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El Mundial más universal de todos los tiempos.... y los que vendrán

La globalización de las selecciones y el buen rendimiento de las modestas augura notables cambios en el mapa del fútbol mundial tras 104 partidos apasionantes

Haaland hace sonar el tambor de los remeros noruegos, una de las imágenes inolvidables del Mundial.

Haaland hace sonar el tambor de los remeros noruegos, una de las imágenes inolvidables del Mundial. / L-EMV

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Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

València

Se acabó lo que se daba. Con la fiesta de la entrega de la Copa y después de una final previsible entre dos de las mejores selecciones del mundo, y después de unas semifinales con cuatro de las mejores selecciones del mundo, finaliza el más grande empacho de fútbol de la historia: 39 días de partidos casi ininterrumpidos, en esta ocasión con horarios intempestivos para el aficionado europeo. Más de cien partidos que han dado para mucho. Tanto en el césped como fuera de él, y cuyos episodios pasarán a los fascículos que se han ido escribiendo a lo largo de ya casi cien años de copa mundial, efemérides que llegará en la próxima edición, la de 2030, la que se celebrará en casa.

El Mundial tripartito lo ha sido a medias, porque Estados Unidos, Donald Trump o los dos lo han convertido como algo propio, arrinconando a México y Canadá a un papel secundario, como quien mira por encima del hombro con ínfulas de superioridad. Insuficientes para que su selección haya conseguido lo que se le resiste: ser importante en la élite del fútbol. El soccer se fue como desde hace ya varias citas mundialistas: una selección peleona, pero que no llega aún a más.

Estados Unidos ha hecho el Mundial a su estilo: negando el visado a seguidores y árbitros, poniendo piedras en el camino de Iran, dejando a la FIFA como una marioneta instrumental; alabando a su selección por ganar a dos países a la vez: a Bosnia y a Herzegovina y con peculiaridades con denominación de origen: suspensiones por tormenta eléctrica y espectáculo al descanso de la final.

Pero no es yanquilandia, ni de lejos, la nota más importante del Mundial. De todas, quizá la más importante sea que se confirma la globalización. El aumento de participantes a 48 no ha disminuido la dignidad del torneo. La extensión de cupos hizo pensar a muchos todólogos futboleros que la primera fase sería una farsa y una carnicería hacia las haitís de turno. Nada más lejos de la realidad: todas las «marías» se defendieron con dignidad, desde Jordania a Curazao, sublimados por esa Cabo Verde que consiguió el paso a la siguiente fase y que llegó a inquietar a Argentina, llevándoles hasta la prórroga.

La decadencia de Alemania ante Portugal.

La decadencia de Alemania ante Portugal. / L-EMV

De hecho, es para mirarse que algunas de las grandes decepciones las hayan protagonizado los de toda la vida: República Checa, Turquía, Uruguay o esa Escocia que tanto gusta a los pseudoexpertos y que es una destilería de fracasos mundialistas.

De entre los magos del balón hay selecciones que están asimilando bien los nuevos tiempos: Argentina, España o Francia. Otras están pasando el peor momento de sus existencias: Italia -que ni siquiera viene-, Brasil o Alemania, sumidas en un problema gravísimo de identidad.

El fútbol se ha igualado con las nacionalizaciones y asimilaciones. El Zaire aplastado en 1974 estaba formado por jugadores zaireños que jugaban en la liga de Zaire. El Congo actual superó fase y tuvo contra las cuerdas a Inglaterra con jugadores nacidos o asimilados que juegan en Europa y que conocen todos los tics de la alta competición. No: ya no son negritos a los que golear. Son expertos en lo suyo.

El dato no engaña: la clase media ha crecido muchísimo y las selecciones africanas, Japón, Australia o similares ya tutean a los rivales. Y más lo habrían hecho si, ante el momento glorioso que tenían delante, no se hubiesen achantado en los partidos ya a vida o muerte.

Porque esa ha sido otra característica: el Mundial de los últimos minutos. Eso no ha sido patrimonio de Argentina (en grado matrícula de honor) o España (en grado sobresaliente). Numerosos partidos se han decidido, cuando no remontado, en los últimos instantes. El miedo hundió los campos hacia una única área y la presión generó traumáticas derrotas producto del miedo propio y el acierto ajeno.

Por cierto, un Mundial muy interesante. Con festival de goles, con golazos, emoción a raudales y pocos truños televisivos. Partidos que valía la pena contemplar. Que un Marruecos-Haití, por ejemplo, fuera un partidazo, lo demuestra.

Ha sido el Mundial de las estrellas, todas las cuales han rendido a la altura de lo que se esperaba salvo el menguante Cristiano Ronaldo -al que, a estas alturas, ya no se le podía exigir el estatus de gran estrella-. El Mundial de Messi, Mbapeé, Haalland, Kane, Bellingham... con confirmaciones como la de Oliseh o hallazgos como Bouaddi o Balogun, el americano con nombre de regaliz. Sería fantástico incluir a algún jugador de España, pero La Roja (perdón, La Blanca) jugó a otra cosa: a ser equipo sin perder el magisterio. Con Lamine Yamal a medio gas y con toda la vida por delante, lo mejor a ofrecer fueron jugadores mucho más buenos que bonitos. Eso: equipo.

El fútbol va evolucionando muy rápidamente. Inimaginable, hace no tantos años, que hubiera numerosas sustituciones y VAR. El Mundial deja, para contemplar su evolución, las pausas de publicidad -perdón, de hidratación- sistematizadas y el control más estricto de las pérdidas de tiempo y las lesiones sobreactuadas, cuando no fingidas, de los últimos minutos. Y las prolongaciones exageradas, que probablemente acaben dentro de unos años con introducir el partido a tiempo real, estilo baloncesto.

Y luego ya vienen las notas al margen, que darían para un anecdotario interminable. Empezaron antes con la psicosis mundial en busca de los cromos de Panini que no aparecían por ninguna parte. Recordaremos las ceremonias de himnos; la huida escondido del seleccionador de Corea del Sur al volver a casa; los remeros de Noruega; el gol de Argelia a Austria que no querían marcar; la épica de Paraguay ante Alemania; la posición de Bono en el penalti decisivo ante Paises Bajos; los últimos minutos del Portugal-Croacia; el ocaso de Cristiano y de Neymar -Messi se va por la puerta grande... si no es que vuelve-; el VAR de Dios en forma de tercer gol nonato de Egipto a Argentina; los goles milagro de Merino; y el personaje al que todos adoraron: Vozinha, el portero de Cabo Verde.

¿España? Muy bien, gracias. Reconciliado con la Copa del Mundo después de tres ediciones decepcionantes. Pero como España is different, a mayor éxito de La Roja (o La Blanca), más deseo de celebrar su derrota. La final de las pantallas o no pantallas, las banderas o no banderas y las camisetas o no camisetas según la plaza del pueblo en la que estuvieras.

El Mundial llegó más pronto, tres años y medio y no cuatro. En 2030, el Mundial del Centenario pasará por América, África y Europa. Aún sin saber qué parte del pastel le tocará a nuestros estadios. Tenemos por delante dos Mundiales: el de los despachos y el del césped.

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