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Fuera de compás

Supermercados, año uno

Cómo el supermercado evitó el caos en plena pandemia

Burla, burlando, ya llevamos un año con el cuento. Sin conciertos, sin vacaciones, sin bares, sin teatro, sin cine, sin museos, sin restaurantes. Al menos, no como antes de la pandemia. Los únicos establecimientos que durante el confinamiento estricto permanecieron abiertos con más o menos normalidad fueron los supermercados. Las ópticas y farmacias también, pero eran menos divertidas.

Además de para comprar priva, acudíamos a ellos para pasearnos, para dejarnos ver, para cruzar cuatro palabras de manera semiclandestina con familia y amigos, para vernos la cara, o el trozo de ella que no ocultaba la mascarilla. Era una excusa para matar la soledad, para escapar de casa un par de veces al día y volver a ella con dos chorradas en la bolsa. Para quitarte el pijama y salir a la calle, arreglada pero informal, con chándal y tacones, a empujar ilusionada un rato el carrito, como cantaba Martirio en la «Sevillana de los bloques».

En 1964 se celebró en Nueva York «The American Supermarket», una exposición en la que los artistas pop del momento desplegaron sus obras en lineales y mostradores, como si fueran mercancía en un súper. Andy Warhol lo petó con su serigrafía de latas de sopa Campbell’s. También reprodujo las cajas de cartón de los Corn Flakes y las de los estropajos metálicos Brillo. Estas últimas, más grandes que las originales y en colores acrílicos que remitían a la bandera norteamericana fueron las más apreciadas.

¿Arte u objeto banal y cotidiano? El filósofo Arthur Danto sentenció que era arte porque inspiraban a la reflexión sobre el mismo concepto de arte, y porque esas cajas confeccionadas por un artista eran lo opuesto a anteriores definiciones de arte, subrayando conceptos como intención y novedad y el mimetismo entre signo y significado. Por el contrario, algunos críticos le acusaron de venderse al consumismo.

The Clash cargaron contra estos templos del diseño gráfico y de las técnicas de marketing, esas catedrales donde se adora el capitalismo más primario en «Lost in the supermarket». En ella, denunciaron la alienación que sufre la clase obrera suburbial tras enfrentarse al desencanto que produce no encontrar la felicidad y satisfacción que prometen las ofertas. Eso lo tenía asumido Jarvis Cocker, de Pulp, que ,en «Common people», decide iniciar en uno de estos establecimientos su romance con una pija de tomo y lomo que quería ver de cerca cómo vivía la gente del montón.

Parece ser que a la chica le apetecía tomarse unas vacaciones de su acomodado día a día asomándose al lado obrero de la vida, pasando el rato con personas normales y, al final de la noche, acostándose con una de ellas después de haberla elegido en un pub como el que escoge la pieza de carne más apetecible de un autoservicio de comestibles.

Algo parecido le pasaba a Iggy Pop en «Supermarket»” que, con respecto a la industria musical, se sentía como un sándwich envuelto en celofán esperando a que alguien lo comprara. El enfado se le pasó cuando cierta marca de refrescos le pagó una suculenta pasta por anunciar su limonada. Y es que las penas con pan, son menos.

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