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El día del gol de Forment en Troya

El ‘eco’ del gol de Forment resuena como nunca

UVAM

Paco Lloret

Paco Lloret

En el santoral del valencianismo, hoy es el día de Forment. Día grande. Fiesta mayor. Su eterno gol al Celta en Mestalla, logrado la tarde del domingo 28 de marzo de 1971, ha elevado al jugador de Almenara al altar de los elegidos. La devoción por Forment, extensiva a aquel equipo está más que justificada; representan la proeza de un Valencia campeón surgido de forma inesperada. Sorpresa monumental. Aquel momento mágico se ha impuesto al paso del tiempo. La conmemoración evoca una gesta; aquel gol, envuelto de épica, marcado en el último minuto, proporcionó una victoria fundamental para conseguir el título de Liga. Han pasado 55 años.

La emoción que envolvió el lance ha creado una leyenda genuina, alejada de deformaciones interesadas. El gol de Forment salvó los muebles cuando todo se había torcido y mantuvo al Valencia como líder. Salvado por la campana. Lo más parecido a un milagro, festejado con un frenesí desmedido. Durante varios minutos, el juego se interrumpió. Era imposible recuperar la normalidad. Solo había deseos de celebración. Los presentes en Mestalla lo interpretaron como una señal inequívoca del destino: la Liga sería valencianista.

Aquella tarde, sus perseguidores no fallaron. El Atlético, vigente campeón, se impuso por la mínima en San Sebastián. El Barça había vencido en Gijón con un par de goles en los compases finales. El antiguo marcador “Dardo” sólo daba malas noticias. El único de los aspirantes que actuaba como local era el Valencia. La victoria era imprescindible para seguir al frente de la clasificación. Después de aquella jornada, tan solo quedaban 3 para la conclusión del campeonato más apretado que se recordaba en mucho tiempo.

Crónica en el diario Levante del Valencia-Celta de 1971

Crónica en el diario Levante del Valencia-Celta de 1971 / L-EMV

El equipo de Alfredo di Stéfano afrontó el duelo con bajas notables: Valdez, Tatono, y Jesús Martínez no pudieron jugar. El entrenador dio la titularidad a Enrique Claramunt y aFuertes en la delantera, junto a Sergio y Forment. Tres valencianos y un asturiano. El ambiente previo era de máxima expectación. Se palpaba la ilusión por superar una nueva prueba. Aquel equipo había sorprendido a propios y extraños. El recibimiento apoteósico a los jugadores fue lo más parecido a una “mascletà”. Una enorme humareda se apoderó del escenario. No cabía un alfiler en la grada. Las fotos lo atestiguan.

Un rival duro de pelear

No fue un buen partido. A esas alturas, tampoco podía serlo. El Valencia se encontró con un rival duro de pelar, que cuajó un ejercicio sobresaliente, sobre todo en Balaídos, donde nadie pudo ganar. En la primera vuelta, Abelardo vio truncada allí su extraordinaria racha de imbatibilidad: 7 jornadas consecutivas sin encajar un gol. Pese a las dificultades presentadas por el Celta, reinaba la confianza. En la primera mitad, el menor de los Claramunt inauguró el marcador con un gol de delantero oportunista. El jugador del Puçol estaba en el lugar adecuado y en el momento preciso. Al poco de la reanudación, llegó el empate como consecuencia de un absurdo malentendido en la retaguardia local.

La portería de los gallegos estaba defendida por un mallorquín: Pedro Gost, nacido en Sa Pobla. Hace varias semanas, mantuve una conversación telefónica con él, en la que hizo un esfuerzo por evocar aquella tarde, pese a que se encuentra en una residencia con un principio de desmemoria, pese a ello, fue sorprendente la lucidez con la que describió lo sucedido en Mestalla: “yo no estuve bien, y me tragué el segundo gol del Valencia”. En efecto, Gost, con su negro riguroso, calculó mal los tiempos en el último minuto del partido, cuando a la desesperada, los locales buscaban la victoria.

Antes, el colegiado madrileño Gómez Platas, había anulado dos goles a Forment. La grada se indignó. Se sospechaba que una conspiración podía esconderse tras sus decisiones. Con la grada en estado de máxima ebullición, se alcanzó el minuto final. Todos en pie para asistir al desenlace. Córner a favor del Valencia, el decimocuarto de la tarde. Lo saca Sergio desde la derecha en la portería del “Gol Xicotet”, mirando al norte. Era la última bala y entonces, todo estalló. El balón fue medido a la cabeza de Forment, que se avanzó con decisión a sus rivales, para girar el cuello y conectar un testarazo potente que entró por el centro de la portería desguarnecida.

Así ha sido la traca que celebra el gol de Forment a las puertas de Mestalla

José Manuel López

Una explosión de locura sacudió Mestalla. El público entró en un estado de enajenación transitoria. Aquel gol fue cantado como un desahogo emocional al máximo de revoluciones. Las almohadillas volaban sin cesar hasta tal punto, que las porterías quedaron sepultadas por el aluvión que cayó sobre la red superior. La policía, con buen criterio, decidió cruzarse de brazos. Un manicomio. Ya se pasaría. Casi 5 minutos transcurrieron hasta que se pudo reanudar el juego.

La felicidad invadió Mestalla. Quienes estuvimos allí no lo podremos olvidar jamás. Ese instante de plenitud nos acompañará por siempre. Un recuerdo imborrable que aún me emociona y permite rescatar la imagen de mi padre entusiasmado como nunca lo había visto. Aquello, cómo dijo Forment, fue Troya.

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