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A Contratiempo

Sin margen de error y sin Guedes ni Soler

Soler y Guedes celebran la Copa del Rey con la Real Sociedad

Soler y Guedes celebran la Copa del Rey con la Real Sociedad / EP

Paco Lloret

Paco Lloret

Examen en Palma. Días de reflexión y silencio preceden el partido de mañana contra el Mallorca. Eclipsada por el parón liguero y por la final de Copa, la cita de mañana es de enorme trascendencia, una prueba de fuego para el conjunto de Corberán, que acumula sendas derrotas en las dos últimas jornadas. Una tercera dispararía los índices de preocupación. En el presente ejercicio, el Valencia nunca ha estado sin puntuar en tres encuentros. Apenas hay margen de error, tal y cómo se ha puesto el campeonato. Por añadidura, la cita contra los bermellones constituye una efeméride destacada: se trata del partido 3.000 en primera división de los valencianistas. Solamente hay 3 equipos con más partidos disputados. El Madrid, Barça, y Athletic, que siempre han permanecido en la máxima categoría desde la fundación del torneo. Además son los únicos, junto al Valencia, que han jugado en primera división en este siglo XXI. Un dato elocuente que explica la gravedad del momento actual para los de Mestalla. Un resultado positivo allanaría el camino y tranquilizaría las aguas. De lo contrario, el siguiente compromiso en casa se vería envuelto de un ambiente demasiado enrarecido.

Envidia sana. En 2007, la Real Sociedad bajó a segunda división. La escenificación del descenso de los donostiarras tuvo lugar en Mestalla, en la última jornada de una campaña en la que el Valencia acabó cuarto y alcanzó los cuartos de final de la Champions. Ningún otro representante español llegó tan lejos en este torneo continental. Sin embargo, aquello parecía insuficiente para los iluminados de la grada que proclamaban su insatisfacción, o para los profetas de vía estrecha que acudían a las juntas de accionistas para protestar y quejarse por nimiedades. Unos botarates de tres al cuarto que buscaban protagonismo por la vía rápida. El paso del tiempo los ha retratado. La Real permaneció un trienio en la categoría de plata, y tras algunos bandazos, ha sabido gestar un proyecto coherente. Además de conquistar dos títulos de Copa, se ha convertido en un asiduo a las competiciones europeas. En sus filas destacan Carlos Soler y Guedes, dos ex –valencianistas, que ya alzaron el trofeo en Sevilla en 2019. El éxodo de jugadores de clase y talento condena al Valencia a la mediocridad y deja en evidencia a sus funestos gestores.

Una Copa maltratada. Todavía queda mucho por aprender del fútbol inglés. Su protección a las tradiciones va pareja a su capacidad por innovar respetando la esencia del fútbol. Buena prueba de ello, es la liturgia sagrada que envuelve la final de la F.A. Cup, la competición futbolística más antigua del mundo. Nada que ver con el lamentable espectáculo que precede la final de la Copa del Rey, cuyos prolegómenos invitan a huir despavorido. La jaqueca está asegurada desde que a algún genio se le ocurrió saturar de decibelios el escenario en los momentos previos a la disputa del partido. Resulta insoportable esa exhibición de chabacanería. Los más perjudicados son las aficiones que no pueden expresarse con sus cánticos. Se ven aplastados por una megafonía ensordecedora que castiga sin piedad los tímpanos. El valencianismo lo sufrió en 2022; tres años antes, en el Benito Villamarín, aún se hizo participar a las respectivas hinchadas con el cruce de temas musicales antes de que irrumpiera David Bisbal. El asunto ha ido a peor, al igual que las incomodidades denunciadas por quienes se arman de valor para ir a La Cartuja. El emplazamiento y la pésima organización han provocado el hartazgo y la indignación de numerosos espectadores.

No saben perder. Las eliminaciones del Barça y Madrid en la Champions han estado acompañadas de sus respectivas pataletas, más propias de niños malcriados. Los lamentos contra algunas decisiones arbitrales, que consideran perjudiciales para sus intereses, les han dejado a la altura del betún. Especialmente en el caso de los madridistas, que tras perder en Múnich, recurrieron a la excusa del arbitraje para maquillar el enorme fracaso de este ejercicio. Numerosos medios de comunicación de Alemania y de otros países no se han cortado a la hora de denunciar las actitudes caprichosas y prepotentes de una entidad que se considera por encima del bien y del mal. El bochornoso comportamiento de sus jugadores a la conclusión del partido, amedrentando al árbitro, expresa su arraigado sentido de la impunidad. El Barça, con el muerto de Enríquez Negreira en el armario, haría bien en callarse y abandonar su arraigado victimismo. No están para quejas ni para dar lecciones. En el fondo, ambos imperios, que se disputan controlar el arbitraje en España, se desesperan por no encontrar el trato condescendiente que desean cuando se cruzan con colegiados de otros países.

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