En la sociedad de hoy, el exceso de información existente exige a cualquier emisor gran precisión en la búsqueda de la correcta interpretación del mensaje por parte del receptor. Esta asunción, trasladada al mundo de los mercados financieros, añade un punto extra de presión a emisores muy seguidos como son los presidentes de los bancos centrales. De la correcta interpretación de sus palabras depende en gran medida el éxito de decisiones de inversión tomadas a diario. Tomemos como ejemplo al Banco Central Europeo. La última reunión de septiembre transcurrió aparentemente sin novedades y la institución mantuvo sin cambios su política monetaria.

El precio oficial del dinero sigue en el 0%, con la facilidad de depósito en el -0,5% y la facilidad de préstamo mantenida en el 0,25%. El BCE también aprovechó para actualizar sus previsiones de crecimiento e inflación, esperando en 2021 una recuperación de la actividad económica, hasta el 5,2%, y un ligero repunte de los precios frente a su reunión del junio, hasta el 1%. Si hasta aquí todo entraba dentro del guion, la novedad llegaba con las preguntas a la presidenta Christine Lagarde. La primera tenía que ver con el Programa de Compras de Emergencia Pandémica (PEPP sus siglas en inglés), actualmente de 1,35 billones de euros para el que el mercado esperaba algún tipo de pista con respecto a su ampliación. Aquí Lagarde fue tajante al afirmar que no se había discutido ningún tipo de incremento. El segundo aspecto estaba referido al tipo de cambio y la notable reciente apreciación de la moneda única. Lagarde fue en esta ocasión esquiva, al comentar que la institución «observará de cerca el tipo de cambio» a la vez que insistía en que no se pretende controlar el cruce euro-dólar porque el objetivo de la institución es mantener la estabilidad de precios y no «controlar el tipo de cambio».

Tras las declaraciones de Lagarde el euro, que no hace tanto se cambiaba en niveles de 1,06 dólares por euro, se apreciaba hasta el 1,20. La reacción del mercado, ante la aparente falta de precisión de Lagarde, hizo que horas más tarde el economista jefe del BCE, Philip Lane, saliera a la palestra para aclarar ambos puntos. No cabe duda que Christine Lagarde mejorará en su habilidad de presentar respuestas mejor matizadas en futuras ruedas de prensa. Y el BCE no se equivoca al afirmar que la economía comunitaria, y la mundial, necesitará y seguirá apoyada por un amplio espectro de estímulos. Estímulos que permitirán sostener esa aparente incongruencia entre la mala marcha económica y la buena evolución de los mercados.