A Contratiempo
Al Valencia le vienen grandes estos partidos

Los jugadores del Valencia al finalizar el partido, ayer en el estadio de La Cerámica. / EFE
Nueva derrota para la colección. El Valencia ya ha visitado los campos de los cuatro primeros clasificados. El balance refleja con elocuencia la realidad: cuatro derrotas, catorce goles en contra, dos a favor. Nada explica mejor que estos tristes guarismos la dimensión actual de un club, incapaz de puntuar en escenarios exigentes. Puede dejar una imagen competitiva y voluntariosa, anoche rozó el empate en Vila-real, y algo parecido sucedió también en el Metropolitano, pero le faltan recursos y fundamentos para superar sus innegables limitaciones. Al final, una derrota más para la amplia colección de decepciones acumuladas lejos de Mestalla. Al igual que en el campo del Betis, se dejó remontar, esta vez antes del descanso. Curiosamente, al Valencia le han pitado 3 penaltis a favor en otros tantos desplazamientos, y a renglón seguido, se ha señalado otro a favor del equipo local. Todos los máximos castigos en las primeras mitades, los tres partidos han concluido en derrota. Al menos, ahora con Ramazani, no se fallan.
Plantillas incomparables. Mientras el Valencia ha recompuesto la plantilla sobre la marcha, acuciado por la crudeza clasificatoria y sigue sin despegar, Marcelino dispone de un plantel con un amplísimo fondo de armario y repuestos más que contrastados para solventar cualquier contingencia. Anoche, Corberán recurrió a Javi Guerra y Guido Rodríguez como titulares para reforzar la medular en compañía de Ugrinic. Una medida aplaudida, aunque insuficiente. Esta escuadra carece, en momentos clave, del plus necesario para decantar los marcadores a su favor. Cuando va por delante en el marcador, es incapaz de administrar la ventaja. Se esfuman las situaciones propicias ante rivales de talla. El técnico lo prueba todo, las urgencias aprietan, pero la raíz del problema es estructural y viene de lejos. Otra vez toca apretarse los cinturones.
Las secuelas del derbi. La Liga de Fútbol Profesional hizo público un informe por los incidentes acaecidos en el “Ciutat de València” a la conclusión del último derbi. El escrito fue ampliado, con posterioridad, para añadir al detalle el episodio protagonizado por Cömert. La redacción del mismo resultaba llamativa por su estilo arcaico y reiterativo, por sus errores en la transcripción de algunos cánticos escuchados en las gradas, y por una falta de ortografía de máximo calibre que restaba seriedad y dejaba en evidencia a este organismo, tanto en el fondo como en la forma. La LFP debería hacérselo mirar porque quedó retratada su falta de rigor y seriedad. El organismo presidido por Tebas, tan preocupado por controlar y vigilar a los aficionados, en ocasiones incurre en asuntos menores que retratan su ridiculez. Ya puestos, podría estar más pendiente de otras cuestiones que resultan más perjudiciales para la buena imagen del campeonato, caso de las absurdas transmisiones televisivas, sometidas a criterios chapuceros y de nulo interés para los espectadores.
Impostura contra el racismo. La noble y necesaria cruzada contra el racismo en el fútbol no puede ser abanderada por un personaje tan esperpéntico como Vinicus, modelo de engreimiento, que provoca a espectadores y rivales allá por donde va. Todos lo esperan, es cierto, porque su fama ha corrido como la pólvora y porque no sabe controlarse ni aguantar la presión, a diferencia de los verdaderos grandes cracks. Su comportamiento histriónico reduce las indudables virtudes futbolísticas que atesora a un segundo plano. No es de extrañar que Arbeloa lo sacrificara antes de la visita a Mestalla y le obligara a forzar la tarjeta amarilla que acarreaba suspensión. Su comportamiento y ademanes le sitúan en el disparadero allá por donde va. El penúltimo capítulo ha tenido lugar en Lisboa. Curiosamente, ningún compañero suyo de raza negra tiene problemas por este motivo. Sorprendente misterio. El fariseísmo que acompaña al tratamiento mediático de la cuestión ya no llama la atención. Según quién sea objeto de un insulto racista y el escudo que defienda, la cuestión adquiere mayor o menos repercusión. Solo hay que recordar lo sucedido con el valencianista Diakhaby en Cádiz.
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