16 años después... ¿son pocos?
La selección española vuelve a disputar la hegemonía mundial del fútbol, apenas una generación después del éxito de Sudáfrica

Casillas y Rodri levantan el Mundial 2010 y la Euro 2024 / Georgi Licovski / Filip Singer

La afirmación es incontestable: España afronta una final del Campeonato del Mundo de Fútbol 16 años después. Eso quiere decir que toda una generación, todos aquellos niños, jóvenes y adolescentes de veinte años hacia abajo van a vivir una experiencia nueva en sus vidas. Han pasado muchas cosas en el fútbol, en el país, en el mundo, en la sociedad, desde el gol de Iniesta en Johannesburgo. Y 16 años son mucho tiempo, por todos los que han llegado y por todos los que se fueron.

Marchena y Mata en el Mundial de 2010 / FRANCISCO CALABUIG
Pero si lo miramos en perspectiva, las cosas cambian: los más jóvenes uruguayos que recuerdan haber vivido su último título, el del Maracanazo, son ahora venerables octogenarios o más. Se están jubilando ahora los ingleses que, de bien niños, vieron levantar la copa a Bobby Moore. Quien iba a decir que desde hace un cuarto de siglo que no se celebra el título en las playas de Brasil. E incluso la frase de que en el fútbol siempre gana Alemania empieza a quedarse obsoleta.
Las selecciones de éxito pasan -tantas veces se ha visto- un tiempo de euforia, cuando no de invulnerabilidad, para después descomponerse, en ocasiones de forma traumática, y, si son capaces, volver a regenerarse. España, La Roja, La Blanca o como se la quiera denominar, lo hace en apenas una década y media. En un tiempo en el que todavía queda en activo Raúl Albiol de los 22 de Suráfrica (si no anuncia su retirada en las próximas semanas). Y además la suficiente elegancia como para haber seguido dando satisfacciones cíclicas a su afición.
Es cierto que los Mundiales previos han sido decepcionantes uno tras otro: la goleada de Holanda, el desastre en el banquillo de Rusia o el quiero, no puedo y no sé ante Marruecos. Pero entre esas decepciones se han ganado dos Eurocopas y una Liga de Naciones -un Teresa Herrera de selecciones que sirve para ganar autoestima-. Fotos de jugadores levantando trofeos bajo una lluvia de confetis, la felicidad máxima de todo buen hincha.

Andrés Iniesta, en el momento de marcar el gol con el que España se proclamó campeona del mundo. / Cézaro de Luca / EFE
Es un bagaje que permite decirle, al niño, al joven y al adolescente "¿De qué te quejas?". Porque todas las generaciones futbolísticas anteriores vivieron una historia mucho más modesta, con muchos menos éxitos: el gol de Marcelino y unas pocas medallas olímpicas que están bien, pero visten menos. Nada más.
Para millones de españoles, muchos ya ausentes, para generaciones completas, las alegrías eran o fueron momentos puntuales, efímeras y transitorias: el gol de Zarra, los cuatro goles de Butragueño... o lograr la clasificación para Mundiales o Eurocopas, que ya era suficiente éxito. El gol de Rubén Cano, el 12-1 de Malta o la heroica noche de Cañizares ante Dinamarca.
Todo lo demás eran frustraciones o sabores agridulces. El robo en el Mundial de Italia de 1934, la mano del Bambino en 1954; el gol de Amarildo en 1962; el de Katalinski en 1974; el fallo de Cardeñosa en 1978; el Mundial de 1982 al completo; el balón escurrido por el regazo de Arkonada en 1984; la tanda de penaltis contra Bélgica en 1986; la cabeza de Michel en 1990; el codazo de Tasotti en 1994; la pifia de Zubizarreta en 1998... y, sobre todo, una expresión maldita: "Cuartos de Final", barrera infranqueable década tras década. Y así sucesivamente, año tras año, edición tras edición. Vida tras vida.
Llegar a la final de un Mundial es dificilísimo. Y ganarlo, aún más: solo lo han logrado siete selecciones. Por eso, conseguirlo a la siguiente generación es, debe considerarse como un éxito absoluto. Lo consiguieron dos hornadas de jugadores unidas bajo un mismo concepto: la Furia, recurso del menos dotado, da paso a la calidad, el dominio y el toque. La España de los éxitos ha sido la que ha manejado el balón y ha tenido paciencia hasta encontrar el hueco en el momento. Acompañado de solidez atrás y con la necesidad del delantero que marque la diferencia.
La de Suráfrica era una España con estrellas mundiales consolidadas, que se comían el mundo en cada Champions y se atiborraban de galardones en las galas: Xavi, Iniesta, Sergio Ramos, Xabi Alonso, Pique... mucho Real Madrid y mucho Barça. Lo que toca. Lo ordenado.

