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Una app no cría a un niño

Cala Escobedo, fundadora y CEO de Brandy&Co.

Cala Escobedo, fundadora y CEO de Brandy&Co. / Levante-EMV

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Cala Escobedo/fundadora y CEO de Brandy&Co

Estamos confundiendo aprendizaje con educación.Nos hemos creído que ahora ya casi todo se aprende a golpe rápido de pantalla y que lo importante es conseguir un conocimiento concreto. Quince minutos al día, una racha de puntos que no quieres romper para seguir manteniendo la motivación, y listo. 

Pero aprender no es educar. Una pantalla te enseña; no te acompaña. No se da cuenta de que hoy has llegado a clase raro, no espera a que estés preparado, no conoce a tu familia. Y educar es justo eso.

Con los idiomas se ve clarísimo. Un idioma se aprende y se vive con alguien delante. Alguien que te corrige sin que te dé vergüenza, que se da cuenta de que esta semana estás más callado, que conoce a tu madre por su nombre. Eso no lo hace una app. 

Durante décadas, ese alguien ha tenido un nombre concreto en cada barrio: la academia de inglés. La de toda la vida. La que está entre la farmacia y la frutería, la que tiene las paredes llenas de dibujos y pósteres de verbos irregulares, la que se ha ido reinventando en su manera de enseñar para adaptarse a las necesidades de la sociedad, pero sigue a pie de cañón como siempre, abriendo a las cuatro de la tarde y sin bajar la persiana hasta que el último niño ha encontrado su chaqueta.

Porque hay algo que casi nadie dice en voz alta: el inglés que muchos niños aprenden de verdad no lo aprenden en el colegio ni viendo los dibujos en versión original. Lo aprenden ahí, y con la excusa del idioma, reciben una educación humana, experimentada y que les acompañará siempre.

La falta de educación en inglés en los colegios no es culpa de los maestros, que con sus ratios y sus horas hacen lo que pueden; es un agujero del sistema que llevamos años tapando con el dinero de las familias y el esfuerzo de unas academias que nunca hemos querido ver ni reconocer. Y es que el trabajo de verdad lo sostiene la academia de la esquina, con mucha fuerza de voluntad, toneladas de ilusión y la mayoría de las veces con poca ayuda.

Detrás de cada academia hay una persona que es directora, comercial, gestora de equipo, mediadora con las familias y, algunos días, también profesora. Que no se rinde. Que vuelve cada septiembre a levantar la persiana sin saber qué nueva inteligencia artificial le va a hacer la competencia este curso ni cómo explicar al mundo que lo que sucede de puertas para adentro es insustituible.

A esa red la tratamos como al agua del grifo: solo nos acordamos de ella cuando deja de salir. Y está dejando de salir. Cierran academias que llevaban veinte años educando a tres generaciones del mismo barrio, y cierran porque nos hemos pensado que ya no hacen falta. La cuestión es si tenemos razón.

Cerrar esas academias para fiarlo todo a una pantalla sería la decisión más barata que tomemos nunca. Y seguramente la más cara.

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