A Contratiempo
Cuesta abajo y sin frenos

Pañolada en Mestalla tras la derrota frente al Real Madrid. / J.M. López
La semana fantástica. Tres de tres. Tres derrotas en siete días. Todos los partidos disputados en una semana han concluido en derrota frente a rivales que están instalados en una instancia superior. Los sueños se han roto, las expectativas han quedado sepultadas. Baño de realismo. Eliminados en la Copa, hundidos en la Liga. Otra vez, a remar contra la amenaza del descenso. El Valencia transmite una imagen de impotencia permanente. Un equipo inseguro y frágil, sin capacidad de reacción, y con los recursos mínimos. La voluntad y el esfuerzo de los jugadores no dan para más, retratan a un club hundido en la miseria más absoluta. El nivel de degradación supera de largo todo lo conocido hasta ahora. Un año más, se asoma al abismo. La desfachatez de quienes han conducido al club a una situación de máximo peligro se merecería una respuesta contundente. El valencianismo debería replantearse en serio si está dispuesto a seguir soportando este calvario, tantas humillaciones. La resignación y la pasividad dan alas a quienes han destrozado esta entidad. En 3 de los últimos 4 ejercicios, el Valencia se ha convertido en una pantomima, un equipo desfigurado, el fiel reflejo de una entidad irreconocible.
Corberán, señalado. El dilema está servido. El entrenador ha perdido el crédito. Mestalla le ha puesto la cruz. Los pañuelos aparecieron en la grada. Un mensaje claro. Cualquier observador lo sabe, en otra época ya habría sido sustituido. Salvo que obtenga buenos resultados en las próximas salidas, el ambiente que puede envolver la próxima cita en casa tendrá tintes infernales. Meriton le ha otorgado máximos poderes a Carlos Corberán, lo ungieron como el elegido. Ahora no les llega la camisa al cuello. Se vuelven a ver en un escenario dramático. Por añadidura, pende la amenaza de una hipoteca económica que condiciona los planes económicos previstos. El pelotazo urbanístico y las promesas del supuesto maná que traerá el nuevo estadio pueden venirse abajo. Corberán sirve como escudo protector, aunque no parece probable que Goldman Sachs se ande con medias tintas cuando la pasta está por medio y puede forzar la máquina.
La jugada fallida de Ron. La comparecencia de Ron Gourlay se organizó en vísperas del duelo de la Copa del Rey con la convicción de que se iba a conseguir el pase a las semifinales. Se asumió el riesgo porque todos los indicios se antojaban propicios. El escenario favorable y la supuesta debilidad del rival animaron la iniciativa. Sin embargo, el tiro le salió por la culata al escocés. El día después del batacazo sirvió para escuchar el habitual repertorio de intenciones y promesas. Nada novedoso en un discurso plagado de lugares comunes que, eso sí, puso todo el énfasis en fortalecer la figura de Carlos Corberán. En el mundo del fútbol, las ratificaciones de un técnico, expresadas con tanta vehemencia, ocultan la intención del relevo si los resultados no mejoran. Una ley universal. A Baraja, pocos días antes de su destitución, se le calificó como “leyenda” y se rechazó de plano cualquier rumor sobre un intento de cese. Aquella fue una de las mejores interpretaciones de Lay Hoon en su larga lista de falsas afirmaciones. Ni una semana tardó en irse “Pipo” a la calle. De Meriton resulta imposible creerse nada. Los hechos les dejan en evidencia.
Ignorantes y desagradables. Los prolegómenos del duelo copero estuvieron salpicados de incidentes provocados por un sector de aficionados, que antepuso su ideología política al respeto hacia la historia de su propio club, y por extensión, al adversario. La lluvia de objetos lanzados contra el autobús del Athletic a su llegada a las puertas del campo presagiaba su vergonzosa salida de tono. Las escenas protagonizadas les dejaron en pésimo lugar y ensuciaron la imagen de la afición valencianista. Los lamentables cánticos que vinieron a continuación, lo confirmaron. Dentro de la Curva cohabitan diversas corrientes, pero siempre termina por imponerse la más radical, aquella que enarbola las consignas más ofensivas y avala los peores comportamientos. La mano que mece la cuna es experta en manipular a los más impetuosos y en conducir el rebaño al escenario que desea. El problema viene de lejos. Desde el club prefieren mantener una cómoda distancia que, en el fondo, les interesa. No necesitan más incendios, ya tienen suficientes con el día a día. Así que toleran a quienes dan la nota por sistema sin pararse en otras consideraciones. La solución no es sencilla, pero son muchos quienes ya están hartos de soportar sus consignas y los cánticos ofensivos. Animar al Valencia no implica atacar el origen de quienes en su día lo hicieron grande y respetable. Mestalla debe estar por encima de estas miserias.
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