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La Grand-Place, corazón de Europa

Gonzalo Belenguer, director general de Redit.

Gonzalo Belenguer, director general de Redit. / Fernando Bustamante

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Gonzalo Belenguer

València

Vivir Europa es mucho más que pasear y disfrutar el centro neurálgico de Bruselas y demás sedes parlamentarias. Es conocer, aprovechar e influir en las decisiones a adoptar para hacer de esta alternativa una auténtica realidad que represente y defienda los intereses de todos sus miembros.

Aun viviendo días ‘un tanto oscuros’, o precisamente por ello, ‘sólo’ nos queda Europa. Sin embargo, tengo la sensación de que, como suele ocurrirnos, volvemos a dejar escapar, ocasión tras ocasión, la posibilidad de garantizar la prosperidad de todo un país.

Recientemente, pese a los grandes anuncios hechos desde la bancada política, se empieza a cuestionar el efecto de los 140.000 millones de euros que, teóricamente, tendrían que habernos permitido transformar, de manera real, el modelo productivo del país. Sin embargo, como se intuía al centralizar la gestión y uso del programa europeo NextGen, a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, la sensación es justo la contraria.

Obviar las iniciativas impulsadas desde las regiones, a partir de sus manifestaciones de interés, en las que realmente se proponían proyectos transformadores, a partir de la colaboración de los distintos agentes de los ecosistemas autonómicos -empresas con pymes, centros tecnológicos, universidades, administración local y regional…-, anticipaba cuáles podrían ser sus consecuencias finales.

El último informe ‘Evolución de los Fondos Next-Gen EU en España’, del Center for Economic Policy, de ESADE, lo pone de manifiesto: el 1% de las empresas que más fondos acaparan el 71% del valor total de las ayudas. Es decir, siete de cada diez euros han ido a parar a este pequeño grupo, en su mayoría formado por grandes gestores de infraestructuras, consorcios empresariales y grandes corporaciones industriales.

A tenor de los datos, no parece que este plan haya servido para mejorar la competitividad de nuestro tejido industrial, formado por pymes, en un 99%. En definitiva, datos objetivos que cuestionan el impulso del plan a una transformación real del modelo productivo, o si, por el contrario, sólo está reforzando las posiciones preexistentes de los grandes actores económicos.

Pero no desfallezcamos. Como, supuestamente, dijo von Bismarck: ‘España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido’. Seguiremos intentándolo con nuevos fondos soberanos.

La próxima oportunidad ¿perdida? la anunció la Comisión Europea la pasada semana. Presentó unas medidas de simplificación regulatoria a nivel fiscal que pretende ahorrar 8.000 millones de euros anuales a las empresas de la Unión. Una iniciativa comunitaria que incluye, entre otras, deducciones fiscales para fomentar la inversión en investigación y desarrollo (I+D), en un intento por poder seguir la carrera con Estados Unidos y China e impulsar la competitividad; la actualización del umbral de mínimis para que las pequeñas empresas puedan librarse del cumplimiento normativo y que las administraciones se centren en los casos de mayor riesgo…

En definitiva, circunstancias que debiéramos aprovechar y, sobre todo, propiciar antes de que se adopten decisiones alejadas de nuestras verdaderas prioridades. En este sentido, en esta permanente prospectiva para ayudar a nuestras empresas, regiones…, quisiera reconocer y agradecer la ingente labor que desempeñan los funcionarios y personal de la Delegación de la Comunitat Valenciana en Bruselas así como de la Oficina de Representación Permanente de España ante la Unión Europea; por batirse el cobre en el epicentro de Europa.

Como comentábamos mientras concluíamos nuestra visita a Bruselas, el corazón de la Unión es mucho más que la Grand Place. Es un proyecto de futuro que requiere esfuerzo y visión colegiada por defenderlo y potenciarlo, además de disfrutarlo.

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