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¿Quién va a financiar la innovación europea?

Enrique Penicher, CEO de Draper B1

Enrique Penicher, CEO de Draper B1 / Fernando Bustamante

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Enrique Penichet/CEO de Draper B1

València

Hay algo que me llama la atención cada vez que viajo por motivos de trabajo. Da igual que sea Londres, Valencia o Bruselas. Al final, las conversaciones importantes suelen acabar siempre en el mismo sitio.

Estas últimas semanas he pasado varias veces por Londres participando en encuentros relacionados con innovación y emprendimiento. Entre viaje y viaje, también tuve la oportunidad de impartir una sesión en un curso de la Universitat Politècnica de València. Y, aunque los contextos eran muy distintos, las preguntas que escuché fueron prácticamente las mismas.

En Londres participé en un encuentro con responsables de transferencia tecnológica y creación de empresas de universidades británicas. Como era de esperar, Oxford y Cambridge lideraban buena parte de la conversación. O, como ellos mismos dicen con total naturalidad, "OxCam".

Uno podría pensar que sus preocupaciones poco tienen que ver con las nuestras. Al fin y al cabo, hablamos de dos de las universidades más prestigiosas del mundo, con décadas de experiencia creando spin-offs y atrayendo inversión.

Pero me sorprendió comprobar que no era así.

Sí, llevan ventaja. Han profesionalizado la creación de empresas desde la universidad, cuentan con redes de inversores locales muy activas y disponen incluso de fondos vinculados a sus propios ecosistemas. Sin embargo, cuando las compañías necesitan dar el salto de verdad, aparecen las mismas dudas que tenemos en España.

¿Cómo atraer más capital privado? ¿Cómo conseguir que la tecnología desarrollada en nuestras fronteras, genere empresas líderes en las mismas? ¿Cómo evitar que, cuando algo realmente funciona, termine en manos de otros?

La palabra que más escuché durante aquellos días fue "soberanía". O, más concretamente, “soberanía tecnológica”.

La preocupación no es exclusiva del Reino Unido. La encontramos en toda Europa. Hace poco leí que miles de patentes desarrolladas en Alemania han acabado bajo propiedad china durante las últimas décadas. Y cualquiera que siga mínimamente el mundo tecnológico sabe que buena parte de las startups europeas más prometedoras terminan siendo adquiridas por grupos estadounidenses o asiáticos.

La paradoja es evidente.

Europa no tiene un problema de talento. Tampoco de investigación. España es un magnífico ejemplo. Nuestras universidades generan conocimiento, publicaciones científicas y patentes de enorme calidad.

Lo que sigue faltando es convertir más de ese conocimiento en compañías globales.

En los últimos años se han dado pasos importantes. El Fondo Europeo de Inversiones y organismos como CDTI están impulsando nuevos vehículos para financiar la transferencia tecnológica y acercar capital a las fases más tempranas de las spin-offs.

Pero quizás la pregunta ya no sea qué más puede hacer “lo público”.

Quizás la pregunta sea dónde está el capital privado europeo.

¿Por qué los fondos de pensiones estadounidenses financian buena parte de la innovación que surge en universidades británicas? ¿Por qué nuestras grandes empresas, aseguradoras o fondos de pensiones participan todavía tan poco en la construcción de los ecosistemas tecnológicos que necesitará Europa dentro de diez o veinte años?¿Por qué nuestra banca de inversión, nuestras mutuas, etc. mandan su dinero a Fondos de Estados Unidos?

Porque la innovación no termina en el laboratorio. Ni en la patente. Ni siquiera en la creación de una startup.

La innovación se convierte en desarrollo económico cuando encuentra financiación para crecer.

Y quizá ahí esté el verdadero reto europeo. No generar más ideas. De eso vamos sobrados. Lo difícil es encontrar quién firme los cheques para que esas ideas puedan convertirse en las empresas que lideren el futuro.Y que estos tengan suficiente dinero.

Y, sobre todo, que sigan siendo nuestras cuando lo consigan.

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