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¡Un, dos, tres... mambo!

¡Un, dos, tres... mambo!

Es más que probable que si la celebración del 41 aniversario de la Confederación Empresarial de la Comunidad Valenciana (CEV) se hubiera celebrado en Castellón, no habrían asistido tantos empresarios de Alicante como castellonenses y valencianos acudieron ayer al ADDA para conmemorar por todo lo alto el cumpleaños de la patronal. 40+1, los primeros como organización provincial valenciana, y el último en referencia al ámbito autonómico.

De eso se trataba. De convencer al auditorio, en presencia del Rey Felipe VI, la ministra de Economía, el jefe del Consell, el presidente de la CEOE y cientos de empresarios de Alicante, de que la nueva organización es «elemento clave en la vertebración y cohesión».

Unidad. No hubo palabra más repetida en el acto. El término se ha convertido tan recurrente en los discursos oficiales que en boca de Su Majestad no se sabe si habla de los empresarios o lanza un mensaje al independentismo en pos del orden constitucional; pronunciada por la ministra Calviño o por Ximo Puig, lo mismo pueden referirse al pacto de Presupuestos Generales del Estado que al acuerdo del Botánic; en labios de Antonio Garamendi, el patrón de patrones, cabe interpretar que apunta a la Comunidad Valenciana como también podría hacerlo subliminalmente a sus homólogos catalanes y vascos. Unidad es una palabra que adaptada a 2019 es un comodín.

Cohesión. Verbalizado por Salvador Navarro, el máximo dirigente de la CEV, la duda es menor cuando pronuncia el vocablo: «Si nosotros hemos sido capaces de hacerlo -de superarnos y de reinventarnos- el resto de la sociedad también puede». Ovación y vuelta al ruedo.

Pese a lo inequívoco del destinatario del mensaje (empresarios de Alicante no integrados en la confederación), la consecución de la unidad como hecho cierto amenaza con ser tan larga de lograr como cualquiera de las acepciones con que apelaron ayer a la vertebración todos los intervinientes del acto, desde el monarca al presidente de la Generalitat. Esa credibilidad en el discurso debe ganársela todavía Salvador Navarro. Y no, precisamente, porque su argumentario no resulte fiable (de entrada, lo es), sino porque Alicante es una provincia que no ha parado de sufrir agravios durante décadas y se mantienen muchas heridas abiertas. Pero, además, a quienes primero tiene que convencer el representante de la CEV es a sus propios paisanos. A más de un invitado le chocó, verbigracia, la ausencia del primer empresario de la Comunidad y propietario de Mercadona, Juan Roig, (acudió su segundo y otros representantes de menor rango) o del presidente del lobby de las grandes empresas (AVE), Vicente Boluda. Aducirán que ambos estaban representados y que el líder de la distribución en España sólo acude a actos propios y de AVE, sí, pero es conocido el papel determinante que ambos han tenido en la conversión de la CEV a patronal autonómica.

Que nadie se asuste. Nada de esto deslució la sobria aunque deslumbrante celebración del cuadragésimoprimer aniversario de la confederación. Ni siquiera que el máximo representante de la patronal en la provincia, Perfecto Palacio, no interviniera para dar la bienvenida como anfitrión, pero la gala puso de manifiesto que tiene problemas de representatividad pendientes de resolver más allá de los gestos (ya se dijo en estas páginas que no habían sido invitados ni la patronal alicantina Uepal, ni Asaja ni la Federación del Transporte, por ejemplo).

Vayamos a los gestos. Con buen tino, los guionistas de la gala introdujeron a una orquesta de jóvenes talentos de Alicante para interpretar sendas piezas relativas a las tres provincias. Al proscenio se sumaron novísimas generaciones de músicos de Castellón y Valencia (otra vez la unidad y la cohesión). El experimento no pudo salir mejor: las tres provincias sonaban juntas como una sinfónica bien engrasada. Todos a una. Ni un desafino. Tocaron tres piezas: «Danzón número dos», de Arturo Márquez en honor a Castellón; «Mambo», de Leonard Bernstein, que refleja, a juicio de los guionistas, el alma de Valencia; y «Libertadores», un poema sinfónico del compositor, pedagogo musical, director y clarinetista español nacido en Novelda Óscar Navarro.

Huir del cantonalismo

Era el «mambo», precisamente, la primera causa de recelo de algunos empresarios de Alicante: el miedo a que desde Valencia tomaran la celebración como un desembarco del cap i casal más que como una llamada a la vertebración. Para salir de dudas, pasé buena parte del evento conversando con invitados de la Vega Baja, empresarios importantes, de prestigio y nada sospechosos de coquetear con la confrontación. Los industriales de la Vega Baja, tan alicantina como cercana a Murcia, son los primeros en querer huir del cantonalismo. «Lo del enfrentamiento con Valéncia roza el paletismo», sentenció una voz autorizada del sur de la provincia.

Vertebración. Vivimos en una sociedad globalizada. Mucho van a tener que esforzarse la CEV y el resto de los empresarios para que finalmente los aires de unidad y vertebración lleguen a empatizar realmente entre los ciudadanos de esta comunidad y entre las nuevas generaciones que ya no saben de agravios más allá de lo digital. Mérito no le falta a la confederación con convenciones como la de ayer. Tampoco le falta razón al tratar de huir de debates estériles sobre provincias agraviadas o desagraviadas.

Ya no toca por anacrónico. Los rivales de Alicante ya no son Valencia ni Castellón, sino la posibilidad de que los proveedores y consumidores de la autonomía elijan entre nuestros comercios o Amazon; nuestro transporte o Über; nuestros apartamentos o Airbnb.

Decía que quien primero debe creer el mensaje lanzado ayer es la propia patronal; tener muy claro que si reclama agua para la Comunidad tendrá que bregar entre lo que interesa a los regantes del Júcar y lo que atañe a los del Segura; asumir que el Corredor Mediterráneo revela más urgencias en Alicante que en Valencia porque la primera está históricamente peor comunicada. En eso consisten la unidad, la cohesión y la vertebración; en cuidar de toda la familia y no hacer distinciones entre los hijos. Y entonces sí, que suene el mambo.

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