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La caída del Valencia CF significa el fracaso de una ideología

Columna de opinión de José Vicente Aleixandre publicada en Levante el 15 de abril de 1986

El descenso del Valencia a Segunda División golpeó a jugadores, clun y afición

El descenso del Valencia a Segunda División golpeó a jugadores, clun y afición / J.A.

José Vicente Aleixandre

Rezar y pagar era la última variante táctica que le quedaba por poner en práctica al Valencia el domingo por la tarde. Tampoco esta vez acertó. Ni vírgenes, ni santos, ni beatas, se confabularon para remediar lo que otros, a lo largo de tantos meses, han venido empastrando. Mejor así.

Salvar el descenso en la última jornada, gracias a milagros, primas a terceros o cualquier otra intervención ajena a los goles, hubiera significado volver de nuevo a las andadas. Algunos directivos, técnicos y jugadores, desde que el equipo ganó en Sevilla, estaban ya insuflando aire en sus pulmones, para hinchar pecho el próximo domingo y presentar lo que no hubiera sido sino una catástrofe velada como un triunfo sensacional. La inconsciencia y egoísmo con que el Valencia ha sido regido en los últimos tiempos hubieran seguido imperando si el descenso llega a evitarse.

Portada del diario Levante tras la derrota en el Camp Nou

Portada del diario Levante tras la derrota en el Camp Nou / L-EMV

Al menos, ahora, con la herida ya completamente abierta, habrá oportunidad de cortar por lo sano, limpiar la podredumbre y esperar que crezca carne nueva, más sana, que evite la gangrena generalizada. En Segunda, el Valencia no sólo purgará sus muchas penas y pecados cometidos, sino que deberá emprender una nueva singladura, replanteándose todos los entramados sobre los que estaba montada la actual estructura del club.

Habrá que buscar nuevos dirigentes, que aporten ideas frescas, porque los que hasta ahora han permanecido aferrados al poder han demostrado que no sirven. Día a día, han ido hundiendo a la entidad con sus miserias, con una prepotencia y un orgullo que no se les debe perdonar. De nada han servido las palabras huecas y grandilocuentes. Esa especie de fe ciega y mesiánica que poseían, hasta hace tan sólo unas horas, conspicuos representantes del valencianismo, se ha demostrado absurda y gratuita.

Comandado por conspicuos representantes de una ideología política bien recalcitrante y de una clase social típicamente valenciana —la más inculta, mediocre, incapaz y chabacana de nuestra historia, la burguesía—, la caída del Valencia significa, más que el fracaso de una gestión, el de una ideología.

Vivir de espaldas a la realidad social

El Valencia ha nadado en los últimos años contra corriente, empujado por unos directivos que viven de espaldas a la realidad social, anclados en el pasado y empeñados en rememorar sus añorados tiempos de gloria.

Así dejan al club: hundido en medio de las lágrimas de muchos aficionados fieles y sinceros, en una gravísima situación económica y de espaldas a un pueblo que, más allá del Camí de Tránsits, pasa en su mayoría de la entidad, cuando no la repudia abiertamente. Porque este Valencia, desgraciadamente, ya sólo se representa a sí mismo y a pocos más.

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