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Cuatro décadas del nombramiento de Arturo Tuzón, el presidente que devolvió la grandeza al Valencia CF

Tuzón devolvió al Valencia CF a Primera tras el descenso de 1986, saneó el club y dejó un legado de honor que se recuerda con una profunda admiración

Arturo Tuzón, en la etapa de su presidencia del Valencia CF.

Arturo Tuzón, en la etapa de su presidencia del Valencia CF. / ED

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J.M. Bort

J.M. Bort

València

Este tres de junio se cumplen cuarenta años del nombramiento como presidente del Valencia CF de Arturo Tuzón. Su huella y su legado durante su etapa como presidente , entre 1986 y 1993, lo convertirían en, tal vez, en el selecto grupo de mejores presidentes de la historia del club del murciélago, a la altura del mismísimo Luis Casanova, siendo recordado como un hombre de principios, un valencianista de verdad, un caballero.

Tuzón llegó al club en uno de sus momentos más oscuros: recién descendido a Segunda, con las cuentas en rojo (2.200 millones de pesetas en deuda, unos 13,2 millones de euros) y una afición necesitada de esperanza tras la debacle deportiva y económica engendrada tres años antes, en la forzada remodelación de Mestalla para albergar los partidos de España en el Mundial 82. En tan solo un año, con Alfredo di Stéfano en el banquillo y un bloque de jugadores de la casa, devolvió al Valencia a Primera División. Tuzón duplicó la masa social (de 16.000 a 30.000 socios), saneó las cuentas con precisión y multiplicó los presupuestos por cinco, demostrando que la eficacia y la rectitud podían ir de la mano.

No estuvo solo, pero fue quien tiró de aquel carro. A su lado, el empresario horticultor Pepe Domingo y el resto de la directiva trabajaron con la misma pasión y amor por el club, hombro con hombro, cuidando cada detalle, cada decisión, cada paso del Valencia hacia la estabilidad. Juntos forjaron una etapa dorada donde la base de jugadores valencianos o formados en casa brilló en Mestalla: Sempere, Voro, Giner, Fernando, Subirats, Quique y Arroyo (incorporados del Pegaso)… A ese bloque de dignísimos canteranos juntó después a Mijatovic, Leonardo, Ochotorena, Eloy, Mendieta, Álvaro o Lubo Penev, entre otros, futbolistas que dejaron una huella profunda en el césped de Mestalla, como los seis meses del argelino Rabah Madjer, recién campeón de Europa. En 1990 no sólo había rescatado a la entidad del fondo de la sima, sino que llevó al Valencia CF al subcampeonato de la Liga. Ese mismo verano, en un síntoma de la recuperación, recuperó a Robert Fernández por 300 millones de pesetas (1,8 millones de euros), en ese momento el fichaje más caro de la historia de la entidad, que tras el descenso había recalado en el FC Barcelona.

Robert y Arturo Tuzón se abrazan tras el regreso del futbolista al Valencia CF.

Robert y Arturo Tuzón se abrazan tras el regreso del futbolista al Valencia CF. / ED

Pero incluso los mejores no están exentos de las críticas. En las actuales circustancias, duele recordar hoy aquel cántico de “Arturo suelta los duros” o las miserables campañas en su contra. Con la sombra de Paco Roig y de Romario amenazándole cada día, llegó la goleada histórica (7-0) en Karlsruhe, que lo cambió todo aquel 2 de noviembre del 93. Nada de eso empaña su legado; al contrario, revela la injusticia que enfrentó un hombre que siempre puso el club por encima de su propia comodidad.

Tuzón fue también el artífice de la ciudad deportiva que hoy conocemos. Aunque no pudo evitar que el club se convirtiera en Sociedad Anónima Deportiva en 1992, permaneció al frente con dignidad y compromiso. El Valencia ya había salido de los números rojos y podía haber seguido siendo un club de socios, al estilo del Real Madrid, Barcelona, Athletic o Osasuna, pero la falta de apoyos políticos impidió que esa excepción se materializara.

Su dimisión, en invierno del 93 tras la debacle de Karlsruhe y la presión constante de Paco Roig, solo un año después de forzada conversión del club en SAD, fue un acto de nobleza: “Me voy sin reproches pese al deterioro del club”, dijo. Siempre con la cabeza alta, se fue tal como había venido, dejando al Valencia CF saneado y en disposición de volver a luchar por los grandes títulos. Pocos lo recordarán, pero hasta tuvo la generosidad, más allá del fútbol, de trasvasar la licencia del baloncesto a manos privadas y hacer posible así lo que hoy es el Valencia Basket.

Tuzón, en el medio, con la plantilla de la temporada 93-94, meses antes de su dimisión.

Tuzón, en el medio, con la plantilla de la temporada 93-94, meses antes de su dimisión. / ED

Hoy, mientras algunos dirigentes parecen olvidar que el club no es un negocio, recordar a Tuzón nos devuelve la memoria del Valencia que era grande también por su humanidad. Su legado nos enseña que un club no es solo cifras ni contratos: es pasión, es familia, es historia. Si su gestión fue ejemplar, aún más lo fueron sus cualidades humanas: amable, educado, inteligente. Un auténtico señor.  Apenas tres semanas antes de fallecer (en octubre del año 2010), Tuzón, a pesar de la fiebre y el agotamiento, acudió a los tribunales para defender a su colega en la directiva Vicente Silla, uno de los hombres que le acompañaron en su etapa al frente del club durante la conversión del Valencia en SAD.

Cuatro décadas después de que tomará el timón de un barco a la deriva tras el descenso a Segunda División, Arturo Tuzón sigue vivo en cada gesto de respeto por el escudo, en cada breve silencio que se ‘escucha’ en el entorno del Valencia CF en medio de este ruido insoportable. Tuzón nos dejó un ejemplo imposible de olvidar. Un ejemplo que debería iluminar siempre el camino del Valencia CF.

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