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Lo que la inteligencia artificial no puede copiar

Enrique Penichet, CEO de Draper B1.

Enrique Penichet, CEO de Draper B1. / Fernando Bustamante

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Enrique Penichet/CEO de Draper B1

Hay palabras que, de repente, parecen estar en todas las conversaciones sobre innovación. Hace unos años fue startup. Después llegó unicornio. Ahora, si uno escucha a inversores o emprendedores, es muy probable que oiga hablar del moat.

Su traducción literal es "foso". Sí, el mismo que rodeaba los castillos medievales para dificultar el ataque de los enemigos. La metáfora no puede ser más acertada: el castillo es la empresa y el foso representa aquello que hace realmente difícil que otro pueda copiarla.

La idea no es nueva. Warren Buffett la utilizaba hace décadas para explicar por qué algunas compañías conseguían mantener su ventaja durante generaciones. Coca-Cola no era solo una bebida; era una marca, una red de distribución y una relación con el consumidor casi imposible de replicar. Ese era su foso.

Lo interesante es que este concepto ha vuelto con más fuerza que nunca. Y el culpable tiene nombre: la inteligencia artificial.

Hasta hace muy poco, desarrollar una buena tecnología ya era una ventaja competitiva. Si alguien conseguía crear un producto complejo, necesitaba años de trabajo y un gran equipo para hacerlo. Hoy el panorama ha cambiado radicalmente. Las herramientas de IA permiten desarrollar aplicaciones en semanas, cuando antes hacían falta meses. El conocimiento técnico se ha democratizado y construir software nunca había sido tan accesible.

Paradójicamente, eso hace que la tecnología, por sí sola, valga menos como barrera de entrada.

Si cualquier empresa puede crear una aplicación similar utilizando los mismos modelos de inteligencia artificial, la pregunta deja de ser qué has construido y pasa a ser algo mucho más importante: ¿por qué nadie podrá copiarte mañana?

Ahí aparece el verdadero moat.

Quizá sean los datos exclusivos que has recopilado durante años. Quizá la confianza de miles de clientes. Tal vez la integración de tu solución en el trabajo diario de una empresa, de forma que cambiar resulte complicado. O puede que sea una marca sólida que inspire seguridad en un momento en el que abundan las promesas y escasean las certezas.

Es curioso. La inteligencia artificial ha reducido el valor de hacer muchas cosas, pero ha multiplicado el valor de aquellas que requieren tiempo, confianza y relaciones humanas.

Lo vemos continuamente. Cada semana aparece una nueva aplicación de IA que promete revolucionar un sector. Algunas son realmente brillantes. Sin embargo, muchas desaparecen con la misma rapidez con la que llegaron porque otra empresa lanza algo parecido pocos días después.

La innovación ya no consiste únicamente en ser el primero. Consiste en construir algo que siga teniendo valor cuando todos los demás sepan hacerlo también.

Quizá esa sea una de las grandes lecciones de esta nueva etapa tecnológica. La inteligencia artificial iguala el acceso a las herramientas, pero no iguala la capacidad para generar confianza, entender a los clientes, crear comunidad o acumular conocimiento propio.

En un mundo donde copiar resulta cada vez más fácil, el auténtico valor está en aquello que no se puede copiar. Ese es el verdadero foso. Y probablemente será la diferencia entre las empresas que simplemente sorprendan durante unos meses y aquellas que sigan siendo relevantes dentro de diez años.

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