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Cobardía política, desintegración institucional

Montaje del primer pilar de la cubierta del Nou Mestalla.

Montaje del primer pilar de la cubierta del Nou Mestalla. / Europa Press

Paco Lloret

Paco Lloret

Colaboracionismo necesario. Lim sigue hundiendo al Valencia porque los políticos se lo consienten. Así de claro. Ya pueden cantar misa y mirar hacia otro lado. De nada les vale. Sin su vergonzosa y valiosa colaboración, el capo de Meriton no se encontraría tan cómodo después de haber incumplido todas sus obligaciones. Incluso, se permitió el lujo de desafiarlos al negarse a suscribir la petición para ser sede mundialista hasta que no se le diera lo que quería. El Ayuntamiento y la Generalitat, que sí habían firmado la solicitud, tuvieron que recular y quedar en evidencia. Todo sea para acabar el maldito estadio y lograr las migajas de la Copa del Mundo. El precio a pagar da igual. No importan las consecuencias. El acuerdo adoptado en el último pleno municipal de julio de 2024 fue un salvavidas para el especulador de Singapur. En ese momento, Lim empezaba a vislumbrar una situación incómoda después de la anulación de la ATE y del varapalo judicial recibido desde el TSJCV. La cara de la alcaldesa cuando conoció la noticia fue un poema aquel día de marzo. A partir de ahí, empezó a gestarse bajo mano el plan alternativo. El acuerdo consensuado entre los 3 principales partidos del consistorio, el PP en el poder, y PSOE y Compromís en la oposición, demostraron que hay intereses inconfesables que los unen por encima de la defensa de una entidad a la que han abandonado de forma miserable. Nada puede justificar tanta cobardía.

El cansancio de Mestalla. La frustración se ha apoderado de una grada que ya llegó irritada a la cita del último sábado contra el Elche. Se pudo comprobar en los prolegómenos, dentro y fuera del campo. Son muchos los varapalos recibidos, demasiados los ridículos protagonizados. Antes de presenciar una nueva declaración de impotencia de su equipo, la parroquia valencianista ya expresó su malestar. Se está gestando una revuelta. Ya hemos visto los primeros síntomas. Si no se produce una reacción y cambia la trayectoria del equipo, las próximas citas en Mestalla van a convertirse en un infierno. La desesperación acumulada desembocará en protestas mayúsculas. Pese a que esta afición no se parece en nada a aquella parroquia indómita, exigente, y contestaría de antaño, se están superando todos los niveles de aceptación. Las tragaderas se han visto desbordadas. Cuando se alcanza un estado de desesperación, con todo perdido, se reacciona de cualquier forma. Escenario de máximo riesgo.

El discurso de Corberán. El entrenador del Valencia volvió a cambiar la alineación y todo siguió igual. Algunas de las novedades eran forzadas, otras justificadas por el propósito de encontrar la solución para un equipo que permanece en estado de coma. Quinto empate a uno en casa. Cinco de los diez encuentros disputados en Mestalla han tenido el mismo guion y resultado. Todos calcados. Las primeras partes no sirven de nada. Gracias a un gol de penalti se evitó la derrota a última hora. Nos lo sabemos de memoria, cansados de ver el mismo partido. Hay voluntad pero falta calidad y acierto. Pecado mortal en el fútbol. Por mucho que el Valencia se acerque al área, los porteros adversarios no necesitan lucirse, apenas han de intervenir. Una sensación terrible de impotencia y de nula capacidad resolutiva se extiende en cada partido. Nadie cree que se pueda ganar. La victoria parece un objetivo imposible de conseguir. El técnico de Cheste sigue sin enderezar el rumbo. Sus explicaciones van siempre en la misma dirección: trabajo y superación. Queda mucho tiempo por delante, la igualdad en la zona medio-baja es máxima, pero mientras algunos rivales han reaccionado, los valencianistas siguen anclados en su particular universo inmovilista.

Admiración por Mestalla. Resulta conmovedor comprobar el respeto y la admiración que despierta Mestalla entre los rivales que visitan al Valencia. Prácticamente todos, sin excepción, se deshacen en elogios por la majestuosidad del recinto valencianista, un campo que rezuma historia y solera. Eder Sarabia, entrenador del club ilicitano, ha sido el último en declarar el impacto emocional que le suponía dirigir a su equipo en un escenario de tanta historia y con una atmósfera tan distinta al resto de campos. Mestalla es diferente, único. Un valor intangible apreciado más desde fuera que desde dentro. Quienes justifican su demolición, argumentan que este debate llega tarde. Realmente, quienes llegan tarde son los partidarios de un traslado que lleva casi 20 años sin ejecutarse y que responde a unas coordenadas inexistentes en la actualidad. El tiempo ha pasado y nada es en el presente igual que entonces, salvo las ambiciones políticas y los afanes especulativos.

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