedentes, el valencianismo ya celebra caer con dignidad y no hacer el ridículo. A estos niveles de nula exigencia se ha llegado. Algo impensable en otras épocas. Para llorar.

Meriton convoca su mascarada anual. Cautivo del especulador de Singapur, indefenso ante el rodillo accionarial, silenciado por desidia, connivencia o desinterés, el núcleo resistente del valencianismo asiste, entre impotente y desmoralizado, otro año por estas fechas, al simulacro de una Junta General, prevista para el próximo miércoles, sin ninguna opción real de revertir la deprimente situación del Valencia. Aún resuenan los ecos de las protestas escenificadas en el palco de Mestalla hace un año. Los convocantes sabían muy bien lo que hacían, conocedores de la indignación que invadía a los asistentes. No se lo pensaron dos veces para suspender el acto ante las protestas incesantes y evitarse el mal trago de estar más tiempo dando la cara y escuchando las legítimas recriminaciones de los accionistas. Solo hay que ver quién compone el Consejo de Administración para asumir el nivel de desintegración de la entidad. No se puede esperar nada bueno de esta tropa reunida por Lim para salvaguardar sus intereses como máximo accionista. Una burla consentida por la sociedad valenciana, encabezada por sus representantes institucionales.

Números penosos. Además de cargarse el presente y arruinar el futuro, el accionista mayoritario del Valencia ensucia, paso a paso, la brillante historia de la entidad. Cada campaña empeora sus registros y rebaja la condición que ostentaba de ser el tercer equipo con mejor puntuación en la historia de la Liga. Ya no lo es. El club va cuesta abajo y sin frenos. Además de incumplir todas las obligaciones contraídas cuando llegó en 2014, Peter Lim y sus avalistas han logrado que el Valencia sea carne de cañón, una entidad que inspira lástima. Aquellos que recuerdan lo que fue en el pasado se apenan por su galopante decadencia. Lo más triste es comprobar el silencio delator de quienes en Valencia son incapaces de rebelarse y dan todo por bueno. Aquellas voces inconformistas y rebeldes de antaño han mutado en el paradigma de la cobardía y la conveniencia.

La UEFA calla y otorga. Al espantoso ridículo de Infantino, presidente de la FIFA, rendido ante Trump, ha seguido ahora el de la UEFA, retratada por su neutralidad forzada ante los incidentes provocados en Stuttgart por los seguidores del Maccabi de Tel Aviv en la última jornada de la Europa League. Las tropelías en las calles y en las gradas han contado con el aval silencioso del organismo continental que preside Aleksander Ceferin. Tampoco la prensa alemana ha hecho demasiado hincapié en el asunto. El lastre de la mala conciencia arrastrada por culpa del Holocausto condiciona el ejercicio de la información y la opinión en la sociedad germana. La vara de medir y de actuar de la UEFA se aplica en función de quién sea el infractor. Israel lo sabe y se aprovecha de aquella terrible tragedia para moverse con la máxima impunidad y vulnerar los límites que se le antojan. Mientras, siguen llegando testimonios atroces de lo que sucede a diario en Palestina y que, para sorpresa de nadie, han perdido presencia destacada en los medios de comunicación.

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