Lamine Yamal celebrando el gol con Rodri / ALBERT GUASH
La actual se mueve, paradoja de las paradojas, ésa sí al ritmo del Balón de Oro Rodri -ignorado en su propio Madrid por arrebatárselo a Vinicius- y otro que lo será (Lamine Yamal), pero con jugadores de perfil mucho más bajo. Laporte, Cubarsí, Fabián, Dani Olmo, Baena, Merino... jugadores con mucho menos ángel. Que incluso no todos son titulares en sus equipos. Pero que han sido capaces de funcionar, y cada vez mejor, conforme ha ido pasando el tiempo en las Américas. Un equipo desbordado de solidaridad y de talento. Un espectáculo desde la perspectiva del sillón, donde el pase preciso en el centro del campo se ve perfectamente, pero que ahí abajo, en el césped, no tiene punto de comparación. La campeona del mundo sometió a sus rivales así. Siempre fue superior a la rival y soportó una final a golpes holandeses. La actual también ha vulgarizado a sus contrincantes, uno tras otro, marcando siempre los tiempo. Y ahora también afronta una final que tendrá su ración de contacto, choque y tobillera ante una rival que ha escrito la mayor historia de supervivencia imaginable por virtudes propias y defectos ajenos. Dos finalistas, por cierto, con intangibles a favor: España, las lesiones del rival de turno en pleno partido; Argentina, decisiones arbitrales altamente cuestionables.

David Villa / DENNIS M. SABANGAN / EPA
Aquella España de los bloques tenía alguna concesión pintoresca, como Villa, delantero anti estrella, en un equipo ajeno al establishment. Aunque le faltó el tiempo el Barcelona para apropiárselo como campeón del mundo cuando aún no había ni pisado el vestuario del Nou Camp pero que había cambiado de colores, contrato mediante, el 30 de junio, entre el 1-0 a Portugal (el del escupitajo de Cristiano al cámara) y el 1-0 a Paraguay (el del penalti fallado por Cardozo o blocado por Casillas). Es el Oyarzábal de entonces, porque el donostiarra está sacado del mismo molde y su puesto de honor en la tabla de goleadores, el sexto, junto a los más grandes y mediáticos (Mbappé, Messi, Haaland, Kane y Bellingham) es la muestra de que otro fútbol es posible. La España de 2010 tenía a Capdevila y la actual tiene su versión 2.6 en Pedro Porro, que hace lo mismo y marca goles.

Mikel Merino, el jugador talismán que desbloqueó los partidos eliminatorios ante Portugal y Bélgica / WU XIAOLING
Las dos selecciones tienen también poco beneficio para la duda. En caso de adversidad, las críticas son rápidas precisamente por ese fútbol paciente en una sociedad que lo quiere todo para ya. Le pasó a la España de Suráfrica tras perder con Suiza y le pasó a la actual tras el empate inaugural con Cabo Verde. En aquella ocasión, todos los palos fueron a parar a Busquets. Aquí, repartidos. Y esta selección, muchísimo más que aquella, transita sobre los alambres de quienes no es que no empaticen, sino que, directamente, desean su derrota. Por ser muy barcelonista, por ser nada madridista, por llamarse España, por no ser suficientemente española o por no ser la mía -como enganchará esta selección que ahora todos los territorios quieren tener la suya más que nunca-,.
Y además de todo esto, llega a la final con la sensación -y la realidad- de que los mejores no están en su momento óptimo, carentes de las ideas o la fuerza habituales en una temporada regular. Pedri, Lamine Yamal y Nico Williams sobre todo. Que ya son campeones de Europa y para los que, si el esfuerzo que están haciendo a estas edades no los lastra, garantizan la continuidad del proyecto.

Celebración del Mundial de 2010 en Sudáfrica / GEORGI LICOVSKI

La selección que ahora afronta la final llega avalado por el título europeo de hace dos años, con casi los mismos jugadores / FILIP SINGER
Similitudes
Con un campeón del mundo y un proyecto de campeón del mundo, durante las semanas anteriores se han buscado todas las similitudes posibles: venir de ganar una Eurocopa, un México-Suráfrica de partido inagural, un estreno con un mal partido, la misma cantidad de jugadores del Barça, acabar la fase de grupos contra una selección de Bielsa, eliminar a Portugal, anunciar el Real Madrid la llegada de Mourinho, Shakira como cantante oficial... coincidencias que tienen el mismo rigor que el pulpo Paul quien, por cierto, se fue al cielo de los pulpos pocos meses después de la feliz noche en el Soccer City de Joahnnesburgo.
Pero las hay. También en el banquillo y ésta cuenta mucho. Luis de la Fuente es la nueva versión de Del Bosque y los éxitos le han perdonado un aplauso a Rubiales que pudo condenarle de por vida. Aquel carrilero bigotudo que acompañaba a Urkiaga, Goikoetxea, Núñez y Liceranzu en la defensa de un Athletic dos veces campeón de liga transita sin hacer ruido. Oscuro, meapilas conciliador y con aspecto de buen tipo. Némesis del twitchero, sobreactuado y arrogante Luis Enrique. (Le ha ido mucho mejor a Luis Enrique que a Twitch). La gestión del vestuario, de los éxitos y las adversidades e incluso de las ideologías también son esenciales para ganar un Mundial.
O para jugar la final. Porque, a estas alturas de competición, la derrota nunca puede ser un fracaso. Es un episodio grandioso, ocurra lo que ocurra: mira todo lo que ha quedado por detrás.
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