A contratiempo
“Las siete vidas de Corberán”

Carlos Corberán, entrenador del Valencia CF / EFE

Acierto táctico. Carlos Corberán le ganó claramente la partida a Michel. El acierto estratégico del técnico de Cheste condujo el duelo a un escenario propicio para el Valencia. Su amplia e interesada legión de detractores nunca se lo reconocerá, pero es de ley destacar que el técnico local interpretó mejor que su oponente las claves de un choque de enorme trascendencia, tal y cómo está la Liga. El políglota entrenador madrileño, que no se corta a la hora de expresarse en catalán, lo confesó a posteriori en un alarde de sinceridad. El Girona cayó en la trampa. Su aparente superioridad era ficticia. La posesión del balón respondía a una deliberada cesión del espacio de los valencianistas, impecables en el adelanto de la defensa, y que fiaron a su velocidad en la transición las opciones de triunfo. Las irrupciones por las bandas y las salidas meteóricas concedían al Valencia mayores posibilidades para marcar, pese a la desesperante nulidad a la hora de culminar esas acciones. Con un mínimo de inspiración, el marcador al descanso ya podría haber sido favorable, pero falló la puntería a la hora de resolver. El gol se paga a un precio inalcanzable para quienes mandan en Mestalla.
Jugadores clave. El regreso de Pepelu a la titularidad, forzado por la plaga de lesiones, ha permitido descubrir una nueva e interesante faceta en su perfecta adaptación al eje central de la defensa. Solvente y seguro, el futbolista de Dénia, ha cumplido sobradamente en su novedosa demarcación a lo largo de los dos últimos encuentros. A finales de los años setenta, Pasieguito descubrió en Ricardo Arias un enorme potencial como defensa libre, para incredulidad de muchos, empezando por el propio jugador, que ya llevaba dos campañas actuando de interior. El tiempo asistió de razón al técnico de Hernani. Ahora, forzado por las circunstancias, Corberán ha encontrado una alternativa efectiva para afrontar una grave contingencia. El estreno de Saravia en Mestalla se puede calificar de aceptable. El argentino cumplió y quiso estar a la altura de un reto. El lateral diestro no se amilanó en ningún momento, al contrario, marcó su territorio sin reparar en medios. Sangre caliente. En la otra banda, Gayà, ofreció una versión muy mejorada. Su asistencia en el segundo gol, fue un modelo de precisión y técnica.
Un portero que se las sabe todas. Dimitrievski salvó al Valencia cuando la agonía se había apoderado de Mestalla. Su prodigiosa parada a Stuani en el minuto 90 será recordada durante mucho tiempo. Resultó providencial. El guardameta macedonio volvió a exhibir su variado repertorio de recursos durante el partido en beneficio del equipo. Más allá de las excelentes intervenciones protagonizadas, sobresale su espíritu canchero y su facilidad para interpretar las circunstancias del juego en cada momento. Su irrupción en el equipo ha resultado de lo más oportuna. En el contexto actual, contar con un portero que vive con esa intensidad cada partido supone todo un seguro de vida. Jugador entregado a la causa, hombre de club, demuestra una implicación contagiosa que motiva a compañeros y aficionados.
Arbitrajes desquiciantes. Al Valencia le perjudicaron gravemente en su visita a Mallorca. Un penalti hurtado en el último minuto, pese a que la acción no ofrecía dudas. En el VAR, Pizarro Gómez se lavó las manos. Ante la sorpresa general quedó sin sanción la acción punible. Su vergonzosa actuación, lejos de acarrear su exclusión, le valió una recompensa. El sábado, Pizarro volvió a asumir su misión vigilante en el partido de Mestalla. Las quejas razonadas y respetuosas de Corberán en la sala de prensa y los lamentos de Ron Gourley no han servido de nada. Derecho al pataleo. La nula influencia del Valencia en las altas esferas federativas viene de lejos. El club de Mestalla está instalado en la invisibilidad. Por si faltaba algo, sobre el césped, Muñiz Ruiz ofreció un insoportable recital de silbato en el duelo con el Girona. El fútbol español sufre cada jornada una plaga errores groseros que confunden y desquician a todo el mundo. Una larga lista de decisiones incomprensibles que alteran el desarrollo de la competición. Urge una profunda renovación del estamento arbitral.
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