El Álbum
Cuando Mario Kempes apareció en nuestras vidas
Su fichaje, tardío y envuelto de incertidumbre, se interpretó como la guinda del monumental pastel que, Ramos Costa en la presidencia, y Pasieguito en la secretaría técnica, habían elaborado

Kempes en Mestalla en su primera temporada, la campaña 76-77 en la que conquistó el Pichichi con 24 goles. / Bernat Navarro Porter

Los niños de la Liga del 71 nos encontramos con un regalo inesperado cinco años después de aquel mágico ejercicio. Kempes apareció en nuestras vidas. Si aquella Liga 70-71, conquistada de forma vibrante, nos pilló en el inicio del bachiller, el verano de 1976, cuando aterrizó el argentino por estos pagos, coincidió con nuestro adiós a las aulas escolares. Un lustro separa ambos momentos. Durante ese periodo, la entidad de Mestalla fue perdiendo progresivamente protagonismo y desapareció de la lucha por la gloria a la que estaba habituado. La decadencia envolvía al club a mitad de los años setenta. Pese a los nombres ilustres que integraban la plantilla, se había perdido el rumbo. Reinaba la atonía.
En aquel momento, y para salir de esa mediocridad competitiva, el Valencia rompió la banca y confeccionó una plantilla de campanillas. El inicio de nuevos tiempos que prometían la máxima felicidad. Carlos 'Lobo' Diarte, el poderoso delantero paraguayo, cuya sola presencia ya imponía respeto, acaparaba la mayoría de las miradas. Pero apareció Kempes, el último de una larga lista de refuerzos para, poco a poco, adueñarse del escenario y convertirse en el ídolo por excelencia. Su fichaje, tardío y envuelto de incertidumbre, se interpretó como la guinda del monumental pastel que, Ramos Costa en la presidencia, y Pasieguito en la secretaría técnica, habían elaborado.
Mario Alberto Kempes marcó una época. Sus jugadas prodigiosas y sus goles extraordinarios han dejado una huella profunda. Una etapa imborrable. Un legado de recuerdos maravillosos al que recurrimos quienes, afortunadamente, vivimos aquellos años con un entusiasmo desatado. Su incorporación nos pilló entre la adolescencia y la juventud. La magia que envolvía su figura nos atrapó; estábamos, irremediablemente, entregados a la causa. El argentino representaba una ruptura con el pasado. No fue un flechazo a primera vista. Kempes nos fue ganando poco a poco. Del fiasco inicial, que hizo temer lo peor, a la explosión gozosa que dejó en evidencia a los sabios de la grada que profetizaron el fracaso del recién llegado. Mestalla descubrió un ídolo y entró en éxtasis gracias a sus memorables actuaciones y sus recitales goleadores.

La llegada de Kempes al Valencia CF en agosto de 1976 en Levante. / Levante-EMV
De su pésimo papel en el 'Naranja' del 76 se pasó a su estreno goleador, cuando llegó la hora de la verdad. Entre el desastroso debut y su irrupción realizadora tan solo transcurrieron tres semanas. Kempes calló bocas en el estreno liguero en Mestalla. Un par de tantos cerraron el debate. El argentino fue creciendo a medida que transcurría el campeonato, y llegada la primavera, se había encaramado a la cúspide como el mejor jugador de la plantilla y una de las estrellas de la Liga, además de convertirse en el máximo goleador. Su ascenso a los cielos se llevó por delante a Diarte. El ariete guaraní quedó destronado. La afición se rindió a Mario Alberto Kempes.
El fervor que provocaba su presencia se disparó hasta límites nunca vistos hasta entonces en Valencia. En aquella ciudad que asimilaba la modernidad acelerada a finales de los años setenta, Kempes aportó un elemento de idolatría que no casaba con su personalidad sencilla, alejada del divismo. El mejor futbolista del mundo. Si la normativa del Balón de Oro hubiera admitido a jugadores no europeos, lo habría conquistado en 1978 y 1980. Nadie le hacía sombra, era único. Sus cabalgadas encendían pasiones, irrumpía desde atrás con una potencia descomunal para culminar en gol jugadas inverosímiles. Ese estilo meteórico desarbolaba a los rivales, incapaces de pararlo cuando se lanzaba al abordaje. Kempes metía goles y decidía partidos. El jugador diferencial.
Por añadidura, Mario Kempes ganó todas las finales que disputó. Con el Valencia participó en tres, una contra el Real Madrid, y dos frente a rivales ingleses: Arsenal y Nottingham Forest. En esos años, los equipos británicos eran imbatibles, durísimos de pelar. Los valencianistas, sin embargo, los consiguieron doblegar. Una auténtica gesta que ayuda a entender la dimensión adquirida por el Club en ese momento. Gracias a Kempes, el Valencia traspasó fronteras, su figura icónica era venerada en todo el planeta. La gira por Japón, en el verano de 1979, lo confirmó. El enorme impacto que producía su figura, el atractivo irresistible que desprendía su melena, lo catapultaron al estrellato.
Esta bonita historia de amor no tuvo, desgraciadamente, un final feliz. El ídolo se rompió, lesionado en la antigua Alemania Oriental, ante un rival que impuso la ley del hachazo y que actuaba, sospechosamente, pasado de revoluciones. Años después se confirmó que en aquel país se recurría con frecuencia al consumo de estimulantes prohibidos. Kempes, a partir de esa triste noche en Jena, ya no volvió a ser el mismo para desesperación de la grada. Mestalla cayó en la impaciencia y en la incomprensión.
Kempes se tuvo que marchar aunque no tardó demasiado en volver. Un regreso celebrado. Hubo una segunda oportunidad, y todo apuntaba a que el Ave Fénix volvía a renacer de sus cenizas. Cuando mejor estaba, septiembre de 1983, recayó de la lesión. De nuevo, la fragilidad de su hombro truncó el sueño. Una fatalidad. Sin embargo, el paso del tiempo lo ha encumbrado. Mario Kempes seguirá eternamente reinando en nuestros corazones.
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