Opinión | A Contratiempo
El reencuentro de Mestalla con su pesadilla

Final del partido en Mestalla entre Valencia y Celta de Vigo / Germán Caballero
Nervios y pitos. El primer y único córner a favor del Valencia llegó en el minuto 83. Un dato revelador. A esas alturas, Mestalla ya se había desquiciado porque tenía claro que obtener la victoria era lo más parecido a un milagro. La grada había asumido la cruda realidad y lo que le aguarda en un ejercicio que arranca con las mismas constantes de las últimas campañas. Condenados a revivir días de impotencia, los aficionados no tardaron en enseñar los dientes al entrenador y a los jugadores. Eso sí, pocos se dirigen al palco donde está el origen de todos los males. Los planificadores del caos viven plácidamente en su privilegiado espacio sin que la ira popular les llegue cómo se merecen. El colmo de la sinrazón se vio con el cambio de Danjuma, aplaudido por algunos espectadores cuando se retiraba después de acreditar su torpeza y nulidad rematadora. Los mismos que se desgañitan contra Gayà, le rinden pleitesía a un futbolista incapaz de meter un gol delante del portero con todo a favor. A los de fuera se les ríen los fallos, a los de casa se les condena a la hoguera en una exaltación de autoodio. De esa tesitura se salvaron Pepelu y Javi Guerra, con diferencia los más destacados.
Pánico a perder. Corberán dispuso un sistema que garantiza la solidez defensiva pero que desnuda las carencias ofensivas del equipo. No hay llegada ni desborde. Así es imposible marcar un gol. En los primeros compases, el Valencia estuvo cerca de sacar tajada de las imprecisiones del rival, cuando movía el balón en defensa. Las buenas sensaciones duraron un cuarto de hora, el tiempo que el Celta necesitó para ajustar sus líneas y asentarse. Se acabó la alegría. A partir de entonces, el duelo derivó en una partida de ajedrez entre ambos técnicos, -como reconocieron a posteriori-que desesperó a una parroquia poco dada a apreciar la hondura de estos movimientos estratégicos, y deseosa de vivir un juego más vibrante. Nada de eso sucedió. Se impuso la ley de la cautela. Ni atisbo de atrevimiento. Los gallegos estuvieron más cerca del triunfo sin hacer nada del otro mundo. El Valencia optó por asegurar un punto y mantener la portería a cero. Por tercer año consecutivo, se alzó el telón del campeonato en Mestalla sin saborear la victoria.
La coartada de Mestalla. Abandonado a su suerte, sin presentar los niveles mínimos exigibles de mantenimiento y limpieza, tal y cómo denuncian los asiduos a las localidades con documentos gráficos, el campo del Valencia cumple ahora una misión propagandística: es utilizado para resaltar su dilatada historia, y de paso, tocar la fibra sensible a los aficionados. Un recurso de manual para desviar la atención y amainar las críticas. El sentimiento al servicio de la demagogia. Mestalla se merece todos los homenajes que se le tributen por lo que representa, el último símbolo de un Valencia reconocible que va camino de la desaparición. Mestalla ha sido condenado de la peor forma posible por quiénes vierten lágrimas de cocodrilo, los mismos que no se preocupan porque el campo ofrezca una imagen digna. No les importa incurrir en una contradicción que se cae por su propio peso y les deja señalados.
Nueva función. Sin apenas tiempo para digerir lo acontecido en el debut liguero, mañana vuelve a comparecer el Valencia en su feudo ante un rival, el Real Betis, que ha vencido en 3 de sus últimas 6 visitas. En otros tiempos, los verdiblancos eran carne de cañón y solían salir goleados, pero en el presente, y de la mano de Pellegrini, se han ubicado en la zona noble del campeonato con un juego llamativo y convincente. El técnico chileno ha desarrollado una impecable labor en un club que ha sabido entender la importancia de consolidar un proyecto con tiempo y paciencia, además de inversión. Valencia y Betis están en las antípodas, y presentan trayectorias opuestas en el último lustro. Mientras los valencianistas se han hundido en la irrelevancia, los andaluces atraviesan por el mejor periodo de su existencia. Nunca han permanecido tanto tiempo seguido en primera división, y mientras reforman su campo de Heliópolis, han crecido hasta clasificarse para la próxima edición de la Liga de Campeones.
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