Hace unos días volví a aprender, una vez más, de educación cotidiana de la mano de nuestra hija, Blanca.

A través del grupo de WhatsApp de la familia, Blanca nos había enviado una foto (era una lista de notas) acompañada de un mensaje en el que nos conminaba a descubrir cuál era la nota más alta de la lista (ella estudia Medicina). Obviamente, la respuesta estaba cantada, era la suya. Aprovechamos, como siempre que es posible, para comentar su mensaje con algo de humor: “me ha costado un montón encontrar la nota y todavía no estoy seguro”, y tonterías de ese tipo.

Unas horas más tarde, y ya hablando más seriamente le dije: “Felicidades, ¡vaya cacho de buenas neuronas que tienes!" Ella me miró sorprendida y me respondió: "¿Cómo?" Con solo esa palabra entendí que mi afirmación había sido muy torpe. “Tienes razón, no son tus neuronas, es tu esfuerzo, eso es lo que merece la admiración y las felicitaciones, me acabas de dar otra lección” le dije. “Es que soy muy lista” me repuso irónicamente y con una deliciosa sonrisa.

"Decimos con más orgullo “mi hija es muy inteligente”, que “mi hija se esfuerza mucho”. Como si el mérito fuera tener un cociente intelectual y no tanto la constancia, la disciplina para conseguir el objetivo"

Leo Farache - Director de Educar es todo

Me da la impresión de que alabamos más la inteligencia y la calidad de las neuronas que el esfuerzo y que no reparamos en el grave error que eso supone. Decimos con más orgullo “mi hija es muy inteligente”, que “mi hija se esfuerza mucho”. Como si el mérito fuera tener un cociente intelectual y no tanto la constancia, la disciplina para conseguir el objetivo. Todos sabemos que por muy buena dotación de neuronas e inteligencia que uno tenga, no es posible obtener la mejor nota en un examen de medicina sino es con mucho esfuerzo. Ensalzar una condición en la que el ensalzado no ha tenido mucho que ver – sus neuronas- no es una buena práctica educativa y quita valor al verdadero mérito que hay que felicitar.

La historia continua… Unos días más tarde hablábamos de la nota media que había conseguido el año pasado. Ya no cometí el mismo error, en esta ocasión le dije:“A ver si me prestas algo de tu constancia, de tu fortaleza, eres impresionante”. “No es para tanto” me contestó, “solo se trata de estudiar”. Recordé al admiradísimo Rafa Nadal diciendo algo parecido, y lo utilicé: “Eres como Nadal, le quitas mérito a lo que, indudablemente, lo tiene. Nadal dice que su trabajo no merece tanta admiración. Suele decir que solo pasa bolas por encima de la red”. Blanca, nuestra hija, sonrió: “Eso es diferente, sacar buenas notas es solo estudiar”. Le contesté: “Supongo que Rafa dirá algo parecido: Es solo entrenar”. En esta ocasión supe que lo que estaba diciendo tenía sentido común y respondía realmente a lo que quería expresar; lo que admiro de nuestra hija es su capacidad para concentrarse y no distraerse con nada, su renuncia a los placeres del corto plazo para conseguir resultados en el largo plazo, en definitiva, los buenos hábitos que son la forma a través de los cuales ejercita su fuerza de voluntad, tal como explica la psicóloga y amiga Patricia Ramírez (@patri_psicologa).

Gracias, Blanca. Lección aprendida y compartida