Derbi
De la ilusión a la nueva realidad: la salvación está a más de dos partidos
Orriols llenó sus gradas de levantinismo, animó sin descanso y, tras mostrarle su malestar a Pepelu con silbidos estridentes, acabó frustrado y rabioso por la derrota, que le deja a siete de la salvación, y las provocaciones de Comert

El tifo del Ciutat de València en los instantes previos al inicio de partido. / Germán Caballero
Rafa Esteve
Más de cuatro años han pasado desde el último Derbi en Orriols y el Ciutat tuvo más ganas que nunca de enfrentarse a su adversario ciudadano. No fue solo medirse al Valencia, sino la oportunidad de acercarse a la permanencia y, de paso, ajustar cuentas pendientes. El coliseo levantinista vibró como pocas veces esta temporada proyectando el mensaje de que el Levante, en su casa, es quien manda y al que se le debe respetar, independientemente del resultado final. Lo sintió en sus carnes Pepelu, centro de la diana de una afición que no olvida la traición que sintió con su movimiento al Valencia en el momento más doloroso de la entidad granota: un año después de jurarle amor eterno, renovando hasta 2032, y pocas semanas más tarde de que se le escurriera de la yema de los dedos un ascenso a Primera en el último segundo. Y, siendo un protagonista tan inesperado como innecesario, Comert, quien, faltando el respeto a la afición local, ondeó un banderín de córner con su camiseta riéndose de los presentes después del pitido final. Un gesto que provocó una tangana en el verde que se desplazó a la grada, con lanzamiento de botellas de agua que no son ni justificables ni ejemplares. La clara imagen de lo tenso que ha sido un Derbi en el que el Valencia despega y donde el Levante se hunde, viendo territorio de salvación a siete puntos de distancia a tres meses de terminar la competición.
¡Pepelu es una rata! Desde el calentamiento hasta el momento que se retiró en el 55’ se escuchó, emitiendo fuertes silbidos en cada balón que tocaba y mostrándole una rabia que podrá compartir más o menos la parroquia levantinista, pero que es tan entendible como justificada. Más allá de futbolistas que han pasado con más pena que gloria por Orriols (un descenso y un no ascenso), el Ciutat de València se triplicó en términos ambientales para hacer de su escenario un territorio hostil. Animó desde el primer momento hasta el último, apretando en cada balón dividido y encendiéndose en cada acercamiento de su equipo. Los tiros a portería fueron escasos, pero todo lo que rodeó al esférico se vivió desde la pasión, aunque impulsados por la necesidad de sumar tres puntos vitales para la salvación. Sin embargo, no desaprovecharon la oportunidad de incomodar a su huésped en la mayoría de faltas que superaron los límites de la legalidad y en cada acción en la que el colegiado, muy poco imparcial, tuvo que intervenir.
Estocada final
Así lo trasladó un Ciutat de València cuya asistencia al Derbi fue de 22.967 espectadores y cuyos decibelios de animación fueron aumentando según transcurrieron los minutos en el segundo tiempo. A pesar de ello, fue inevitable que el gol de Ramazani dejara las gradas de Orriols aturdidas. Congeladas ante un batacazo inesperado, pero sobre el que se tuvo que remar a contracorriente y sin disminuir ni un centímetro del ambiente cálido y hostil en el Derbi. El gol de Sadiq, sin embargo, fue la estocada definitiva a un Levante que lo intentó de todas las formas, consciente de que a sus espaldas hubo una afición orgullosa de su equipo en las buenas y en las malas, pero a la que le duele una derrota que fue agudizada con la expulsión a Kervin Arriaga. Miguel Ángel Ortiz, con una de las peores actuaciones que se recuerda en Orriols, se coronó. Pese a ello, la realidad levantinista es dura y la distancia con la permanencia es más amplia: nada más, y nada menos, que siete puntos. Si a ello se le añaden las provocaciones de Comert, innecesarias y que desquiciaron a una grada que desató, inexcusablemente, su rabia con lanzamiento de botellas. Panorama, sin duda, desolador.
La realidad del Levante pasa de ser esperanzadora a crítica. Sabiendo que el mes de febrero iba a ser exigente, la distancia con la salvación aumenta a siete unidades con muchos equipos implicados, pero con varios sacando la cabeza a costa de un equipo que no deja de dar pasos hacia atrás en su batalla por la permanencia. Puede las dar gracias de tener un encuentro pendiente, pero, visto lo visto en el Derbi, mucho tiene que cambiar el Levante su imagen para vencer ante todo un Villarreal. Sin embargo, de menos a más hasta que, en el momento que más balón tenía en su posesión, y mejores sensaciones transmitió hacia los puntos, se pegó un auténtico batacazo.
Ni el gol de Ramazani despertó a un Levante muy confundido, al que no le salieron los cambios y que, a veces, pecó de falta de atrevimiento. Necesitó ser más valiente, vertical y tener más veneno en la sangre a la hora de atacar. No obstante, los cambios tampoco activaron al equipo a pesar de que Luís Castro dio entrada a hombres de ataque como Carlos Espí, Etta Eyong y Paco Cortés, además de Jon Ander Olasagasti y Unai Vencedor para dar músculo a la medular ante la baja de Pablo Martínez. Sin encontrar soluciones para deshacer el entramado defensivo del Valencia, la cruda realidad golpeó a los locales con un tanto de Sadiq que hunde a los granotas en la clasificación cuando más esperanzas en salir a flote tenían. Siete será la distancia con la salvación si no salvan los muebles ante el Villarreal. De lo contrario, todo volverá a ser un desastre en Orriols.
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