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A Contratiempo

La preocupación de Corberán tapada por el Mundial

Carlos Corberán.  | J. HERRERO / EFE

Carlos Corberán. | J. HERRERO / EFE

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Doble frente. El entrenador del Valencia encara dos grandes retos: disponer de una plantilla mínimamente competitiva, y mejorar su equipo de trabajo. En el primer apartado, depende del señor de Singapur. Vistos los antecedentes, le sobran motivos para la inquietud. La segunda cuestión es más de su incumbencia. Por ello, busca reforzar el cuerpo técnico con nuevos integrantes. Carlos Corberán lleva desde hace tiempo manos a la obra y se ha puesto en contacto con especialistas en áreas específicas para afrontar la temporada que se avecina. Una renovación que todavía no ha podido completar. Su tercer ejercicio en Mestalla viene condicionado por la composición del plantel de jugadores. Con la distracción que proporciona el Mundial 2026, que atrae la atención general, se cuecen a fuego lento los preparativos de un curso que Corberán quiere arrancar de forma diferente al de los últimos precedentes, marcados por los pésimos resultados. El Valencia ha sumado la ridícula cifra de 5 triunfos en 38 jornadas a lo largo de las dos primeras vueltas anteriores de la Liga. Un dato revelador y elocuente. En la campaña 24-25 acabó último en el ecuador del torneo; en la 25-26, antepenúltimo, en ambos casos, en zona de descenso. Después de verle reiteradamente las orejas al lobo, el técnico no quiere volver a pasar por el mismo suplicio.

La preocupación vecinal. Ante la que se les viene encima, las asociaciones de vecinos afectados por el nuevo estadio, han tomado conciencia del preocupante escenario al que se dirigen. Tras revelarse recientemente las novedades sobre el uso del terciario y sus amenazantes consecuencias, se disponen a emprender acciones. No sabemos hasta donde llegarán, ni cuál es su capacidad de movilización, pero, al menos, han empezado a dar señales de vida. Resultaba inexplicable su silencio ante el giro de los acontecimientos. Aunque ya fueron conscientes desde el principio del desatino que implicaba el proyecto,-tan solo hay que consultar las hemerotecas-, su voz quedó, misteriosamente, apagada a medida que pasaba el tiempo. Con la paralización de las obras el asunto entró en una nueva fase repleta de incógnitas. El transcurso de los años, sin que se produjeras avances significativos, les restó protagonismo en un asunto reducido a un pulso permanente entre los representantes del Club y de la administración. Con la aparición de un tercer invitado, los hechos se han precipitado.

Rival pendenciero. Desde la terrorífica batalla de Belgrado en noviembre de 1977, saldada con el providencial gol de Rubén Cano que valió la clasificación española para el Mundial Argentina 78, no habíamos asistido a una cacería tan alevosa en un partido de España. Como la película de Paul Newman, “El Castañazo”, ambientada en el mundo del hockey sobre hielo, el partido ante Uruguay degeneró en una exhibición barriobajera de los sudamericanos. Las entradas de juzgado de guardia y las constantes provocaciones ponían los pelos de punta. El fútbol retrocedió muchas décadas atrás en el estadio de Jalisco con la permisividad arbitral. La antología de malos modos desplegada por los uruguayos amenazaba la integridad física de los españoles. El colegiado estadounidense demostró sobradamente su incompetencia y no supo aplicar el reglamento. España sufrió ante el conjunto de Bielsa una amplia gama de marrullerías, un variado repertorio de brusquedades, impropio de un rival que insultó su gloriosa historia con la peor imagen posible. El juego sucio y su mal perder les retrató como una selección desquiciada que confundió la legendaria garra charrúa con la impunidad temeraria. El conjunto de De la Fuente acusó la exhibición de violencia de la única selección sudamericana que no ha superado la primera fase del torneo. Se lo tienen merecido. Su clasificación hubiera representado un insulto al fútbol.

Más allá del éxito. Hace 40 años, el Valencia CF se desprendió de su sección de baloncesto forzado por la situación que vivía la entidad. Arturo Tuzón, presidente del club de Mestalla, cedió los derechos a la Asociación de la Prensa que, durante un año, pilotó la transición hasta que la familia Roig tomó las riendas. En aquellos tiempos remotos, nadie hubiera podido imaginar lo que estaba por venir. De aquellas tardes otoñales en el pabellón de Mislata en 1986, con apenas 1.500 espectadores en las gradas, al presente actual, media un abismo. No hay comparación posible. Por encima de los imponentes éxitos deportivos recientes, conviene resaltar un hecho significativo: la implantación social de Valencia Basket, su progresivo arraigo, y su calculada estrategia para sintonizar con una afición entusiasmada. Mientras el reloj se ha detenido en Mestalla, debido a la ausencia de un proyecto creíble, lo que ha empujado a sus miles de incondicionales a adoptar una actitud de lealtad y resistencia a la espera de tiempos mejores, el cronómetro del baloncesto avanza a pasos agigantados. La inversión decidida y la gestión adecuada han elevado al equipo “taronja” a niveles estratosféricos.

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